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17.4.12

Funerales

La experiencia que tuve con las muertes y los velorios no es buena. Ni grata. Ni dulce. Nada. El día que se murió mi abuelo lo ayudé a ir al baño. Dormíamos él, yo y mi hermano en el mismo cuarto. Por la mañana se sentía mal y yo, alistándome para ir a trabajar, lo tomé de la mano, lo ayudé a parar, lo sostuve para ir al baño, esa ruta que siempre hago. A mi la vida se me llena de fantasmas a cada nada. Unos no saben hablar, otros no saben dónde vivo, lo que no están no saben cuánta falta me hacen, o cuanto los quiero. Acabo de salir del baño y ahí fue la última vez que lo vi. Todos los días entro al baño, a ese mismo, dónde hay un espejo que tal vez sea tan viejo como yo. En mi casa hay cuatro espejos, uno en cada baño, el del tocador de mi mamá y otro en el corredor del segundo piso. En esos espejos uno se ve distinto siempre. Cuando me visto de paño o decentemente, cosa inusual, analizo el reflejo que me dan dos o tres de ellos, para estar seguro: en los de fuera de mi casa no me veo igual de bien, así que salgo mintiéndome. Seguro cada uno de ellos, los espejos, habla con la calidez familiar de quién no puede ser duro realmente con un miembro del hogar.

A veces pienso en mi abuelo, en que no recuerdo cómo era su voz. Ni la de mi abuelita. Tengo sus recuerdos y la vida impregnada de ellos pero se van olvidando los detalles. El día que murió mi abuelo yo lo ayudé a ir al baño. A eso de medio día lo recogió una ambulancia y mis hermanos mayores lo acompañaron: uno ahí mismo, el otro en su carro. Cuando llegaron al hospital mi abuelo, en su camilla, con su respirador conectado (se lo pusieron ya porque se iba a morir; mi abuelo era terco y esas cosas significaban no un aliento para él sino una sentencia de no poder hacer más las cosas por sí mismo, algo que llevaba olvidando desde hacía tres años) cogió a cada hermano mío, los mellizos, de la mano y les dijo con los ojos que los quería mucho mientras los apretaba con esas manos que trabajaron casi toda su vida. Luego lo entraron por allá en las entrañas del hospital a un lugar al que nadie podía acompañarlo. Mi hermano menor estaba con ellos, no tan cerca como quisiera o tan lejos como esperaba. Yo iba del trabajo a la universidad cuando me llamaron al celular: mi mamá estaba sola. Me bajé de ese bus y cogí otro. De ese día recuerdo un gran trancón pero nada del otro mundo. Otros días, otras distancias. Llegué a casa y mi mamá parecía normal. Media hora después me llamo E., el hermano mayor. "Pascual se murió, no diga nada, esté ahí para mi mamá. Pásemela". Le doy el teléfono a ella y la mirada que ella la tiene ligera pero fija en algo se le va y entonces se derrumba un poco en la cama. Ella no lloró. Yo tampoco. Por la noche llegaron mis hermanos, todos, y comimos pollo asado. Luego llegaron mis tíos. Hablábamos de Pascual con sonrisas y recordando lo fuerte que era. Imagínese que un día se cayó encima una canasta de gaseosa en la cabeza. No se partió nada, a duras penas un ojo morado. Y mal genio. Decían cosas de esas que fueron mitificando la imagen del pobre viejo. Mi familia es una suerte de leyenda que voy contando y nosotros, las generaciones que llegamos, no hacemos mucho por marcar la vida de los que vienen. Esa noche J., mi hermano menor, me dijo que cuando identificaron el cadáver de mi abuelo él lo vio en la camilla acostado de medio lado, con la boca abierta y los ojos cerrados. Pálido, frío, el residuo apenas obvio que dejan las cosas cuando ya no tienen vida. Le habían roto los dientes para intubarlo. Fijo se murió del empute, mi abuelo. A J., alma sensible, creo que esa imagen lo acompaña hasta hoy. A mi me tocó una parecida, la de mi mamá recibiendo la noticia.

Luego el funeral. J. no quería ir. Mi mamá fue únicamente el último día. Mi mamá cuando vio el ataúd dijo "por qué" y luego se tendió sobre el. Ni una lágrima, pero su mueca de dolor lo dijo todo. La miraron mal. Nadie la entiende nunca. Luego se sentó en el lugar más cercano que había. Vinieron los pésames. Ninguno de nosotros lloró. Un hermano de mi abuelo dejó que todo se fuera dispersando para ir, uno por uno, a decirnos estas palabras, más o menos: "mijo, gracias. Yo sé que ustedes hicieron mucho por mi hermano. Yo sé que eso algún día se les va a recompensar. Ustedes fueron la mejor familia que pudo tener. Gracias". Su esposa sonreía con una luz rara en los ojos.  Mi mamá se sintió algo mal con eso, le tocó salirse a tomar tinto. En el camino al cementerio del Apogeo encontramos gente que era amiga por ahí de él o de la familia que iba llegando a pie. Unas palabras de todos, menos nosotros. Alejados, un núcleo aparte, todos orbitando alrededor de mi mamá. La gente que lloraba y nosotros con una tranquilidad sospechosa. Luego su cuerpo baja al agujero ese, al lado de su esposa, que lo llevaba esperando un poco más de una década. En el momento mismo que se iba perdiendo de nuestra vista supimos que se había muerto, como si la ceremonia fuera solamente una antesala para que saliera de ese maldito cajón pidiendo aguepanela o contando alguna de sus historias. Cuando el féretro tocó el suelo puro y vivo, la oscuridad que lo iba a guardar para siempre, mi mamá se puso a llorar con una mano en la boca para que no la vieran, E. navegando en lágrimas la abrazaba, N. con los ojos cerrados también. J. parado, quieto, en silencio se deshacía mientras yo me daba media vuelta y le metía un puño a un árbol.


