Mostrando entradas con la etiqueta coraje. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta coraje. Mostrar todas las entradas

2.3.12

On Her Majesty's Secret Service

Lo mejor mi niñez fue tener un hermano de casi mi misma edad, por eso hubo una época en la que nunca me encontraba solo. Era un compañero permanente que servía para muchas cosas: jugar, compartir comida, molestar, gritar, pelear. Recuerdo cuando nació, el vestido gris que yo tenía al ir al hospital, la cama blanca en la habitación blanca donde estaba mi mamá y su cabello cansado y deshecho en rizos que tuvo en esa única oportunidad; la mano de papá en mi espalda empujándome para conocer al nuevo miembro de la familia, un toque que se siente ajeno y olvidado, como todo recuerdo suyo. Lo vi. Me dijeron que lo tuviera en mis brazos, yo no sabía cómo, pero al final lo hice y nos tomaron una foto, la primera de muchas. Fue el primer bebé que alcé. Mi hermano era pequeño, feo, arrugado, pálido y cabezón. Sigue siendo así, solo que ahora es un poco más alto que yo.

Cuando pequeños nunca hicimos mayores travesuras. O no las recuerdo. Tengo presente el momento en que casi me quemo la cara con una mecha en navidad, prendiéndola a escondidas junto con algunas cosas que habíamos comprado. Salimos al jardín y, como siempre, le dije que se hiciera a un lado, que podía participar en todo pero solamente mirando. Era muy pequeño entonces, lo sigue siendo todavía. En una mano la pólvora, en la otra un fósforo listo para prender. Lo tenía todo planeado, a la cuenta de cinco iba a tirar la mecha al aire, encendida, para que cuando sonara poder gritar "bomba" o alguna cosa que en el momento me parecía muy divertida. Alcancé a llegar a cuatro cuando me estalló en la mano, me lastimé el pulgar, quedé con un oído inservible por unos días y el ojo derecho totalmente rojo por el humo y la explosión. No hubo sonrisas, no hubo dramas tampoco: entré de nuevo a la casa con su ayuda y me unté de crema el dedo y la cara esperando lo mejor. Yo veía siempre que mi madre la usaba para todo, y le servía. Nadie se enteró, nadie se fijó en mi ojo mutante tampoco, lo que me deprimió al principio pero luego me dio para pensar que era indestructible, inmortal, como el McCleod de las películas.

Muchas veces nos dejaban solos, encerrados bajo llave. Usábamos el teléfono para hacer bromas pero la creatividad no salía en las llamadas anónimas, así que lo siguiente en la lista era tirar cubos de hielo a las casas vecinas, canastadas recién hechas por nosotros. Nunca rompimos las ventanas. Jamás les apuntamos, y en eso ayudó bastante la suerte, solamente las arrojábamos confiando en que cuando hicieran contacto con algo hicieran mucho ruido. Eso, tal vez, era para nosotros hacer travesuras: romper el silencio de una forma brusca, violenta, con gritos o con cosas chocando, llevarle la contraria a lo que nos pedían los mayores regularmente: no hacer bulla, estar callados. Una rebeldía que no iba para ningún lado, que se quedó siempre en minúsculas y fue desapareciendo con el paso del tiempo; las reglas que se fueron aclarando y repetimos con nuestra voz esas palabras de adultos: los niños deben hacer silencio. Lo que de pequeños nos identificaba y era contagioso, con la edad se le da el trato de una epidemia.

Un día, haciendo cualquier cosa, como siempre, descubrimos tal vez un oficio que nos gustó y que repetimos varias veces. En esa oportunidad, por error, terminamos jugando a los reporteros, al noticiero. Luego fuimos perfeccionando la práctica: éramos nuestros propios periodistas de campo, editores, directores y como si fuera poco, presentadores. Lo primero siempre era que tomábamos prestadas las máquinas de escribir, unos sacos, linternas y unas cobijas.

Yo iba por la máquina de mi abuelo, una Remington Quiet-Riter. Él la dejaba en el cuarto de estudio encima de un escritorio que hacía juego con una silla enorme de rodachines y montón de archivadores, todos metálicos, todos tan antiguos pero que por su propias características parecían venir del futuro; la máquina estaba dentro de una caja café oscura que era bastante pesada. Al abrirla se notaba ese color verde opaco que representaba todo lo que era: dura, hosca, fría y terrible, un monstruo que seguro ha visto muchos días y tiene mejores historias que contar.

Mi hermano usaba una Brother Deluxe 1350 semi automática que era de mamá, bastante práctica y muy suave. Ella la dejaba en su habitación, como todas sus cosas. Tenía un maletín discreto, de color gris. En el teclado había dos teclas rojas mientras todas las demás eran blancas. No pesaba nada. Era compacta, delgada, tenía una cinta de dos colores, una sorpresa que ninguno de los dos pudo superar sino tiempo después al enterarse que no tenía nada de especial: se trataba solamente de un carrete un poco más costoso.

