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2.3.12

On Her Majesty's Secret Service

Lo mejor mi niñez fue tener un hermano de casi mi misma edad, por eso hubo una época en la que nunca me encontraba solo. Era un compañero permanente que servía para muchas cosas: jugar, compartir comida, molestar, gritar, pelear. Recuerdo cuando nació, el vestido gris que yo tenía al ir al hospital, la cama blanca en la habitación blanca donde estaba mi mamá y su cabello cansado y deshecho en rizos que tuvo en esa única oportunidad; la mano de papá en mi espalda empujándome para conocer al nuevo miembro de la familia, un toque que se siente ajeno y olvidado, como todo recuerdo suyo. Lo vi. Me dijeron que lo tuviera en mis brazos, yo no sabía cómo, pero al final lo hice y nos tomaron una foto, la primera de muchas. Fue el primer bebé que alcé. Mi hermano era pequeño, feo, arrugado, pálido y cabezón. Sigue siendo así, solo que ahora es un poco más alto que yo.

Cuando pequeños nunca hicimos mayores travesuras. O no las recuerdo. Tengo presente el momento en que casi me quemo la cara con una mecha en navidad, prendiéndola a escondidas junto con algunas cosas que habíamos comprado. Salimos al jardín y, como siempre, le dije que se hiciera a un lado, que podía participar en todo pero solamente mirando. Era muy pequeño entonces, lo sigue siendo todavía. En una mano la pólvora, en la otra un fósforo listo para prender. Lo tenía todo planeado, a la cuenta de cinco iba a tirar la mecha al aire, encendida, para que cuando sonara poder gritar "bomba" o alguna cosa que en el momento me parecía muy divertida. Alcancé a llegar a cuatro cuando me estalló en la mano, me lastimé el pulgar, quedé con un oído inservible por unos días y el ojo derecho totalmente rojo por el humo y la explosión. No hubo sonrisas, no hubo dramas tampoco: entré de nuevo a la casa con su ayuda y me unté de crema el dedo y la cara esperando lo mejor. Yo veía siempre que mi madre la usaba para todo, y le servía. Nadie se enteró, nadie se fijó en mi ojo mutante tampoco, lo que me deprimió al principio pero luego me dio para pensar que era indestructible, inmortal, como el McCleod de las películas.

Muchas veces nos dejaban solos, encerrados bajo llave. Usábamos el teléfono para hacer bromas pero la creatividad no salía en las llamadas anónimas, así que lo siguiente en la lista era tirar cubos de hielo a las casas vecinas, canastadas recién hechas por nosotros. Nunca rompimos las ventanas. Jamás les apuntamos, y en eso ayudó bastante la suerte, solamente las arrojábamos confiando en que cuando hicieran contacto con algo hicieran mucho ruido. Eso, tal vez, era para nosotros hacer travesuras: romper el silencio de una forma brusca, violenta, con gritos o con cosas chocando, llevarle la contraria a lo que nos pedían los mayores regularmente: no hacer bulla, estar callados. Una rebeldía que no iba para ningún lado, que se quedó siempre en minúsculas y fue desapareciendo con el paso del tiempo; las reglas que se fueron aclarando y repetimos con nuestra voz esas palabras de adultos: los niños deben hacer silencio. Lo que de pequeños nos identificaba y era contagioso, con la edad se le da el trato de una epidemia.

Un día, haciendo cualquier cosa, como siempre, descubrimos tal vez un oficio que nos gustó y que repetimos varias veces. En esa oportunidad, por error, terminamos jugando a los reporteros, al noticiero. Luego fuimos perfeccionando la práctica: éramos nuestros propios periodistas de campo, editores, directores y como si fuera poco, presentadores. Lo primero siempre era que tomábamos prestadas las máquinas de escribir, unos sacos, linternas y unas cobijas.

Yo iba por la máquina de mi abuelo, una Remington Quiet-Riter. Él la dejaba en el cuarto de estudio encima de un escritorio que hacía juego con una silla enorme de rodachines y montón de archivadores, todos metálicos, todos tan antiguos pero que por su propias características parecían venir del futuro; la máquina estaba dentro de una caja café oscura que era bastante pesada. Al abrirla se notaba ese color verde opaco que representaba todo lo que era: dura, hosca, fría y terrible, un monstruo que seguro ha visto muchos días y tiene mejores historias que contar.