**


Hace como tres años Enrique, el vecino de justo al lado, de toda la vida, se murió. Fue un 25 de diciembre. En la familia todos andaban de viaje, solo quedábamos mi hermano y yo en casa. Y Enzo, el perro, que siempre se queda. El día del funeral fuimos hasta el cantón norte a mostrar los respetos. Enrique dejaba una familia numerosa: Carolina, Diana, Ángela y su mujer. A todas las saludé, estaban rotas pero era Carolina la única destrozada. Con ella asistimos al mismo colegio. Un amigo me preguntaba por ella. Le gustaba mucho, a mi no tanto. Siempre fue flaca, Carolina. Con uniforme era más bonita. Delgada, pecosa, cabello largo y fino, castaño, y nunca cambió realmente su aspecto: la eterna colegiala. Uno la ve ahorita y es simplemente fijar en su recuerdo de hace años dos o tres líneas de expresión en la cara. Sigue Igual. Ese día ella se me trepó al alma con las uñas en un abrazo. Éramos cercanos: de niños jugamos con walkie takies distintos pero se cruzaban las ondas y terminábamos hablando con la confianza que se suelen tener los anónimos. La hacía reír y ella me decía cosas y me parecía lo mejor del mundo. Por la noche supe que había sido ella mi radioescucha, por la noche ella supo que era yo con quién jugaba. Le dio mucha risa. Luego, en el funeral, tal vez movida por ese recuerdo ya que no hablamos nunca, lloró mucho en mi hombro y se aferraba a mí de una manera muy rara. Yo simplemente cerré el abrazo. Me sentí flotar y a lo mejor por eso ella se colgaba, quería irse conmigo a otro lado, no estar allí, rechazar el papel de familiar desconsolada. Duró cinco minutos agarrada, clavada en mi pecho. Luego me soltó, me miro a los ojos y sonrió un poquito, inclinando la cabeza en agradecimiento. Yo le tomé los hombros, le dije que lo sentía mucho y que estaría allí por si algo. Luego me despedí y nos devolvimos para la casa, con mi hermano.

Con Carolina siempre que nos vemos soltamos una sonrisa que quiero creer es sincera, nos preguntamos si estamos bien y ya está, pero nunca nos decimos nada más. Los fantasmas míos no tienen que hablarme.



2.3.12

On Her Majesty's Secret Service

Lo mejor mi niñez fue tener un hermano de casi mi misma edad, por eso hubo una época en la que nunca me encontraba solo. Era un compañero permanente que servía para muchas cosas: jugar, compartir comida, molestar, gritar, pelear. Recuerdo cuando nació, el vestido gris que yo tenía al ir al hospital, la cama blanca en la habitación blanca donde estaba mi mamá y su cabello cansado y deshecho en rizos que tuvo en esa única oportunidad; la mano de papá en mi espalda empujándome para conocer al nuevo miembro de la familia, un toque que se siente ajeno y olvidado, como todo recuerdo suyo. Lo vi. Me dijeron que lo tuviera en mis brazos, yo no sabía cómo, pero al final lo hice y nos tomaron una foto, la primera de muchas. Fue el primer bebé que alcé. Mi hermano era pequeño, feo, arrugado, pálido y cabezón. Sigue siendo así, solo que ahora es un poco más alto que yo.

Cuando pequeños nunca hicimos mayores travesuras. O no las recuerdo. Tengo presente el momento en que casi me quemo la cara con una mecha en navidad, prendiéndola a escondidas junto con algunas cosas que habíamos comprado. Salimos al jardín y, como siempre, le dije que se hiciera a un lado, que podía participar en todo pero solamente mirando. Era muy pequeño entonces, lo sigue siendo todavía. En una mano la pólvora, en la otra un fósforo listo para prender. Lo tenía todo planeado, a la cuenta de cinco iba a tirar la mecha al aire, encendida, para que cuando sonara poder gritar "bomba" o alguna cosa que en el momento me parecía muy divertida. Alcancé a llegar a cuatro cuando me estalló en la mano, me lastimé el pulgar, quedé con un oído inservible por unos días y el ojo derecho totalmente rojo por el humo y la explosión. No hubo sonrisas, no hubo dramas tampoco: entré de nuevo a la casa con su ayuda y me unté de crema el dedo y la cara esperando lo mejor. Yo veía siempre que mi madre la usaba para todo, y le servía. Nadie se enteró, nadie se fijó en mi ojo mutante tampoco, lo que me deprimió al principio pero luego me dio para pensar que era indestructible, inmortal, como el McCleod de las películas.

