Doy un paso más y él sigue en su ascenso, con gracia pero sin elegancia, el segundo escalón de muchos, la primera vez que va a subir la escalera, una de tantas en lo que va a ser, espero sea así, su larga vida.
Hablo por teléfono con mi mamá. La llamo para continuar la conversación que comenzó con un mensaje de texto que ella me envió: Murió Tim 4:20 más o menos. Ella trata de mantener la calma, pero la voz se le quiebra. Lloro en silencio, ambos jugando el juego que nos ha separado toda la vida, ese de no mostrar que somos iguales al recalcar en lo que somos diferentes. Me cuenta lo de un ladrón del barrio, otros chismes sin importancia, todo para no llevar el corazón a ese punto en el que todo duele más que todos los otros dolores juntos.
Tim dejó de subir las escaleras hace días. Ya no veía bien, noté que tampoco escuchaba casi. Mientras ella hace el inventario de todos sus deterioros, algo en mi cabeza retoma eso que leí hace mucho tiempo, eso de que la gente en una época pensaba que las mascotas atrapaban todos los malos espíritus que lo rondaban a uno. Recuerdo que cuando le diagnosticaron la discopatía sufrí mucho, porque Tim estaba muy joven, y eso era por mi culpa. Y luego esa idea nunca me abandonó cuando me la diagnosticaron a mí. Su catarata en el ojo derecho se volvió luego mi presbicia, el tumor en su hocico se hizo más grande con cada biopsia que me hicieron a mí, su caminar lento se volvió el andar pausado de mi mamá, después de que viviera toda la vida corriendo de un lado a otro. Sus males nunca fueron espíritus dañinos, ni hechizos, ni tretas de enemigos imaginarios, eran señas del paso de los años que ninguno, ni mi mamá, ni mis hermanos, ni yo, ni el resto de mi familia, quisimos asumir. Tim murió a las 4:20 de la tarde, más o menos, y desde ese momento todos somos mucho más viejos.
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Tim me mordió el labio superior. También tengo otras cicatrices que merecen otra historia, pero esa memoria ahorita es del cuerpo, y en este momento mi cabeza está ocupada. Tim tuvo varios amigos en el barrio, en la casa. Múltiples gatos, a un perro que mi mamá adoptó, así diga que no, porque lo vio en la calle muy flaco. Tim siempre estuvo acompañado, y creo que por eso lo mortificaba estar solo. Recuerdo peleas con parejas en otra vida, al explicarles que se me rompía el corazón al verlo cuando lo dejábamos solo en la casa. Las disputas siempre terminaban cuando lo veían, y sentían esa melancolía que le brotaba por los ojos cada que cerrábamos la puerta. El argumento se acababa: el perro no se puede dejar solo. O el perro está solo, hay que irse a casa. No había discusión, no había argumento ni siquiera legal que pudiera llevar la contraria.
El último amigo de Tim, en la casa, es un gato blanco con amarillo, que se llama Karim. Estoy lejos de ese lugar, pero sé que la escena que he visto repetir va a darse nuevamente: el amigo va a buscar al otro, desesperado, sin saber qué paso. Habrán explicaciones de la mamá, de los hijos, de los nietos. Lentamente el tiempo irá entumeciendo todo, y la ausencia se sentirá cada vez menos. Karim tal vez deje de maullar, pero seguirá buscando. Tim duró mucho tiempo levantando las orejas cuando mencionábamos a Enzo, su papá, no papá humano, como ahora ridículamente (pero con justa razón) nos catalogamos, sino su papá de verdad. Tim murió y no alargó ese pequeño linaje que comenzó Katy, hace más de treinta años. En la casa ya no habrá animales hijos de nuestros animales.
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Trato de no llorar pero los mocos me pueden. Los gatos, mis gatos, mis cuatro gatos, que estaban durmiendo todos juntos, en mi cama, vienen a buscarme, mientras hablo con mi mamá y trato de no llorar. No maullan, solo se quedan cerca, me miran, se ubican a varios lados. Se frotan en mis piernas. Calculo entre lágrimas la cantidad de patas que me rodean y mi mamá me sigue contando todo, su soledad entre humanos, el duelo de la familia en cuartos separados, mi hermano llorando porque acompañó a Tim en sus últimos momentos. Seguro él sintió lo mismo que yo hace tantos años con Enzo, imagino estar allí con él y ver cómo un líquido entraba en el cuerpo de Tim y experimentar cómo el sentido de esa transacción se materializaba: el calor y el peso en el pecho fue dejando a Tim, hasta que dejó de ser Tim.
Una hora después mi hermano me va a llamar a decirme, a explicarme, de la misma manera en que lo hace mi mamá, el razonamiento de la decisión, algo que entiendo perfectamente: tal vez Tim ya no estaba allí, tal vez sí y estaba sufriendo mucho. No lo digo en voz alta, pero sé que el amor toma forma en esas decisiones tan difíciles. Ojalá alguien nos quiera con tanta misericordia cuando nos toque. Ojalá podamos saber cuándo nosotros dejemos de serlo, y otras personas se den cuenta.
Pienso en que le dejé a Tim a mi mamá, y que ahora ella ya no va a tener esa compañía. Los gatos me siguen rondando mientras ella, mi mamá, le pone palabras a esa idea. Ella también llora. A su modo.
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Desempolvo este blog en donde llevo muchos de mis muertos. Caigo en la cuenta de que no hablé de mi Luffy, que murió, ni de Chía, Gulupa, o Camus, que ya no están conmigo, pero de quienes espero que vivan tanto y tan bien como se pueda. Tampoco he hablado de Radahn, Malenia, Kuma y Kaido, mis cuatro gatos. No he compartido la anécdota de Nieves, mi vecina, quien tuvo que dormir a su perrita a quien paseaba en silla de ruedas, y tampoco de cómo, una semana después, le lleva comida y agua a un gatico de la calle que es igual a mi Kaido, y que cada que lo veo me rompe el corazón, porque se me acerca confiando en mí, y en las demás personas, con ese desparpajo de los gatos abandonados, que no renuncian a seguir buscando en la gente un poco de protección.
Doña nieves me recuerda a mi mamá. Entre los dos nos turnamos el agua del gatico de la calle. Hablamos con otra vecina que lo quiere recoger para darle un hogar. Hace meses que no voy a la casa de mi mamá, pero es como si nunca me hubiera ido. Como si toda esta distancia que se nos coló en las vidas fuera salvada por pequeños actos de amor que tenemos con animales que nos encontramos en la calle.
Tim hubiera batido la cola, y mantendría su emoción a raya para que el gatico confiara en él. Siempre le gustó tener amigos.
Tal cual como hace mi mamá. Y yo. Y la vecina. Y todos los que vamos por la vida con el corazón hecho pedazos por todo el amor que dimos y que se sintió tan poco. Porque seguimos pensando que todo lo que recibimos fue tanto, que tenemos que volverlo a repartir.
Adiós Tim. Gracias por todo.