Mi hermano usaba una Brother Deluxe 1350 semi automática que era de mamá, bastante práctica y muy suave. Ella la dejaba en su habitación, como todas sus cosas. Tenía un maletín discreto, de color gris. En el teclado había dos teclas rojas mientras todas las demás eran blancas. No pesaba nada. Era compacta, delgada, tenía una cinta de dos colores, una sorpresa que ninguno de los dos pudo superar sino tiempo después al enterarse que no tenía nada de especial: se trataba solamente de un carrete un poco más costoso.

Nos reuníamos en la habitación. Luego, con las linternas prendidas, nos sentábamos frente en frente de nuestras máquinas y echábamos las cobijas encima nuestro, con la luz apenas para escribir cosas que nosotros entendíamos a plenitud. Yo hacía mucho esfuerzo, ponía todo el peso de mi cuerpo en los dedos para que se imprimieran bien las letras en el papel y entonces las notas que iba escribiendo salían pausadas; mi improvisada carpa sonaba como un animal gigante que daba pasos lenta y torpemente mientras que la de mi hermano era como un caballito que iba en una persecución, no se sí adelante o atrás, nunca lo pensé sino hasta ahora, pero tenía un ritmo muy bonito. A él siempre le salía música, algo que se le volvió costumbre.

Tras unos cuantos minutos nos descubríamos, usábamos cualquier prenda a la mano para disfrazarnos y empezaba el noticiero. Yo leía cosas sobre aviones que se caían encima de pueblos y él de atentados a personajes que se acababa de inventar. No íbamos muy lejos de la realidad, pero por lo menos nosotros teníamos el control de las historias que contábamos. Un día lo hice reír y entonces el noticiero tuvo que salir del aire por unos momentos. Lo regañé porque éramos gente seria: en los noticieros de verdad no salía nunca nadie burlándose de lo que se hablaba y entonces nació una competencia en la que cada uno contaba cosas chistosas para hacer perder al otro. Generalmente no llegábamos ni a la sección de deportes cuando ya nos tocaba soltar la carcajada.

Un día como cualquier otro mi hermano el mayor, sin querer, encontró nuestros libretos. Tenía que hacer un trabajo para el colegio y buscó las máquinas encontrando lo que mi mamá luego llamó un gasto inoficioso de papel, tinta y tiempo. Mis hermanos mayores trataban de disimular la risa conforme a lo que iban leyendo pero eso realmente no importaba, la mirada acusadora de ella nos señalaba muy claro la diferencia entre desperdicio y derroche, las dos caras de una moneda que no conocíamos: para nosotros siempre todo estaba allí, disponible, y el discurso ese del cuánto valen las cosas no lo supimos entender, por lo menos, en el momento.

Pero no hicimos caso.

Seguimos creciendo entre cuentas de telefonía que eran exageradas y regaños a nosotros por hacer llamadas en broma. Las recordamos porque estuvimos allí, mejorándolas y todavía se mantienen en la memoria como si fueran épicas aun cuando son difíciles de contárselas a alguien ajeno. Todas esas cosas van perdiendo gracia tratando de explicarlas, basta una mirada o decir el “se acuerda cuando...” para soltar la risa y quedar en ridículo por no haber podido documentar como se hace hoy día todas esas horas de chistes y cosas graciosas. Creo que al pagar la cuenta telefónica o de la luz o del agua vamos obviando lo que significaron en nuestra niñez, desde esas pegas por teléfono hasta las peleas desocupando la alberca que todavía está en el patio, mojando hasta la ropa de los vecinos, o las horas que jugábamos en el family turnándonos sin saber cómo guardar el progreso de las partidas. Seguimos pagando en un sentido simbólico todas las cosas que hicimos sin arrepentirnos de ello. Lo importante es lo que queda.

A ciencia cierta, muchas veces le he salvado la vida a mi hermano. La más importante cuando se iba a caer de la cama de cabeza y no entiendo cómo lo pude coger de las piernas, las patas, arrastrándolo al colchón diciéndole que no se asustara y prometiéndole que nunca nadie iba a saber que pasó eso. Lo siento. Otras tantas han sido ahí a su lado regalándole una de mis vidas o salvándolo de Shredder para poder rescatar un juego: saltar con un botón, con el otro mandar la patada, meterme en el golpe que lo puede fulminar con el solo contacto y morir salvándolo solo para que pueda sentarle el golpe final y salvar, de nuevo, el mundo. Yo sé que él se acuerda, yo sé que se está riendo acordándose.