Muchas veces nos dejaban solos, encerrados bajo llave. Usábamos el teléfono para hacer bromas pero la creatividad no salía en las llamadas anónimas, así que lo siguiente en la lista era tirar cubos de hielo a las casas vecinas, canastadas recién hechas por nosotros. Nunca rompimos las ventanas. Jamás les apuntamos, y en eso ayudó bastante la suerte, solamente las arrojábamos confiando en que cuando hicieran contacto con algo hicieran mucho ruido. Eso, tal vez, era para nosotros hacer travesuras: romper el silencio de una forma brusca, violenta, con gritos o con cosas chocando, llevarle la contraria a lo que nos pedían los mayores regularmente: no hacer bulla, estar callados. Una rebeldía que no iba para ningún lado, que se quedó siempre en minúsculas y fue desapareciendo con el paso del tiempo; las reglas que se fueron aclarando y repetimos con nuestra voz esas palabras de adultos: los niños deben hacer silencio. Lo que de pequeños nos identificaba y era contagioso, con la edad se le da el trato de una epidemia.

Un día, haciendo cualquier cosa, como siempre, descubrimos tal vez un oficio que nos gustó y que repetimos varias veces. En esa oportunidad, por error, terminamos jugando a los reporteros, al noticiero. Luego fuimos perfeccionando la práctica: éramos nuestros propios periodistas de campo, editores, directores y como si fuera poco, presentadores. Lo primero siempre era que tomábamos prestadas las máquinas de escribir, unos sacos, linternas y unas cobijas.

Yo iba por la máquina de mi abuelo, una Remington Quiet-Riter. Él la dejaba en el cuarto de estudio encima de un escritorio que hacía juego con una silla enorme de rodachines y montón de archivadores, todos metálicos, todos tan antiguos pero que por su propias características parecían venir del futuro; la máquina estaba dentro de una caja café oscura que era bastante pesada. Al abrirla se notaba ese color verde opaco que representaba todo lo que era: dura, hosca, fría y terrible, un monstruo que seguro ha visto muchos días y tiene mejores historias que contar.

Mi hermano usaba una Brother Deluxe 1350 semi automática que era de mamá, bastante práctica y muy suave. Ella la dejaba en su habitación, como todas sus cosas. Tenía un maletín discreto, de color gris. En el teclado había dos teclas rojas mientras todas las demás eran blancas. No pesaba nada. Era compacta, delgada, tenía una cinta de dos colores, una sorpresa que ninguno de los dos pudo superar sino tiempo después al enterarse que no tenía nada de especial: se trataba solamente de un carrete un poco más costoso.

Nos reuníamos en la habitación. Luego, con las linternas prendidas, nos sentábamos frente en frente de nuestras máquinas y echábamos las cobijas encima nuestro, con la luz apenas para escribir cosas que nosotros entendíamos a plenitud. Yo hacía mucho esfuerzo, ponía todo el peso de mi cuerpo en los dedos para que se imprimieran bien las letras en el papel y entonces las notas que iba escribiendo salían pausadas; mi improvisada carpa sonaba como un animal gigante que daba pasos lenta y torpemente mientras que la de mi hermano era como un caballito que iba en una persecución, no se sí adelante o atrás, nunca lo pensé sino hasta ahora, pero tenía un ritmo muy bonito. A él siempre le salía música, algo que se le volvió costumbre.

Tras unos cuantos minutos nos descubríamos, usábamos cualquier prenda a la mano para disfrazarnos y empezaba el noticiero. Yo leía cosas sobre aviones que se caían encima de pueblos y él de atentados a personajes que se acababa de inventar. No íbamos muy lejos de la realidad, pero por lo menos nosotros teníamos el control de las historias que contábamos. Un día lo hice reír y entonces el noticiero tuvo que salir del aire por unos momentos. Lo regañé porque éramos gente seria: en los noticieros de verdad no salía nunca nadie burlándose de lo que se hablaba y entonces nació una competencia en la que cada uno contaba cosas chistosas para hacer perder al otro. Generalmente no llegábamos ni a la sección de deportes cuando ya nos tocaba soltar la carcajada.

Un día como cualquier otro mi hermano el mayor, sin querer, encontró nuestros libretos. Tenía que hacer un trabajo para el colegio y buscó las máquinas encontrando lo que mi mamá luego llamó un gasto inoficioso de papel, tinta y tiempo. Mis hermanos mayores trataban de disimular la risa conforme a lo que iban leyendo pero eso realmente no importaba, la mirada acusadora de ella nos señalaba muy claro la diferencia entre desperdicio y derroche, las dos caras de una moneda que no conocíamos: para nosotros siempre todo estaba allí, disponible, y el discurso ese del cuánto valen las cosas no lo supimos entender, por lo menos, en el momento.