Nos reuníamos en la habitación. Luego, con las linternas prendidas, nos sentábamos frente en frente de nuestras máquinas y echábamos las cobijas encima nuestro, con la luz apenas para escribir cosas que nosotros entendíamos a plenitud. Yo hacía mucho esfuerzo, ponía todo el peso de mi cuerpo en los dedos para que se imprimieran bien las letras en el papel y entonces las notas que iba escribiendo salían pausadas; mi improvisada carpa sonaba como un animal gigante que daba pasos lenta y torpemente mientras que la de mi hermano era como un caballito que iba en una persecución, no se sí adelante o atrás, nunca lo pensé sino hasta ahora, pero tenía un ritmo muy bonito. A él siempre le salía música, algo que se le volvió costumbre.

Tras unos cuantos minutos nos descubríamos, usábamos cualquier prenda a la mano para disfrazarnos y empezaba el noticiero. Yo leía cosas sobre aviones que se caían encima de pueblos y él de atentados a personajes que se acababa de inventar. No íbamos muy lejos de la realidad, pero por lo menos nosotros teníamos el control de las historias que contábamos. Un día lo hice reír y entonces el noticiero tuvo que salir del aire por unos momentos. Lo regañé porque éramos gente seria: en los noticieros de verdad no salía nunca nadie burlándose de lo que se hablaba y entonces nació una competencia en la que cada uno contaba cosas chistosas para hacer perder al otro. Generalmente no llegábamos ni a la sección de deportes cuando ya nos tocaba soltar la carcajada.

Un día como cualquier otro mi hermano el mayor, sin querer, encontró nuestros libretos. Tenía que hacer un trabajo para el colegio y buscó las máquinas encontrando lo que mi mamá luego llamó un gasto inoficioso de papel, tinta y tiempo. Mis hermanos mayores trataban de disimular la risa conforme a lo que iban leyendo pero eso realmente no importaba, la mirada acusadora de ella nos señalaba muy claro la diferencia entre desperdicio y derroche, las dos caras de una moneda que no conocíamos: para nosotros siempre todo estaba allí, disponible, y el discurso ese del cuánto valen las cosas no lo supimos entender, por lo menos, en el momento.

Pero no hicimos caso.

Seguimos creciendo entre cuentas de telefonía que eran exageradas y regaños a nosotros por hacer llamadas en broma. Las recordamos porque estuvimos allí, mejorándolas y todavía se mantienen en la memoria como si fueran épicas aun cuando son difíciles de contárselas a alguien ajeno. Todas esas cosas van perdiendo gracia tratando de explicarlas, basta una mirada o decir el “se acuerda cuando...” para soltar la risa y quedar en ridículo por no haber podido documentar como se hace hoy día todas esas horas de chistes y cosas graciosas. Creo que al pagar la cuenta telefónica o de la luz o del agua vamos obviando lo que significaron en nuestra niñez, desde esas pegas por teléfono hasta las peleas desocupando la alberca que todavía está en el patio, mojando hasta la ropa de los vecinos, o las horas que jugábamos en el family turnándonos sin saber cómo guardar el progreso de las partidas. Seguimos pagando en un sentido simbólico todas las cosas que hicimos sin arrepentirnos de ello. Lo importante es lo que queda.

A ciencia cierta, muchas veces le he salvado la vida a mi hermano. La más importante cuando se iba a caer de la cama de cabeza y no entiendo cómo lo pude coger de las piernas, las patas, arrastrándolo al colchón diciéndole que no se asustara y prometiéndole que nunca nadie iba a saber que pasó eso. Lo siento. Otras tantas han sido ahí a su lado regalándole una de mis vidas o salvándolo de Shredder para poder rescatar un juego: saltar con un botón, con el otro mandar la patada, meterme en el golpe que lo puede fulminar con el solo contacto y morir salvándolo solo para que pueda sentarle el golpe final y salvar, de nuevo, el mundo. Yo sé que él se acuerda, yo sé que se está riendo acordándose.

Fueron muchos los peligros de los que nos salvamos continuamente en la cantidad de mundos que visitamos y como sigue esa cercanía a pesar de ya no pasar juntos tanto tiempo. Ahora es mi vecino. A veces se acuesta antes que yo, otras veces simplemente me hace la visita en silencio o se la hago yo acompañándonos de esa manera que nadie cree posible, de esa que no encontramos por más que buscamos. Son más las veces que él me ha ayudado a mí en este fracaso de ser un hermano mayor, pero yo sigo con ganas de compensarle todo eso. Hay que buscar otra manera de jugar juntos, por lo menos, para que siga sintiendo que a pesar de la distancia y algunos muros que se han puesto entre ambos sepa que lo sigo cuidando.

5.10.11

Simulacros.

Hace un año, en el edificio viejo ese dónde estábamos, también hicieron un simulacro. En ese entonces la salida de la gente fue improvisada. Este año, por lo que compartimos el edificio con otras empresas, se organizó de mejor manera.  Pero lo único que realmente mejoró fue la evacuación, siendo más rápida por el amplio número de salidas de emergencia, que dejó de ser una escalera ubicada detrás de la recepción para ser tres: una al norte, otra al sur y en la parte central del edificio. En la calle, un par de minutos después, se pudo ver la cantidad de gente que trabaja en este lugar, no solo de la empresa sino en total, los diez pisos.  Unas quinientas personas afuera, tanta gente que uno no podría acertar cuantos se la pasan ahí en un día, cosas que uno no considera ni siquiera adivinando.  Por un momento recordé algo de la infancia: era como levantar un pedazo de tabla o un ladrillo en el jardín de mi casa y descubrir decenas de hormigas debajo, y como hormigas sorprendidas nos parábamos en la calle sonriendo y haciendo chistes sobre cualquier emergencia, todas en ese momento descabelladas, o el ausente que murió debajo de escombros imaginarios. Creo que las hormigas también se estaban burlando cuando las descubrí pero dejaron de hacerlo cuando puse encima de esa mancha viva y crocante mis dos gigantes zapatos, luego de un salto.