Fueron muchos los peligros de los que nos salvamos continuamente en la cantidad de mundos que visitamos y como sigue esa cercanía a pesar de ya no pasar juntos tanto tiempo. Ahora es mi vecino. A veces se acuesta antes que yo, otras veces simplemente me hace la visita en silencio o se la hago yo acompañándonos de esa manera que nadie cree posible, de esa que no encontramos por más que buscamos. Son más las veces que él me ha ayudado a mí en este fracaso de ser un hermano mayor, pero yo sigo con ganas de compensarle todo eso. Hay que buscar otra manera de jugar juntos, por lo menos, para que siga sintiendo que a pesar de la distancia y algunos muros que se han puesto entre ambos sepa que lo sigo cuidando.

24.8.11

Actitud Positiva.



El viernes por la tarde en una circular general llegaron dos noticias. La primera era que el fin de semana no podríamos trabajar porque iban a fumigar las instalaciones. La segunda, que estábamos cordialmente invitados  a una charla. Resultó que trataba sobre motivación y la iba a dictar Jorge Duque Linares, conocido filosofo experto en el asunto y quién tiene ya varios programas de televisión, compartiendo canal con otros cristianos que escasamente pueden hablar español. La cita era para el anterior sábado a las nueve de la mañana. Yo llegué a las nueve y cuarto.

La conferencia no se realizó en las oficinas ni en el edificio, pero si un poco más lejos, en el colegio Agustiniano que queda cerca al terminal de transportes. Afuera la mayoría de la gente estaba fumando y hablando con conocidos. Yo me reuní con algunos compañeros de área que ahora están en un lugar que cariñosamente llamamos "la modelo". De los cinco minutos que hablamos solamente el saludo estaba libre de quejas por el trato que reciben allá: cada oficina tiene un coordinador que funge también como policía y le reportan directamente a la jefe cualquier novedad, por minúscula que sea. Para escoger a estos coordinadores se tuvo en cuenta su afinidad con ella. Y que tuvieran título. En la modelo los carceleros son escogidos a dedo. Aparte de los protocolos de seguridad que existen (tales como no ingresar celular, memorias, audífonos, maletas, y hasta las chaquetas) no se puede transitar por las oficinas sin la debida autorización, además solamente cuentan con un break que dura cinco minutos. Para salir de las oficinas se necesitan, por lo menos, diez. No pregunté si tenían que pedir permiso cada vez que fueran al baño, más por motivos a duras penas humanitarios, porque ganas no me faltaron. Luego de un rato y un amague de lluvia nos dejaron ingresar al recinto, casi a las diez de la mañana. El maestro apareció veinte minutos después.

Jorge Duque Linares es pequeño, gordo, con los cachetes hinchados y de escasa cabellera. No usaba gafas, al contrario de lo que se evidencia en algunos afiches o programas de la televisión. Llevaba un vestido gris, camisa blanca y una corbata que bien podía ser café. Caminaba dando pasos cortos, revelando una edad distinta, como si con cada movimiento se fuera a caer, como si sus rodillas le estuvieran jugando una broma al tener un cuerpo evidentemente más viejo de lo que realmente es. Se define a sí mismo como un educador de educadores, y tiene una misión: hablar con todos los maestros del país para que nosotros, los colombianos, cambiemos de actitud. Sus motivaciones no son muy claras. Supuestamente estudió filosofía en el oriente, en donde le dijeron que debía recorrer el país con un mensaje que aprendió allí, aprovechando el misticismo que tiene la sola mención de ese punto cardinal para no entrar en más detalles.

El auditorio no se llenó, pero muchos nos hicimos en la parte de atrás, lo que molestó a los organizadores y nos hicieron pasar a la parte central, apeñuscados todos dejando pocas sillas vacías. Supongo que habríamos trescientas personas, un cálculo apresurado y salvaje, entre adivinando y apostando. La gente de recursos humanos, toda identificada, hacía mala cara. El precio de actuar como acomodadores, supongo.