Pero no hicimos caso.

Seguimos creciendo entre cuentas de telefonía que eran exageradas y regaños a nosotros por hacer llamadas en broma. Las recordamos porque estuvimos allí, mejorándolas y todavía se mantienen en la memoria como si fueran épicas aun cuando son difíciles de contárselas a alguien ajeno. Todas esas cosas van perdiendo gracia tratando de explicarlas, basta una mirada o decir el “se acuerda cuando...” para soltar la risa y quedar en ridículo por no haber podido documentar como se hace hoy día todas esas horas de chistes y cosas graciosas. Creo que al pagar la cuenta telefónica o de la luz o del agua vamos obviando lo que significaron en nuestra niñez, desde esas pegas por teléfono hasta las peleas desocupando la alberca que todavía está en el patio, mojando hasta la ropa de los vecinos, o las horas que jugábamos en el family turnándonos sin saber cómo guardar el progreso de las partidas. Seguimos pagando en un sentido simbólico todas las cosas que hicimos sin arrepentirnos de ello. Lo importante es lo que queda.

A ciencia cierta, muchas veces le he salvado la vida a mi hermano. La más importante cuando se iba a caer de la cama de cabeza y no entiendo cómo lo pude coger de las piernas, las patas, arrastrándolo al colchón diciéndole que no se asustara y prometiéndole que nunca nadie iba a saber que pasó eso. Lo siento. Otras tantas han sido ahí a su lado regalándole una de mis vidas o salvándolo de Shredder para poder rescatar un juego: saltar con un botón, con el otro mandar la patada, meterme en el golpe que lo puede fulminar con el solo contacto y morir salvándolo solo para que pueda sentarle el golpe final y salvar, de nuevo, el mundo. Yo sé que él se acuerda, yo sé que se está riendo acordándose.

Fueron muchos los peligros de los que nos salvamos continuamente en la cantidad de mundos que visitamos y como sigue esa cercanía a pesar de ya no pasar juntos tanto tiempo. Ahora es mi vecino. A veces se acuesta antes que yo, otras veces simplemente me hace la visita en silencio o se la hago yo acompañándonos de esa manera que nadie cree posible, de esa que no encontramos por más que buscamos. Son más las veces que él me ha ayudado a mí en este fracaso de ser un hermano mayor, pero yo sigo con ganas de compensarle todo eso. Hay que buscar otra manera de jugar juntos, por lo menos, para que siga sintiendo que a pesar de la distancia y algunos muros que se han puesto entre ambos sepa que lo sigo cuidando.

20.12.11

Megadramas.

Lo que me gusta de la novela esta de Caracol, Primera Dama, es que su protagonista es una mujer calculadora y sin escrúpulos. Es decir, la villana clásica, la bruja de las manzanas. Y no solamente eso, varios de los personajes tienen su guardado. Es decir, no son unidimensionales: ni son muy buenos, rayando en la inocencia, ni claramente malos. Es más, la protagonista tiene algo muy bueno de lo que huye, que está representado un poco en su madre. Eso atrae. Se sale de los moldes. También la gente que miente porque espera estar junta sin tener que mantener un secreto por mucho tiempo. Pero no se siente como si estuvieran haciendo algo malo: despiertan una simpatía. Es muy raro ver que alguien “bonito” o “guapo” siga ceñido a eso que siempre se utiliza en la tele, es decir, que la ternura sea proporcional a la bondad de alguien. No. Y es bueno, claro, es bueno porque en algún momento habrá algo que hará que estos personajes se enfrenten a un dilema y reconozcan que sus actos y su forma de ser no es la apropiada, que llegue un arrepentimiento, una lucha, una reflexión. La moraleja no podría ser que el amor siempre triunfa, o tal vez sí, pero también otra cosa, algo de verdad importante, práctico. En todos los capítulos los televidentes aterrándose con como una mujer puede ser tan fría pero también apoyándola para luego verla darse el totazo. Ver como se levanta, o por lo menos lo intenta. Cambia eso de que los protagonistas son mártires y luego terminan la novela después de un recorrido lleno de dificultades dónde hay una recompensa. No. Y me gusta eso: en cualquier momento se van a caer, van a tropezar, se les va a romper el hilo por el que caminan sin cuidado.