Como en la vez pasada un email copiado a todo el mundo nos informó del evento, que hoy 5 de octubre a las 11 de la mañana teníamos que estar listos para la evacuación del lugar siguiendo la regla principal de conservar la calma y caminar ordenadamente, sin prisa. Ayer, por la tarde, se denominó al líder de área cuya misión era verificar que todos hubiéramos “sobrevivido”, como si no lo hiciéramos ya, y poner una anotación en un listado que le pasaron con doce personas cuando somos solamente diez. En el inventario había ya dos desaparecidos, así que no sorprende por qué en este país puedan votar los muertos.

Esta mañana los brigadistas entregaron a los líderes de cada departamento un letrero hecho a la carrera para identificarnos (un papel impreso pegado en un octavo de cartulina negra, unido a un palo de balsa por dos chinches y un montón de cinta pegante), nos recordaron un punto de encuentro a una cuadra de aquí mismo, frente a una panadería y un asadero; también que debíamos ir al baño o la cafetería minutos antes de las once para no entorpecer el ejercicio y pidieron de nuevo nuestra colaboración. Es siempre lo que más piden, lo hacen ver como un favor. A las diez y media la primera tanda de mujeres se retocaba el maquillaje en ese rito que es alistarse para salir  a la calle. Los hombres a su vez iban al baño. Un rato después sonó la alarma. En el correo anunciaron que lo haría durante tres minutos, lo que no fue del todo cierto porque su tono era muy molesto. Al escucharla dejamos nuestras labores, tomamos lo que tuviéramos a la mano y caminamos hacia las escaleras ya que los ascensores estaban deshabilitados.

Bajamos mientras el flujo de gente, en una sola dirección, incrementaba así como los comentarios de rigor sobre mantener la calma y pretender una calamidad arriba sin tomarla seriamente.

**

En 2005 trabajé en un edificio que tenía otro nombre en ese entonces, a unas cuadras de este lugar. Un martes por la mañana, a eso de las 10, alguien se acercó a mi jefe y le susurró algo que lo puso pálido. Luego, en voz baja y con un tono tranquilizante nos dijo que teníamos que evacuar el edificio. La razón la escupió sin adorno: amenaza de un carro bomba abajo, en el parqueadero. Con Daniel, Cesar y Javier nos miramos y simplemente caminamos a las salidas de emergencia que habíamos visto de reojo en una de las tantas idas al baño. Eran seis o siete pisos, no recuerdo, pero comenzamos a bajar lentamente y con cada escalón íbamos acelerando en absoluto silencio. Al pasar por el tercero ya todos íbamos trotando, con un sudor en la frente que no era por el esfuerzo sino el miedo, algo tan fuerte que nos cortaba la boca y la lengua del resto del cuerpo. Abajo nos esperaba un guarda y un policía, salimos por una puerta de servicio que daba a una boca calle dónde ahora se exhibe orgulloso un Bogotá Beer Company, un Crepes y cosas así. En la esquina otro oficial nos hizo caminar dos cuadras más, paramos en la acera del edificio en el que queda mi oficina hoy día. Cesar compró un cigarrillo y no pudo encenderlo, las manos le temblaban y no le quedaba sino bufar, negando con la cabeza algo que todos supimos que era. El silencio nos había seguido del edificio hasta ahí. El señor que vendía minutos en la calle saturó sus dos celulares con llamadas nerviosas de gente a sus familiares, gente que hablaba sin alarmar en medio de monosílabos, solamente queriendo escuchar algo conocido que los tranquilizara, que los llevara de ese lugar que se volvió una pesadilla a otro, morder un pedazo de cielo, volver a la vida con cosas queridas.

Pasó una hora. Descartada la amenaza y con la policía retirándose volvimos al edificio.

Subimos tratando de hacer bromas, pero eran muy flojas. Lo importante fue que recordamos como hablar.

**

Al llegar al punto de encuentro los mismos comentarios saltaban de un lado al otro, burlas en general y regocijo por el tiempo perdido, la incapacidad de ver lo útil del asunto. Luego los brigadistas, gente que se movía a toda velocidad con su chaleco amarillo, recogían los listados que en la mañana nos habían entregado. Se hizo la anotación de las dos personas que no existían, pero a nadie le importaba. Los resultados de todo esto no fueron más que una resta, la comprobación con el cronómetro y una calificación: personas de cada área en el papel menos los que realmente estaban abajo, tiempo de la evacuación y reporte general. “Satisfactorio”, debe decir, lo que irá al superior competente y que será apenas una nota al margen en el reportaje del noticiero durante todo el día: “…con éxito se llevó a cabo la tercera jornada distrital de simulacro…”, y todos contentos.