Los susurros multiplicados por la intensidad de cada chisme y comentario gracioso creaban un sonido similar al de varias abejas encerradas en un frasco, un zumbido que aumentaba con cada minuto que pasaba sin que nadie pusiera orden hasta convertirse casi en una turbina aumentando sus revoluciones. Por arte de magia vino el silencio con una palabra del doctor Gerente. Habló de como se interesaba la institución por nuestro bienestar, así que el día de hoy nos regalaban una charla con una eminencia en el sector de la salud mental. Un regalo obligado, una conferencia sobre motivación (automotivación diría luego el maestro) a la cual deberíamos asistir si no queríamos recibir un memorando. Por nuestro bien. 

En la mitad de la tarima proyectaban una presentación hecha en power point. En la primera diapositiva aparecía el producto que luego nos venderían: el maestro con su gesto lejos de ser sincero, la boca bien abierta, mostrando los dientes tratando de imitar una sonrisa pero reflejando solamente el hambre de las hienas, y con su mano derecha cerrando el puño con el pulgar hacia arriba. La comercialización del "todo bien" por parte de un señor que nadie sabe cómo se hizo famoso. 

Ubicándose detrás del atril de madera comenzó echando un chiste sobre el matrimonio, el primero de muchos que iba formando el tono de toda la charla, apuntes jocosos y picarescos sobre la infidelidad masculina y la insoportable forma de ser de la mujer; el matrimonio como tortura; el sexo como recompensa, chistes viejos que ya conocía yo de niño. Muy pocos se sentían cómodos así que dijo su primera máxima: "debemos materializar el espíritu con nuestra forma de ser, eso lo logramos con la risa. Los que no se han reído es porque no están seguros, el que no ríe es por qué tiene problemas emocionales, el que tiene problemas emocionales no sirve para este trabajo". Luego de estas palabras se convirtió, durante dos horas, en el ser más gracioso del mundo.

“¿Cuántas tutelas nos habríamos ahorrado si hubiéramos atendido a la gente con una sonrisa?” No solamente debemos demostrar disposición a la hora de hacer las cosas, sino que tenemos que hacerla visible. Una sonrisa, estando deprimido, sirve para alivianar el alma. Lo mismo puede pasar al dar una mala noticia haciendo cara de idiota, o eso pareció decir con muchos ejemplos: señora, disculpe usted, que todavía no ha salido su pensión :) ; señor, la oficina donde se guardaban los registros en el corregimiento ese se inundó :) ; Señorita, los documentos para acreditar la pensión vitalicia no están completos, no importa si su padre falleció hace diez años, le toca hacer de nuevo el proceso :).

No sé bien por qué me acordé de McDonalds. Deben ser muy felices allá.

Fueron muchos los ejemplos relacionados con nuestras labores diarias, lo que demuestra un conocimiento amplio en este mundo, algo que logró hablando previamente con el doctor Gerente. Cada cosa que decía nos remontaba a una mayoría de casos diarios mientras hacía de su acto una presentación de un comediante cualquiera en Sábados Felices, tratando de hilar chistes y encajar luego una moraleja. Nadie pareció notar que su propia sonrisa, y la carcajada en general, eran formas de patrocinar el cinismo.

Su repertorio no era solamente de bromas rebuscadas y trasnochadas, también dejó campo para los refranes. “Plata llama plata, eso todos lo sabemos. Pero, ¿cómo llamar a la felicidad a nuestra vida? ¡Siendo felices! La alegría es nuestra vitamina espiritual, el reír nos hace vivir diez minutos más”. Mientras todos se encontraban plácidamente concentrados con las palabras del tierno filosofo encantador, este nos dejó una tarea. Consistía en anotar en un cuaderno (lo cual me pareció raro que no ofreciera a la salida) las cosas que nosotros quisiéramos, exagerando la realidad. Es decir: si uno se gana un millón de pesos tiene que anotar “Gracias Dios por mi sueldo de diez millones de pesos”, una serie de intenciones que no dependen de mucho esfuerzo para que se cumplan. Aseguró que luego de unos meses las planas harían efecto, y que no funcionaba solamente con el dinero: se podía pedir por un trabajo mejor, un carro nuevo, una casa más grande o, por supuesto, mejor desempeño sexual. Esto último lo dijo con cara de idiota y riendo corta y rápidamente, levantando los hombros y mostrando los dientes en lo que pareció una sombría manifestación de Andrés López sufriendo un ataque de asma en un cuerpo decadente.