Insisto en que es bueno que muestren personajes así. Durante mucho tiempo en la televisión se muestra más o menos que la apariencia de una mujer dice como es ella hasta en la cama. Y eso viene de hace rato, por ejemplo hay una mujer a la que veo constantemente y pienso que porque sus labios son pequeños, delgados, sus ojos claros y su cabello rubio va a amarlo a uno de una forma mejor, o que esa es la razón por la que el corazón se hincha de otra manera. Que, mejor dicho, se está a nada de amarla, que falta es el trámite del contacto y la palabra mediada. Que lo tiene todo, todo, para ser la mujer perfecta, alguien que no se sabe ni cómo se llama. Esta mujer, claro, tiene su novio, personaje importante en la empresa. Es alto, tiene mirada y mañas de tipo excluyente, es de esos que uno puede decir nacieron en cuna de oro. A veces cuando parpadea lo hace exageradamente, cerrando los ojos de una forma brusca y abriendo un poco la boca, estirando toda la piel de la cara. No se ríe mucho, habla en la mayoría del tiempo en imperativo, tiene canas y a las mujeres de aquí las tiene impresionadas porque es fácilmente el más alto del lugar. Mientras yo me pregunto qué hace la mujer de mis sueños con un pendejazo como ese, alguien me dice que el tipo es churrísimo y que es bien simpático, aun cuando se hace evidente su desprecio por la gente.

Pero todos vamos ahí cada uno con sus prejuicios y gustos hasta parecidos. Según lo que se ve en el apartado físico de cada uno la vieja es blanca nieves y el tipo “la clase de hombre que le gusta a todas, mira: alto, elegante, inteligente, con un buen puesto” y cosas así. Como siempre el idealismo de la princesa contra el pragmatismo del buen partido. Yo creo, y lo digo desde acá sentado sin sostenérselo a nadie, que esa manera déspota del tipo las mujeres la relacionan con algo de poder. No es el cargo que ostenta sino la fuerza que le da su forma de ser, el cómo se relaciona y trata a los demás. Esa manera de ser enloquece: denota fuerza, personalidad, poder, seguridad. Nunca en un comportamiento reprochable se vieron tantas cualidades juntas. Y eso llama la atención. Algunas compañeras no reparan en eso salvo cuando uno se los señala, a lo que dicen “pues sí, pero no importa”. A ellas no les importa que el tipo sea así, a nosotros que no le conozcamos la voz a ella, simplemente que existe y que es divina, un juicio que no depende sino de qué tan apretado tiene el pantalón.

Luego viene lo otro, la angustia porque se es gordo, algo que tiene solución mediante cirugías y cosas que reemplazan la fuerza de voluntad y el esfuerzo, pero que tienen un resultado casi inmediato. Así uno esté gordo por descuido o enfermedad y bajito como es y siendo lo guevón que es con los demás pues no le alcanza para nada, un personaje cómico, un actor de reparto, el extra con dos o tres líneas  de parlamento, el coraje no ya para desaparecer los kilos o subir unos centímetros sino para hacer menos evidente la desventaja, todo el mundo pendiente de eso, la gente con el filtro en la mirada y la imposibilidad de ser algo más en la cabeza de los demás. El “yo pensé que tu comías más” por la panza que uno tiene, o la presunción de que uno tiene que ser bien divertido o muy rabón. Ahí va el gordo, chao gordo, la fatiga que da todo y el cansancio que se le acumula a uno como polvo, la armadura esa que no es otra cosa que la costumbre por escuchar ese tipo de cosas hasta que sale en la telenovela alguien que pone en duda todos esos cimientos, que a lo mejor no todos estamos mal ni los demás tan perfectos, que blanca nieves era una vividora y el tipo que toda mujer quiere resulta ser un hijueputa, que uno a lo mejor es más que un enano gordo y narizón así no lo parezca y no le den nunca el beneficio de la duda, que estar bueno o no es simplemente un accidente y no eso que lo define a uno.

21.7.11

Resignación.

Hasta hace poco podíamos utilizar las oficinas para almorzar, así que compartíamos este espacio con  una cantidad de gente que no conozco, que se ríen de cosas que no entiendo y gritan chistes privados porque esa es su manera de socializar y sentirse bien. En su mayoría mujeres. Otro matriarcado. Otro. Nada de malo en eso. Generalmente se juntaban creando grupos para seguirse contando esas cosas que la gente vive cuando no está trabajando, esa vida a la que le sacan provecho durante unas cuantas horas por la noche para poder llegar a contar aquí: la novela, el reality, el tipo del bus que apestaba, el trancón cansón qué hay en toda Bogotá, cómo llueve, ¿no?, ese frío por la noche, qué con Juanma salimos, qué con Jose (nunca José) hablamos, qué ese idiota de Marcelo o Miguel o Manuel, uno de esos, no hace sino pelear y que así no se puede, no podemos seguir así, todas esas conversaciones que eran el aderezo de los almuerzos que lucían y lucen todavía incoloros, manchas apenas de blanco con amarillo o un rojo pálido que humea en recipientes todos plásticos lo cuales ya no se pueden tener aquí, en la comodidad del claustro porque al doctor Gerente una vez le dio por pasearse por las instalaciones y el olor a comida le llegó y esto no es un restaurante, esto no es una plaza, es una e n t i d a d, aquí se le da brinda atención al usuario, si no se ha muerto, y que así no se puede. Palabras más o menos textuales, todas dichas en todas las oficinas con un genio el hijueputa, con el carácter que lo define porque él habla suave todo para disimular que cualquier cosa le saca la piedra y que nadie más manda aquí, entonces se hace lo que él dice y no se puede protestar.