Luego de diez minutos en la calle, con la amenaza de lluvia, nos dieron la orden de ingresar nuevamente. Todos empujando,  yendo al mismo tiempo casi sin pensar ni ver en qué lugar dar el próximo paso. Yo creo que Noé no hizo un simulacro para eso.


1.8.11

Lugares comunes.

Eso es mi trasteo, todo lo que soy en mi trabajo.


Nueva oficina, la estrené llegando tarde, usual en mi. Encontré en mi puesto dos chocolates, uno blanco y otro de color junto con una nota. Contiene un juego de normas básicas que todos tenemos que cumplir. Otras instrucciones. Ocho más.
El nuevo lugar de trabajo es completamente como todos los lugares de trabajo de las oficinas en el mundo. Hasta en películas encuentra uno como retratan fielmente no solo las instalaciones sino el ambiente laboral. Adiós a los escritorios de madera, viejos, que daban otra sensación (tenían su mística, pa qué) para dar lugar a los cubículos con su aspecto completamente oficinístico. De alguna manera los extraño, me sentía en otro lugar, en otro tiempo, podía hasta tomarme más en serio mis actividades solo al sentir la madera ya dañada sosteniendo la pantalla de mi computador, al poner mis brazos para usar el teclado, el ratón. Ahora no. Me siento en un escenario cualquiera, cumpliendo como extra.


Transparencia.

El sábado pasado fue el trasteo, y hoy ya el Doctor Gerente se tomó su tiempo para pasar por cada rincón para que felicitáramos a todos por tal logro. Lo hizo en los dos pisos que ahora ocupamos, repitiendo el discurso que todos aplaudieron para sentirse mejor. El Doctor Gerente habló de como la vida es corta, que nuestro tránsito por ella se ve limitada por la muerte, que debemos aprovechar las cosas dando todo nuestro entusiasmo. Primera felicitación, promovida por él: “den un aplauso al área de recursos humanos, de seguridad y de servicios generales”. Que lo felicitaron por ver un trasteo tan eficiente, limpio, transparente, eficaz, eficiente y rápido. Agradeció luego a dios, lo que hizo sonreír a unos y luego hizo un chiste con algo que ya no recuerdo. Todos rieron. Los jefes son los seres más chistosos del universo. Más que eso: son, generalmente, seres peculiares porque nosotros, el resto, admitimos que lo sean sin chistar, tal vez algo que uno quisiera poder hacer. Sus excentricidades, que les parecen geniales a ellos mismos, las aceptamos primero por hipocresía y luego se vuelve una mezcla de envidia y admiración. Vemos los defectos en reuniones con nuestros pares, rebeliones pequeñas que sirven para desahogarse un poco. Los jefes bravos ya no son chistosos, sino temibles. El Doctor Gerente es la encarnación de dios en este lugar.

Antes del segundo y definitivo aplauso, se le dio al general retirado, coordinador del área de seguridad, el conjunto de reglas para leerlas en voz alta: no pondrás afiches en tu puesto de trabajo; no fumarás; no dejarás tu puesto de trabajo por nada en el mundo; no escucharás música ni radio; no consumirás alimento alguno sobre tu escritorio; evitarás visitas en horario laboral; usarás siempre el tono de voz adecuado para denotar cortesía; pondrás el celular en vibrador. Lo leyó con una solemnidad tal que todos asintieron, pero también con los errores que refuerzan el estigma ese que dice que los militares no poseen inteligencia, o simplemente que es distinta a la suya, a la mía. Luego nuestra recompensa, otro aplauso iniciado por él para nosotros, las caras felices, la gente que agitaba las manos de manera exagerada, con los ojos brillando.

Lo que más me hará falta del otro lugar es el pasillo ese largo que recorría el edificio como si fuera su columna vertebral, lugar de encuentro con mucha gente, fuente de casualidades pero también de encuentros inoportunos. Ahora cada que uno se levanta de la silla es un desfile para todo el mundo. Se exige concentración pero no se puede dejar de lado esa sombra que recorre la esquina porque siempre será atractiva, llamará la atención cualquier cosa que se pase por el rabillo del ojo. Nadie entiende que necesitamos interrupciones para estar alerta.

El pasillo que daba al infinito, o algo así.

Lo que más me gusta del lugar es el ascensor. Es amplio. Moderno. La gente se agrupa para hablar excluyendo a los demás. Es, tal vez, lo más cercano que pueda llegar a viajar en tren. Por ahora.


16.5.11

Hasta tarde.

Un mierdero. Todo un mierdero. La gente no tiene rostro ya, solo lucen como puños bien apretados y no dicen absolutamente nada. La lluvia, el calor, todo da como igual. Las jornadas se terminan alargando y es por eso que queda uno en la oficina en horas que no son. W. se fue, pero de mala manera, no quiere ni siquiera que alguien haga lo que le correspondía seguro por alguna cuestión en el ego, pero tampoco quiere volver. Que lo busquen le fastidia, que lo llamen peor. Se hace necesitar, y lo sabe, pero  por algo que solamente él entiende sigue en esa farsa de sentirse necesitado.