Eso se denominó “el poder de la mente”. Por lo que pareció explicar, las cosas se vuelven ciertas de tanto pensar en ellas. Según ésta premisa con llamar lo suficiente a un perro “Gato” este aprendería a maullar.  El simple hecho de asumir cosas mejores tiene un efecto inesperado. El poder de la mente. Me pregunto si mis compañeros, los presidiarios, tienen en sus cuadernos escrita la frase “mi jefa es la mejor del mundo”, si les está dando resultado o simplemente hace parte de una cadena de oración cuyo único propósito es gastar tinta, disfrazando la impotencia, la ambición y reduciendo todo a frases conformistas para no quejarse en voz alta. Todo porque la mente no tiene sentido del humor, por eso no debemos tentarla. Aunque creo firmemente que más de uno estará escribiendo sobre la renuncia de esa señora, o tal vez rogando por su muerte. No queda claro si la efectividad de la intención se ve afectada por el tipo de deseo, o si se debe pedir siempre algo bueno. Si esto resulta así no habría que contratar a gente motorizada para eliminar cosas molestas, un puñado de personas que sepan leer y escribir serían suficientes. Disminuiría el desempleo. Los bachilleres volverían a ser esa mano de obra barata y certera, sin imaginarse el poder colectivo de sus convicciones.

Tal vez la sorpresa más desagradable que tuve fue el darme cuenta de que trabajo en un lugar católico, o creyente. Hago parte de un oficinismo confesional. Pude contar doce referencias a Dios y otras cuatro a Jesucristo nuestro señor, pero no en un sentido justamente motivacional sino restrictivo: cuando no trabajamos, llegamos tarde, incumplimos términos o no trabajamos no engañamos a nuestros compañeros, ni al jefe, ni al doctor Gerente, sino a Dios, a quién podemos ver en el rostro de todos los que nos rodean. Dios nos premia con un empleo siempre y cuando mantengamos en nuestros cuerpos un magnetismo lleno de amor. ¿Cómo se logra esto? Con el poder de la mente, con la vitamina espiritual que es la alegría. Para demostrarnos este punto nos pidió que miráramos a nuestros lados. Mi compañero de la derecha vio a Dios en forma de un ídolo de barro y una rubia a la que le daba risa la palabra pene. Para mí no era más que un señor con gafas y una silla vacía.

Por otra parte triunfar es complacer a Dios con el pensamiento y con nuestros actos. Las bendiciones son la moneda de cambio. Vino la anécdota: en un entrenamiento del Deportivo Cali luego de una tormenta eléctrica, justo cuando un rayo cayó en la cancha, cayeron fulminados dos jugadores: Hermán Gaviria y Giovanni Córdoba. En medio de ellos dos se encontraba un muchacho llamado Giovanni Hernández, quién milagrosamente se salvó. Hernández es creyente, dijo, haciendo énfasis en que no insinuaba nada acerca de los pasos de sus dos compañeros. Tanto lo recalcó que a la larga parecía sospechoso, como si estuviera de acuerdo con el fatal resultado.


 Tal parece que en esos casos es mejor ser agnóstico a resultar ateo, a menos que uno sea la demostración física de un sentido del humor más grande de lo que podamos comprender.


Hacia el final de la presentación todo fue saliendose de la corriente habitual de las cosas y dio rienda suelta a su vena artística. No solo recomendó los libros que había escrito, unos de autoayuda y otros sobre liderazgo, todos a un precio distinto al del mercado, sino que cantó algo que ofrecía también en los DVDs que acompañaban el kit. "Me pagan cincuenta mil pesos por cabeza en estas conferencias, todo eso invierte en ustedes el doctor Gerente". Hubiera sido mejor una bonificación, pienso yo, en lugar de hacer que todos dejaramos de lado los compromisos adquiridos para nuestro tiempo libre en lugar de escuchar algo que la verdad no hizo sino sembrar el pánico. La actitud positiva es una sumisión feliz, un desconocimiento de la realidad en la que todas las aspiraciones se escriben en una hoja en blanco sin siquiera proponerse salir adelante mediante acciones, sino esperando. La actitud positiva es aceptar lo que llegue y pensar que cada cosa mala que suceda es resultado propio de algún error de nuestro pasado. La actitud positiva es simplemente aceptar con una sonrisa las malas noticias considerandolas buenas. Al tiempo que estabamos escuchando allí tales cosas en las instalaciones habían fumigado. En el lugar físico donde laboramos mataron bichos y pestes invisibles mientras nos mandaban de vuelta a casa con unos incómodos huevos en el cerebro.