Desde las doce en punto hasta las dos de la tarde los pasillos se llenan de gente que se pregunta hoy en qué condiciones va a almorzar, muchos pueden escapar pero no todos lo hacen, la gran mayoría nos quedamos casi toda la semana a almorzar aquí. Ahora las conversaciones típicas no giran en torno a qué se hizo el día anterior sino en dónde ubicarse, con quién. Muchos tienen observaciones jocosas y subidas de tono con esto,  la risa como remedio infalible pero lejos de ser alguna solución. La cocina es pequeña, apenas cabe la cantidad de gente necesaria para usar los microondas y no se puede quedar uno allí más de diez minutos. Luego el desfile, la gente que busca su lugar en las zonas verdes, otros que caminan tanto que terminan sentándose en cualquier lado para no dejarse del hambre. En últimas todos derrotados siguiendo instrucciones, unas cien almas encartadas con la orden de una sola persona en la más asquerosa forma de subordinación. Pero no hay síntomas de inconformidad, la indiferencia se instala en todos y es como si el problema no viniera de una persona cualquiera sino que tiene la importancia de un mandato divino.

Las distintas carteleras marcan horarios y festividades, indicaciones que se deben cumplir a la letra, nadie piensa siquiera en lo lógico que sería  habilitar ese gran salón desocupado en el primer piso, llenarlo con sillas y esos escritorios que se pudren a la luz del sol cerca al área de archivo. La órden fue no almorzar en las oficinas, pero muchos la toman como una invitación a no pensar, a simplemente divagar como alma en pena con comida enfriándose en las manos.

A alguien se le ocurrió almorzar en su carro, prefiere llevar el aroma ese prohibido de paseo todo el día y muchos otros siguieron el ejemplo. Ahora son comedores con ruedas, incómodos, donde no se pueden ver rostros pero se está a salvo de la lluvia, la llovizna que amenaza pero al final de cuentas no cae porque seguro a alguien allá arriba le da pesar. O espera al momento adecuado, quién sabe.

Mientras todos van asumiendo esto como un asunto cotidiano y sin remedio, un problema más que pone a prueba nuestra infinita paciencia yo sigo pensando en nuestra increíble capacidad para el conformismo mientras sigo a alguien que no sé como se llama por las instalaciones de la oficina y espero que no se siente nunca porque esa no es vida para un culo tan hermoso.

16.5.11

Hasta tarde.

Un mierdero. Todo un mierdero. La gente no tiene rostro ya, solo lucen como puños bien apretados y no dicen absolutamente nada. La lluvia, el calor, todo da como igual. Las jornadas se terminan alargando y es por eso que queda uno en la oficina en horas que no son. W. se fue, pero de mala manera, no quiere ni siquiera que alguien haga lo que le correspondía seguro por alguna cuestión en el ego, pero tampoco quiere volver. Que lo busquen le fastidia, que lo llamen peor. Se hace necesitar, y lo sabe, pero  por algo que solamente él entiende sigue en esa farsa de sentirse necesitado.



Son las seis de la tarde. Llueve, y mucho. ¿Copiosamente? Puede ser. En la oficina a ésta hora todavía hay gente, el edificio agoniza ya que no hay tanto movimiento: luces apagadas aquí y allá, la calma necesaria para poner música a un volumen moderado. Los que se quedan no escuchan nada estridente, chillón, ampliamente conocido o siquiera de mal gusto, no, parece que quisieran trabajar hasta tarde para demostrarle a los demás que tienen mejor oído, que conocen más y mejores canciones.



Los minutos pasan lentamente, como lo es siempre que uno se encuentra desubicado. ¿Cómo será estar una hora perdido en el desierto? ¿cómo se sentirá? Aquí hay otras comodidades que una gran planicie no tiene: la máquina dispensadora de bocadillos y computadores con internet, pero restringido. A su vez, el desierto tiene esa experiencia única de pensar que si uno no hace algo puede resultar muerto, que esperar en un solo lugar es desperdiciar la vida y entonces es mejor salir a buscar una solución, morir en el intento. Uno, desde aquí, desde la silla frente al escritorio solamente hace cosas que a la larga no van a servir para nada. Datos, números que no tienen que ver. Digamos, por poner un ejemplo, ¿cuántas de estas cifras habrán muerto a lo largo del presente año esperando una solución a sus demandas? Recuerdo haber leído a Kafka, y no quiero sonar pretensioso ni algo similar (no me gusta decir que tal o cual autor, eso para qué), recuerdo leerlo e imaginarme imposible la situación que narraba en  El Proceso. Pero más que ficción se volvió una premonición. No solamente la ciencia avanza conforme a la literatura (ya llegamos a la luna) sino que la vida misma va tomando ese mismo aspecto. ¿Cuántas de esas cifras se habrá despertado esta mañana convertidos en gigantes insectos?