Son las seis de la tarde. Llueve, y mucho. ¿Copiosamente? Puede ser. En la oficina a ésta hora todavía hay gente, el edificio agoniza ya que no hay tanto movimiento: luces apagadas aquí y allá, la calma necesaria para poner música a un volumen moderado. Los que se quedan no escuchan nada estridente, chillón, ampliamente conocido o siquiera de mal gusto, no, parece que quisieran trabajar hasta tarde para demostrarle a los demás que tienen mejor oído, que conocen más y mejores canciones.



Los minutos pasan lentamente, como lo es siempre que uno se encuentra desubicado. ¿Cómo será estar una hora perdido en el desierto? ¿cómo se sentirá? Aquí hay otras comodidades que una gran planicie no tiene: la máquina dispensadora de bocadillos y computadores con internet, pero restringido. A su vez, el desierto tiene esa experiencia única de pensar que si uno no hace algo puede resultar muerto, que esperar en un solo lugar es desperdiciar la vida y entonces es mejor salir a buscar una solución, morir en el intento. Uno, desde aquí, desde la silla frente al escritorio solamente hace cosas que a la larga no van a servir para nada. Datos, números que no tienen que ver. Digamos, por poner un ejemplo, ¿cuántas de estas cifras habrán muerto a lo largo del presente año esperando una solución a sus demandas? Recuerdo haber leído a Kafka, y no quiero sonar pretensioso ni algo similar (no me gusta decir que tal o cual autor, eso para qué), recuerdo leerlo e imaginarme imposible la situación que narraba en  El Proceso. Pero más que ficción se volvió una premonición. No solamente la ciencia avanza conforme a la literatura (ya llegamos a la luna) sino que la vida misma va tomando ese mismo aspecto. ¿Cuántas de esas cifras se habrá despertado esta mañana convertidos en gigantes insectos?



Cifras. Muchas. No entiendo bien de dónde salen, o quiénes son. Difícilmente puedo imaginar rostros al leer nombres, como Inés, que me parece muy bonito. Suena a tía, a abuela, a mujer de sonrisa cálida que se le van los poquitos días que quedan en medio de suspiros, mientras piensa en la injusticia de las cosas pero no dice nada porque los nietos, los hijos, le hablan con una tristeza esperando un consejo que le saldrá seguramente de las canas. Pobre Inés. Debió ser hermosa, ella, cuando joven. Ahora triste, gris, con la piel como de cartón esperando una pensión. Mientras sigo tecleando pienso en lo del desierto, en lo de luchar por la vida, y uno aquí perdiéndola, sabiendo que no está en juego para uno nada, y a lo mejor ese es el condimento que falta en los días: no la sensación de quedarse sin trabajo, sino de perderlo todo, absolutamente todo. Como Inés.

Casi son las siete. Menos gente. En mi dependencia solamente tres, pero la abogada ya se va. Es recién casada, tiene que llegar a cumplir sus labores conyugales. Saludará a su esposo con un beso calmado, hablarán del trabajo, de las cosas que sucedieron sacándolos de esta rutina, de cosas que les rompen el corazón y se hacen la promesa de aguantar un poco más para conseguir algo mejor, o sacar un negocio adelante, ellos dos, y no depender de los horarios de las instituciones. Cuando la veo se le nota el cansancio en los ojos. Trata de sonreír, pero ya lo ha dicho todo con la mirada.



Nos quedamos mi jefe y yo. Ella sin voz, y yo sin ganas de continuar con mi trabajo. Es largo, y complicado. W. no me explicó muy bien nada, así que trato de hacer lo mejor posible con las pistas que encuentro en cada archivo, en cada fórmula que hay dentro, de esos datos que mucha gente cotiza pero para mi es un estado nulo, a duras penas el olor de algo que está muerto.



Debo ir a gerencia. La otra vez conté los pasos desde mi oficina a las escaleras. Son cuarenta. Unos diez más hasta allá. Hablar con otro abogado, pedir las cosas. Son las siete de la noche y quince minutos, no queda casi nadie, solo algunas personas que no conozco pero de las cuales sé sus historias porque las cuentan mis compañeros en el almuerzo. De este lado tenemos a Sonia, una mujer joven y atractiva, delgada, que se viste elegantemente pero se embadurna poco, como adornando un pasado sin gracia que no quiere esconder, porque lleva en el rostro la belleza de una mujer humilde y por eso no se maquilla tanto. El cabello lo tiene con tintes rojos que no le quedan mal. Es delgada, tiene una cadera normal pero que con su cintura se ve muy provocativa. Sonia sonríe mucho, es una niña todavía pero tiene un hijo de nueve años, lo que me hace pensar que, como mínimo, ella debe tener veintiocho. Antes de saber lo de su matrimonio hubiera jurado que lucía de veintitrés. Ella está casada pero aquí en la oficina se la pasa con Alejandro, muchos le atribuyen rumores a esa relación pero creo que los rumores solamente le quitan seriedad a lo que realmente son: amantes. Sonia y Alejandro, ambos casados con parejas distintas se salieron de lo normal y lo sagrado para darle paso a otro tipo de intimidad, una que exige un poco de cosas que no entiendo ¿Si se le jura fidelidad al esposo, al cónyuge, al amante se le promete qué, exactamente?