A la salida nos ofrecieron una empanada helada y un vaso de big cola. Eso es lo que invierten en nosotros.


De camino a casa, en el bus, subió un vendedor ambulante. Contó su historia de superación personal tratando de ser simple y sin pasar a los detalles tristes. Era un adicto, en una fundación encontró ayuda y ahora en lugar de robar y aterrorizar gente se sube al transporte a vender colombinas al precio que a cada uno le parezca. Regala sus buenas acciones sin esperar nada a cambio. Casi nadie le recibimos los dulces, unos pocos le dieron monedas. Nos bendijo antes de timbrar y le regaló a un niño dos colombinas, lo que la madre de este rechazó meneando la cabeza. "Son para ti" le dijo con su acento muy del sur de la ciudad. Luego se bajó.


Creo que podía haber una analogía entre el vendedor del bus y el orador de la sonrisa esculpida en el rostro, pero sigo pensando cuantos kilómetros tiene que recorrer ese hombre para ganarse, al menos, miserables diez mil pesos.



1.8.11

Lugares comunes.

Eso es mi trasteo, todo lo que soy en mi trabajo.


Nueva oficina, la estrené llegando tarde, usual en mi. Encontré en mi puesto dos chocolates, uno blanco y otro de color junto con una nota. Contiene un juego de normas básicas que todos tenemos que cumplir. Otras instrucciones. Ocho más.
El nuevo lugar de trabajo es completamente como todos los lugares de trabajo de las oficinas en el mundo. Hasta en películas encuentra uno como retratan fielmente no solo las instalaciones sino el ambiente laboral. Adiós a los escritorios de madera, viejos, que daban otra sensación (tenían su mística, pa qué) para dar lugar a los cubículos con su aspecto completamente oficinístico. De alguna manera los extraño, me sentía en otro lugar, en otro tiempo, podía hasta tomarme más en serio mis actividades solo al sentir la madera ya dañada sosteniendo la pantalla de mi computador, al poner mis brazos para usar el teclado, el ratón. Ahora no. Me siento en un escenario cualquiera, cumpliendo como extra.


Transparencia.

El sábado pasado fue el trasteo, y hoy ya el Doctor Gerente se tomó su tiempo para pasar por cada rincón para que felicitáramos a todos por tal logro. Lo hizo en los dos pisos que ahora ocupamos, repitiendo el discurso que todos aplaudieron para sentirse mejor. El Doctor Gerente habló de como la vida es corta, que nuestro tránsito por ella se ve limitada por la muerte, que debemos aprovechar las cosas dando todo nuestro entusiasmo. Primera felicitación, promovida por él: “den un aplauso al área de recursos humanos, de seguridad y de servicios generales”. Que lo felicitaron por ver un trasteo tan eficiente, limpio, transparente, eficaz, eficiente y rápido. Agradeció luego a dios, lo que hizo sonreír a unos y luego hizo un chiste con algo que ya no recuerdo. Todos rieron. Los jefes son los seres más chistosos del universo. Más que eso: son, generalmente, seres peculiares porque nosotros, el resto, admitimos que lo sean sin chistar, tal vez algo que uno quisiera poder hacer. Sus excentricidades, que les parecen geniales a ellos mismos, las aceptamos primero por hipocresía y luego se vuelve una mezcla de envidia y admiración. Vemos los defectos en reuniones con nuestros pares, rebeliones pequeñas que sirven para desahogarse un poco. Los jefes bravos ya no son chistosos, sino temibles. El Doctor Gerente es la encarnación de dios en este lugar.