Cifras. Muchas. No entiendo bien de dónde salen, o quiénes son. Difícilmente puedo imaginar rostros al leer nombres, como Inés, que me parece muy bonito. Suena a tía, a abuela, a mujer de sonrisa cálida que se le van los poquitos días que quedan en medio de suspiros, mientras piensa en la injusticia de las cosas pero no dice nada porque los nietos, los hijos, le hablan con una tristeza esperando un consejo que le saldrá seguramente de las canas. Pobre Inés. Debió ser hermosa, ella, cuando joven. Ahora triste, gris, con la piel como de cartón esperando una pensión. Mientras sigo tecleando pienso en lo del desierto, en lo de luchar por la vida, y uno aquí perdiéndola, sabiendo que no está en juego para uno nada, y a lo mejor ese es el condimento que falta en los días: no la sensación de quedarse sin trabajo, sino de perderlo todo, absolutamente todo. Como Inés.

Casi son las siete. Menos gente. En mi dependencia solamente tres, pero la abogada ya se va. Es recién casada, tiene que llegar a cumplir sus labores conyugales. Saludará a su esposo con un beso calmado, hablarán del trabajo, de las cosas que sucedieron sacándolos de esta rutina, de cosas que les rompen el corazón y se hacen la promesa de aguantar un poco más para conseguir algo mejor, o sacar un negocio adelante, ellos dos, y no depender de los horarios de las instituciones. Cuando la veo se le nota el cansancio en los ojos. Trata de sonreír, pero ya lo ha dicho todo con la mirada.



Nos quedamos mi jefe y yo. Ella sin voz, y yo sin ganas de continuar con mi trabajo. Es largo, y complicado. W. no me explicó muy bien nada, así que trato de hacer lo mejor posible con las pistas que encuentro en cada archivo, en cada fórmula que hay dentro, de esos datos que mucha gente cotiza pero para mi es un estado nulo, a duras penas el olor de algo que está muerto.



Debo ir a gerencia. La otra vez conté los pasos desde mi oficina a las escaleras. Son cuarenta. Unos diez más hasta allá. Hablar con otro abogado, pedir las cosas. Son las siete de la noche y quince minutos, no queda casi nadie, solo algunas personas que no conozco pero de las cuales sé sus historias porque las cuentan mis compañeros en el almuerzo. De este lado tenemos a Sonia, una mujer joven y atractiva, delgada, que se viste elegantemente pero se embadurna poco, como adornando un pasado sin gracia que no quiere esconder, porque lleva en el rostro la belleza de una mujer humilde y por eso no se maquilla tanto. El cabello lo tiene con tintes rojos que no le quedan mal. Es delgada, tiene una cadera normal pero que con su cintura se ve muy provocativa. Sonia sonríe mucho, es una niña todavía pero tiene un hijo de nueve años, lo que me hace pensar que, como mínimo, ella debe tener veintiocho. Antes de saber lo de su matrimonio hubiera jurado que lucía de veintitrés. Ella está casada pero aquí en la oficina se la pasa con Alejandro, muchos le atribuyen rumores a esa relación pero creo que los rumores solamente le quitan seriedad a lo que realmente son: amantes. Sonia y Alejandro, ambos casados con parejas distintas se salieron de lo normal y lo sagrado para darle paso a otro tipo de intimidad, una que exige un poco de cosas que no entiendo ¿Si se le jura fidelidad al esposo, al cónyuge, al amante se le promete qué, exactamente?



Alejandro por su parte es todo lo opuesto de ella. Se nota que es de una buena familia, hijo de señores bien, es cachetón pero la ropa toda la usa ajustada. Hace unos meses tenia kilos de sobra por todo su cuerpo, o eso dicen, y se mandó operar. Tiene un reloj más grande que su puño y habla siempre con una sonrisa y una seguridad que hace sonreír a las mujeres y nos emputa a nosotros los hombres. Es un patán con ganas. El otro día lo vi con alguien de otra área, nueva ella, y le hacía la charla coqueta moviendo exageradamente sus manos, su cadera, mientras gesticulaba desesperadamente con gestos fingidos y un chicle que tenía en la boca que llevaría ahí más o menos toda la vida. Sonia luego pasó por ahí, pero se salvó ya que había dejado de coquetear con la otra muchacha. Casi lo pilla la que no lo debería pillar: el matrimonio se salva o se arregla, pero un amorío le puede a uno joder la vida.



Los pasillos de ésta entidad, ésta bestia dormida, a las ocho de la noche son tétricos. Recuerdo haber estado en el esqueleto de un colegio, un edificio abandonado con pinturas en las paredes de los salones hechas por niños, lo que le daba un aspecto más lúgubre del que debiera. En eso los cementerios la tienen más clara: son sobrios, no pretenden mostrar más que el luto, en cambio una escuela en ruinas es el reflejo de algo que tuvo tanta vida ahí, esas huellas en las paredes que irradiaron felicidad ahora son muestras de todo lo que ya no hay. Deberían pintar los murales de los colegios antes de abandonarlos, por lo menos para no evidenciar tanta tristeza.