Alejandro por su parte es todo lo opuesto de ella. Se nota que es de una buena familia, hijo de señores bien, es cachetón pero la ropa toda la usa ajustada. Hace unos meses tenia kilos de sobra por todo su cuerpo, o eso dicen, y se mandó operar. Tiene un reloj más grande que su puño y habla siempre con una sonrisa y una seguridad que hace sonreír a las mujeres y nos emputa a nosotros los hombres. Es un patán con ganas. El otro día lo vi con alguien de otra área, nueva ella, y le hacía la charla coqueta moviendo exageradamente sus manos, su cadera, mientras gesticulaba desesperadamente con gestos fingidos y un chicle que tenía en la boca que llevaría ahí más o menos toda la vida. Sonia luego pasó por ahí, pero se salvó ya que había dejado de coquetear con la otra muchacha. Casi lo pilla la que no lo debería pillar: el matrimonio se salva o se arregla, pero un amorío le puede a uno joder la vida.



Los pasillos de ésta entidad, ésta bestia dormida, a las ocho de la noche son tétricos. Recuerdo haber estado en el esqueleto de un colegio, un edificio abandonado con pinturas en las paredes de los salones hechas por niños, lo que le daba un aspecto más lúgubre del que debiera. En eso los cementerios la tienen más clara: son sobrios, no pretenden mostrar más que el luto, en cambio una escuela en ruinas es el reflejo de algo que tuvo tanta vida ahí, esas huellas en las paredes que irradiaron felicidad ahora son muestras de todo lo que ya no hay. Deberían pintar los murales de los colegios antes de abandonarlos, por lo menos para no evidenciar tanta tristeza.



Las luces del pasillo parpadean, fallan. Ya no hay música. Me siento caminando en el vientre de una ballena, espero que me embuche de una buena vez, antes de llegar al área de sistemas. Es otra demora más, es algo que quiero saltarme de este día. Pero no sucede así. La cabeza piensa en excusas, las piernas ejecutan una orden ajena. Estamos jodidos. Llego. Vemos a Raúl, un pastuso buena gente, de metro y sesenta de estatura. Tiene los ojos claros, la piel dura y pesada, como de rinoceronte. Camina erguido porque sabe que no puede arquearse: la joroba para él no puede ser una posibilidad, debe evitarla a toca costa, debe aruñar todo lo que lo haga lucir algo más alto, y todo eso le da una elegancia singular. Habla por teléfono con su hija, le promete que ya sale para allá, que van a cenar pero no es verdad, ambos lo saben pero siguen jugando hoy lo mismo que ayer y que la semana pasada. Mantienen la promesa de qué no hoy sino algún día podrán estar juntos una tarde cualquiera, como una familia de esas que salen en la tele. 



Raúl me ayuda con mis dudas, explica cosas que alcanzo a garabatear en la agenda. Voy a mi computador y él me sigue, sacamos tablas, otros datos ahí, revisa solamente para organizarlos mientras yo estúpidamente trato de hallarle sentido a todo eso. En diez minutos y luego de tres preguntas que resolvió con dificultad tuvimos todo listo para el informe. No entiendo mucho pero sé el procedimiento. Mañana, si me queda tiempo, lo repetiré para tratar de descifrarlo.



Falta poco. Dejó de llover. Mi jefe está cansada, yo estoy aburrido y decepcionado. Perdí clase, por segundo día consecutivo. Tengo el sueño atrasado de tratar de leer y hacer ensayos. Me he sentido algo solo, sin la compañía de gente que no conozco pero que desearía tener al lado en lugar de compañeros que disimulan una amistad que no significa nada. Mi jefe me lleva a un lugar donde pueda tomar transporte. Cojo lo primero que veo, porque obro con fe, esa que yo no tengo pero que le escucho a mi madre a cada rato. Llego a casa, casi a las once de la noche. Me recibe mi hermano, mi madre está acostada, no sale de las cobijas por el frío. “mijo, caliente la comida, está apartado en el horno”. Luego de una jornada larguísima en la que perdí esperanzas de todo tipo era lo único que necesitaba escuchar.

6.4.11

El hueco.

Me llama la jefe. Está sentada con W., quieren hablar seriamente conmigo. W. se tapa la boca y la nariz con la mano derecha, la mano izquierda cruzada de tal forma que el codo derecho se pueda apoyar ahí. Viene la sentencia con muy pocos detalles: W. se va para otra área y yo soy quién debo reemplazarlo. El problema es que W. hace de todo acá. El comunicado es escueto. Me piden compromiso al ciento por ciento. Mientras esperan mi respuesta visualizo los fines de semana de W., sus noches y demás todas pegadas al computador que está justo en frente mío. Compromiso: madrugar, tener las cosas a tiempo. Compromiso: entregar informes y reportes que suelen surgir de la nada. Compromiso: disponibilidad de todo el día y fines de semana. Las aventuras de W. se me cuelan por ahí, de cómo vino un domingo borracho a trabajar porque le tocaba. Sin duda es un cargo importante pero pienso en como esquivarlo sin mayor esperanza porque el hecho de que me llamaran significaba que yo ya podía decir que no. Claro, cualquier cosa que yo diga puede ser usada en mi contra. Trato de leer en sus miradas algo, pero encuentro no menos que aceptar, sí o sí, a ese cargo importante. No puedo negarme: es un trabajo bien pago. Bueno, el mío, no el que me ofrecen, de ese nuevo no me dicen nada, y yo no puedo quedarme pajareando con tanta deuda que tengo con tanta entidad afilando las garras guardando promesas que firmé hace un tiempo.