Antes del segundo y definitivo aplauso, se le dio al general retirado, coordinador del área de seguridad, el conjunto de reglas para leerlas en voz alta: no pondrás afiches en tu puesto de trabajo; no fumarás; no dejarás tu puesto de trabajo por nada en el mundo; no escucharás música ni radio; no consumirás alimento alguno sobre tu escritorio; evitarás visitas en horario laboral; usarás siempre el tono de voz adecuado para denotar cortesía; pondrás el celular en vibrador. Lo leyó con una solemnidad tal que todos asintieron, pero también con los errores que refuerzan el estigma ese que dice que los militares no poseen inteligencia, o simplemente que es distinta a la suya, a la mía. Luego nuestra recompensa, otro aplauso iniciado por él para nosotros, las caras felices, la gente que agitaba las manos de manera exagerada, con los ojos brillando.

Lo que más me hará falta del otro lugar es el pasillo ese largo que recorría el edificio como si fuera su columna vertebral, lugar de encuentro con mucha gente, fuente de casualidades pero también de encuentros inoportunos. Ahora cada que uno se levanta de la silla es un desfile para todo el mundo. Se exige concentración pero no se puede dejar de lado esa sombra que recorre la esquina porque siempre será atractiva, llamará la atención cualquier cosa que se pase por el rabillo del ojo. Nadie entiende que necesitamos interrupciones para estar alerta.

El pasillo que daba al infinito, o algo así.

Lo que más me gusta del lugar es el ascensor. Es amplio. Moderno. La gente se agrupa para hablar excluyendo a los demás. Es, tal vez, lo más cercano que pueda llegar a viajar en tren. Por ahora.


21.7.11

Resignación.

Hasta hace poco podíamos utilizar las oficinas para almorzar, así que compartíamos este espacio con  una cantidad de gente que no conozco, que se ríen de cosas que no entiendo y gritan chistes privados porque esa es su manera de socializar y sentirse bien. En su mayoría mujeres. Otro matriarcado. Otro. Nada de malo en eso. Generalmente se juntaban creando grupos para seguirse contando esas cosas que la gente vive cuando no está trabajando, esa vida a la que le sacan provecho durante unas cuantas horas por la noche para poder llegar a contar aquí: la novela, el reality, el tipo del bus que apestaba, el trancón cansón qué hay en toda Bogotá, cómo llueve, ¿no?, ese frío por la noche, qué con Juanma salimos, qué con Jose (nunca José) hablamos, qué ese idiota de Marcelo o Miguel o Manuel, uno de esos, no hace sino pelear y que así no se puede, no podemos seguir así, todas esas conversaciones que eran el aderezo de los almuerzos que lucían y lucen todavía incoloros, manchas apenas de blanco con amarillo o un rojo pálido que humea en recipientes todos plásticos lo cuales ya no se pueden tener aquí, en la comodidad del claustro porque al doctor Gerente una vez le dio por pasearse por las instalaciones y el olor a comida le llegó y esto no es un restaurante, esto no es una plaza, es una e n t i d a d, aquí se le da brinda atención al usuario, si no se ha muerto, y que así no se puede. Palabras más o menos textuales, todas dichas en todas las oficinas con un genio el hijueputa, con el carácter que lo define porque él habla suave todo para disimular que cualquier cosa le saca la piedra y que nadie más manda aquí, entonces se hace lo que él dice y no se puede protestar.

Desde las doce en punto hasta las dos de la tarde los pasillos se llenan de gente que se pregunta hoy en qué condiciones va a almorzar, muchos pueden escapar pero no todos lo hacen, la gran mayoría nos quedamos casi toda la semana a almorzar aquí. Ahora las conversaciones típicas no giran en torno a qué se hizo el día anterior sino en dónde ubicarse, con quién. Muchos tienen observaciones jocosas y subidas de tono con esto,  la risa como remedio infalible pero lejos de ser alguna solución. La cocina es pequeña, apenas cabe la cantidad de gente necesaria para usar los microondas y no se puede quedar uno allí más de diez minutos. Luego el desfile, la gente que busca su lugar en las zonas verdes, otros que caminan tanto que terminan sentándose en cualquier lado para no dejarse del hambre. En últimas todos derrotados siguiendo instrucciones, unas cien almas encartadas con la orden de una sola persona en la más asquerosa forma de subordinación. Pero no hay síntomas de inconformidad, la indiferencia se instala en todos y es como si el problema no viniera de una persona cualquiera sino que tiene la importancia de un mandato divino.