*

W. es un buen tipo. Es gracioso, inteligente. De todo el tiempo que lo he visto acá en la oficina una sola vez lo vi emputarse por algo laboral. Aún así hizo gala de su decencia. Yo, la verdad, no me veo ocupando su espacio. Mi paciencia tan limitada, tan huraño. A lo mejor todos esperan que haga exáctamente lo que él hace como él lo hace. Vengo a ser el rebound guy del área, a llenar un hueco emocional que les va a dejar quién se va a una oficina más al fondo del pasillo. Mientras daba la noticia de su salida algunas mujeres reaccionaron con tristeza, atorándose todas como si tuvieran hipo. No podían hablar, no podían creer que W. se iba y tan bien que se llevaban, tan el alma de la fiesta, tan chévere la música que ponía, su disposición a todo. Luego anuncia su reemplazo. Un silencio incómodo es la dura bienvenida. Entramos perdiendo.

*

El pastuso me enseña como hacer las mil doscientas treinta y cinco cosas que hace al día. Vamos en la trescientas dos. Anoto todo en mi agenda como si de verdad fuera nuevo en todo esto, en todo lo que hace, desconociendo cada uno de esas cosas, pero no es así, solo que no quiero confundirme. Ahora debo hacer mis cosas, que las tengo ya friamente calculadas, y las de él. Se va porque lo operan. Dura un mes incapacitado. Yo no quiero que el pastuso se muera, no quiero hacer todo el trabajo que tiene junto con el mío y con lo que tengo que recibir, ahora, de W. Luego de llenarme el escritorio de papeles el pastuso se despide, le digo que tiene que levantarse rápido y que piense en la hija para que se recupere pero no soy sincero, solo quiero que vuelva pronto y por eso uso cualquier razón. Que él no sepa que para mi cualquier razón sea la imagen de su hija. Me mata.

*

La jefe recibe mal la despedida del pastuso. Tiene los ojos completamente mojados, trata de mirar a un lado para que se sequen y no mostrarse débil. Me le siento al lado, quiero hablar con ella, decirle que no es tan grave. Me dice que no es eso, me dice que es imposible para ella trabajar en estas condiciones, que no puede más con todo esto y se pone a llorar. Unos cuantos compañeros la ven pero no hacen nada, con audífonos disimulan su preocupación y no encuentro que decirle. "No es para tanto" es la primera idiotez que me sale, ella me mira al tiempo que le caen las lágrimas "no puedo más, no puedo más: trato de tapar un hueco creando otro", dice. Son las mismas palabras que escuché de alguien hace unos meses, las mismas palabras mías cuando me levanto cada mañana pensando en cómo arreglar tanto desorden. Todos viviendo en trincheras que no son lo suficientemente hondas, todos huyendo cavando para abajo.

13.3.11

Lo matamos.

Once y media de la noche de un domingo. Tres Garcías armados con palos de escoba y linternas, todos en un patio con la cara torcida por un gesto que representaba sueño, flojera, indignación y mucha rabia. Todos en el patio, golpeando muebles, lavadoras, la caneca de la basura con algo de desesperación. Todos tres buscando una sombra negra. Todos hartos de la situación.

Unos minutos antes el grito, el ladrido luego y un sonido de algo que se cae, algo que se rompe. Cuando uno está tenso cualquier sonido de estos acaba rápidamente con cualquier rastro que uno tenga de tranquilidad. Tranquilidad, ese bien tan escaso por acá. Es tarde, en la noche, pero en esta casa no se duerme a esa hora. Todavía no. En este momento tan tarde en la noche en un fin de semana (literalmente el final de la semana, sus últimos minutos, esos que uno no quiere que lleguen nunca) y todos sintiendo el lunes en la espalda buscando sombras peludas y con cola. Luego de ese sonido de algo que se caía era buscar la venganza, nadie ni nada se mete en esta casa, nadie ni nada la irrespeta ni asusta a nuestra madre. Nada ni nadie nos tendría a esta ahora afuera, con frío, y nosotros nos repetimos mentalmente que se trata de una cuestión de honor para disimular todas las cargas que hay, todos los problemas que representa el matar un ratón. Hasta para matar un hijueputa ratón mi familia es complicada. Las peleas entre nosotros, ese indisponer al otro por este pequeño problema. Buena movida del ratón, muy buena ponernos a todos en contra, pero muy mala el salir a burlarse de nosotros en nuestra cara: corriendo pegado a la pared, intenta escalar para salir por el tejado pero cae. Hace una voltereta en el aire y vuelve a esconderse. A reírse mostrando sus dos gigantes dientes y tratando de tapárselos con sus asquerosas patas. Revolcándose de la risa. Ya no gritamos nada, pero la furia está a flor de piel. Ya no hablamos porque estamos cansados de que estas cosas pasen así. Solo queremos matarlo, acabarlo, que deje de joder de una vez por todas.

Nos enfocamos en un mueble donde se esconde, uno gigante que lleva años en el patio. Hacemos ruido. Creemos sinceramente que el ruido lo incomodaría y lo haría salir de ahí. Tratamos de hacer ruido para que no se escuchen esos corazones cargados de odio, latiendo dura y pesadamente maldiciendo un poco su propia suerte. Vamos corriendo la lavadora, un cilindro de gas que está ahí en caso de emergencia desplazado hábilmente y con una sola mano gracias a la adrenalina. El palo de escoba en el centro, dando golpes secos. El puño cerrado por la izquierda con movimientos desesperados. Yo con mi cepillo por la derecha, lanzándo golpes a todo lo que hubiera allí. Cada vez más fuerte, cada vez más desesperante. La sombra peluda con cola y dientona que emerge, que trata de huir nuevamente por esa difícil ruta que le fue imposible de seguir. Ratón obstinado. Lo admiro un poco, ahora, que veo su persistencia, que trata de escalar como sea por puro orgullo, minimizando esa amenaza que representamos porque no nos considera peligrosos: ahora toma la ruta difícil para reparar su ego. Alcanza a elevarse un metro y medio, casi el doble de altura que en su primer intento, vuelve a caer. Reacciono inmediatamente, abanico en el aire y asesto un golpe contra algo que no sé que es. Se rompe la madera, ese odio que somos los tres hace que empecemos a dar patadas en dirección al mueble. Más duro. Más duro. Sal de ahí. Sal de ahí. Prendo la linterna, miro entre los pedazos astillados de palo esa maldita sombra peluda con cola dientona burlona y ahora con la cabeza aplastada. Headshot. El golpe fue mio pero lo celebramos todos, la victoria es nuestra, de los tres Garcías. Ahora viene lo humillante, el recoger su cuerpo y sacarlo a la calle, a la cesta de basura que hay en la avenida, el no tener cómo exhibir el trofeo. Lo envolvemos en una bolsa, lo saco, lo tiro, vuelvo luego al patio, tratamos de arreglar todo. El cilindro de gas que ahora toca mover con las dos manos. Intentar matar un animal de ese tamaño nos hizo sentir fuertes, con super poderes. Luego de otros 30 minutos dejamos todo como estaba. Incluso mejor. Lo matamos pero él gana. Perdimos lo que resta de domingo, ahora lunes. Una hora menos de descanso. Montones de agua y cloro. El mal genio latente. Va a ser una mala semana.

11.1.08

John Barry


John Fraking Barry, es un compositor, cuyo "único" logro es haber compuesto la música de James Bond.

Si, y la interminable batalla de si fue Monty Norman o John Barry, la cual no interesa.

Este señor Británico, ha lgrado hacer 11 bandas sonoras del 007, en las cuales creo un ritmo con orquesta, con los "riffs" de una guitarra eléctrica y trompetas, hacer la música de espías por excelencia. Revisen todas las parodias (Cody Banks, Foxhunt, series de los 60's, 70's y 80's) y los homenajes (Los increíbles) y me entenderán.

Crear la música de un género, ser parte intrínseca de la banda sonora de una de las más grandes franquicias del mundo (más de la población total del mundo ha visto al menos una película de Bond), escuchar el cambio de ritmos que pasan de un abrazo a una puñalada, es realmente sorprendente.

Pero no contento con ello, o para quitarse ese lastre, el señor Barry ha creado Bandas sonoras tan recordadas como la ganadora del Oscar "Danza con Lobos" (pero no por ello reconocida o distinguible), Born Free, Out of Africa (otro Oscar), Midnight Cowboy, Propuesta Indecente...

Un genio, un homenaje, un aplauso.

25.10.07

Battlestar Galactica

Esta serie empezó como una película para televisión, homenaje a una serie ochentera, pero con leves diferencias... el "What if" que llaman.

La verdad vi la miniserie con desespero, porque, hombre, es como ver la guerra de los mundos, saber que todo en esta vida pasa y como lo hacen de manera tan espectacular, exponiendo la impotencia y jugando con los sentimientos.

La verdad poco o nada me importa si A se queda con B o con C, quien es el padre del hijo de la pierniabierta (que nunca falta) lo realmente impactante -en estas series- es como vamos (es vamos, es la humanidad, a mi no me convidan la acostada o la fortuna de las novelas, pero si destruyen el planeta, pues... uno se preocupa) a sobrevivir... y luego, uno dice, ¿y ahora que?

Esa sensación la supo capitalizar la serie, con unos personajes que aunque quieran llamar simples... cada vez que abren la boca (contrario a los lideres actuales) es para dejarlo a uno calladito pensando.

Y la gran estrella del show si me preguntan a mi es el Almirante Wiliam "bill" Adama, la más alta autoridad del ejercito de las colonias, que como el ave fénix, se enfrenta a lo que lo pongan, mostrando valentía, liderazgo, coraje y sobre todo humanidad.

Es una lastima que esta serie no sea tan reconocida como debería ser (nunca lo será), pues cuando la dieron aquí en televisión, en español, los primeros capítulos (que son un poquito lentos), no la siguieron dando.

Será esperar con que salen en noviembre cuando den la película, y como la terminan el otro año, porque si Battlestar Galactica nos demuestra algo, es que siempre puede haber un punto mas bajo, que siempre podemos estar peor, que las cosas se pueden poner más interesantes... y que uno es muy bruto en esta vida.

Aquí dejo una imagen que lo resume todo:



So Say We All !!!
¡¡¡¡Así Decimos Todos!!!!