Las distintas carteleras marcan horarios y festividades, indicaciones que se deben cumplir a la letra, nadie piensa siquiera en lo lógico que sería  habilitar ese gran salón desocupado en el primer piso, llenarlo con sillas y esos escritorios que se pudren a la luz del sol cerca al área de archivo. La órden fue no almorzar en las oficinas, pero muchos la toman como una invitación a no pensar, a simplemente divagar como alma en pena con comida enfriándose en las manos.

A alguien se le ocurrió almorzar en su carro, prefiere llevar el aroma ese prohibido de paseo todo el día y muchos otros siguieron el ejemplo. Ahora son comedores con ruedas, incómodos, donde no se pueden ver rostros pero se está a salvo de la lluvia, la llovizna que amenaza pero al final de cuentas no cae porque seguro a alguien allá arriba le da pesar. O espera al momento adecuado, quién sabe.

Mientras todos van asumiendo esto como un asunto cotidiano y sin remedio, un problema más que pone a prueba nuestra infinita paciencia yo sigo pensando en nuestra increíble capacidad para el conformismo mientras sigo a alguien que no sé como se llama por las instalaciones de la oficina y espero que no se siente nunca porque esa no es vida para un culo tan hermoso.

4.9.09

El sustituto de Uribe

Eso es lo bonito de Uribe: cada dos horas nos da una noticia. Ahora no fue que la gripe, o que un escándalo, sino que se apareció virtualmente en un foro público de no sé que. Síntoma de que, pues, es virtualmente nuestro presidente para los próximos 20 años, porque lo que no nos mata nos hace más fuertes. Eso y que hierba mala nunca muere. No es de extrañar que ahora lo vayamos a tener también en video y chateando en Facebook, Dios mediante. Dentro de algunos años la gente lo verá en las paredes mohosas (pero no de las Notarías, ojo) y de pronto en el fondo de las tazas con café. Pero bueno, ese no es el punto.
El punto es que llevamos una semana sin un representante visible. El vicepresidente ha asumido fuertemente su rol de figura irrelevante y andamos sin mandatario. Es por eso que el sustituto de nuestro querido Presidente no sea él mismo, o clones sin carácter, o aparecidos mojaprensa, sino una figura mucho más humilde:

Larry Mittleman, sustituto profesional.

Yo estoy seguro que cuando Uribe esté viejito, que no pueda salir de la cama por salud, o cuando le den casa por cárcel, lo va a utilizar.
Y ese día ya no va a ser gracioso.

5.8.08

Pimp My Ride (Colombian Chopper Style)

Para los que se estaban preguntando (y para los que no) como seria American Chopper, Overhaulin' o Pimp My Ride, en version colombiana, he aquí esta la respuesta:





Una superproducción de las FFMM Colombianas, bajo supervisión de nadie y en misión humanitaria. Traducido a la televisión este suceso entraría bien en un capitulo de los Magnificos pero a lo bestia. Tambien podría ser el resultado de que pasaria si en American Chopper, Paul Teutul dejara que algunos pintores hicieran una moto con estas especificaciones: manubrio, dos ruedas, motor. Y sin mas, todo sale bien. Algunas poses para las fotos, algunas ruedas de prensa y algunas disculpas a medias. Pero en fin, así estamos en Colombia: al puro bling bling y nada de camionetas.

[Foto tomada del Diario El Pais de España]

11.6.08

La polémica del "Dia Despues"

Uso de píldora del día después es legal

...
"Después de estudiar las diferentes posiciones, la sentencia, cuya ponencia es de Rafael Ostau de La Font, negó el nuevo intento contra el medicamento. Señaló que el proceso de gestación "puede llegar a tomar entre 12 y 16 días después de la relación coital". Como la píldora del día después solo es efectiva hasta 72 horas después de la relación, sigue siendo legal en Colombia."
...

"La 'píldora del día después' es certificada"


"El Consejo de Estado decretó que la píldora del día después es legal y afirma que no es un abortivo."

....


Por medio de la presente, en aras del principio de la Publicidad y Celeridad, someto al Honorable Consejo de Estado que determine si en Colombia, es Lícito y viable festejar el "Cumpleaños del día después"


Ojalá que nuestro colaborador, como el ave fénix, haya pasado un Happy Flubbirthday... y que perdone lo que no se ha dicho.