Las luces del pasillo parpadean, fallan. Ya no hay música. Me siento caminando en el vientre de una ballena, espero que me embuche de una buena vez, antes de llegar al área de sistemas. Es otra demora más, es algo que quiero saltarme de este día. Pero no sucede así. La cabeza piensa en excusas, las piernas ejecutan una orden ajena. Estamos jodidos. Llego. Vemos a Raúl, un pastuso buena gente, de metro y sesenta de estatura. Tiene los ojos claros, la piel dura y pesada, como de rinoceronte. Camina erguido porque sabe que no puede arquearse: la joroba para él no puede ser una posibilidad, debe evitarla a toca costa, debe aruñar todo lo que lo haga lucir algo más alto, y todo eso le da una elegancia singular. Habla por teléfono con su hija, le promete que ya sale para allá, que van a cenar pero no es verdad, ambos lo saben pero siguen jugando hoy lo mismo que ayer y que la semana pasada. Mantienen la promesa de qué no hoy sino algún día podrán estar juntos una tarde cualquiera, como una familia de esas que salen en la tele. 



Raúl me ayuda con mis dudas, explica cosas que alcanzo a garabatear en la agenda. Voy a mi computador y él me sigue, sacamos tablas, otros datos ahí, revisa solamente para organizarlos mientras yo estúpidamente trato de hallarle sentido a todo eso. En diez minutos y luego de tres preguntas que resolvió con dificultad tuvimos todo listo para el informe. No entiendo mucho pero sé el procedimiento. Mañana, si me queda tiempo, lo repetiré para tratar de descifrarlo.



Falta poco. Dejó de llover. Mi jefe está cansada, yo estoy aburrido y decepcionado. Perdí clase, por segundo día consecutivo. Tengo el sueño atrasado de tratar de leer y hacer ensayos. Me he sentido algo solo, sin la compañía de gente que no conozco pero que desearía tener al lado en lugar de compañeros que disimulan una amistad que no significa nada. Mi jefe me lleva a un lugar donde pueda tomar transporte. Cojo lo primero que veo, porque obro con fe, esa que yo no tengo pero que le escucho a mi madre a cada rato. Llego a casa, casi a las once de la noche. Me recibe mi hermano, mi madre está acostada, no sale de las cobijas por el frío. “mijo, caliente la comida, está apartado en el horno”. Luego de una jornada larguísima en la que perdí esperanzas de todo tipo era lo único que necesitaba escuchar.

14.4.10

Víctimas del desparche

Ajá, no tenía nada más que hacer y este otro me pidió ayuda para hacer nada juntos.
Y entonces salen cosas así





No nos culpen. Resulta que... sólo fue un mal día
.

24.6.08

Tribus Urbanas II


Ya se mencionó que los Narquetos son los reyes de las tribus urbanas, la punta en la pirámide Kelsenniana de las leyes de las tribus, la supremacía del comportamiento.

No se, ni tengo ni idea de cuantas hay, para eso esta Wikipedia, pero me da pereza mirar, hay mejores cosas que investigar como, no se, lo que se ocurra, pero no necesariamente eso.

Además, sucede lo de las pirámides, como están de moda las tribus, salen artículos en periódicos, revistas, noticieros y demás. Osea que aprovechemos y hablamos de ellas.

Gracias a El Espectador (lo que pasa se lee a diario) me reverenciaron un artículo que incrementó mi conocimiento (que conocimiento, la información) de estas tribus, como el por qué se llaman tribus, y me referenció una que otra clase que no conocía.

Existen los Vampiristas, vampireros, Age of Vampires o Vampire Dudes (no, ninguno lo reconoce el corrector de ortografía), que muy a mi pesar no son precisamente los que ven al Conde Patula sino que son un grupo que se reúne a discutir sobre arte y literatura. Rico, solo que no lo hacen a la luz de la vela, o de un tinto como el resto de mortales, sino que lo hacen bebiendo sangre directamente de la fuente. Ah, pero eso sí, el "donador" debe consentirlo, porque se basa en el honorable sistema milenario de la confianza, la cual se expresa consensualmente. Preferiría que fuera por escrito, con ello se evita que le hagan el daño a un analfabeta, o a un animalito además de incentivar la educación (pero hombre, son gente culta, o si no, ¿de que libros van a hablar?)

Otros, más aterrizados son los okupetos (de la clasificación darketo, punketo, okupeto), los cuales comparten haciendo ejercicio del derecho propio y natural a la propiedad privada y el derecho fundamental a meter la cabeza bajo techo, loable y divertido. Me pregunto si en sus reuniones, fogatas y demás actividades discutirían sobre las teorías político-económicas de John Locke.

Hablan de los góticos, los cuales realmente no me aclaran nada, no entendí, me declaro plenamente ignorante sobre tal “cultura”, ignorante y preocupado. ¿Cómo así que se reunían a tomar café en OMA?, Oma es la base para otro tipo de tribus, como los play o los de oficina.

Sobre la popular trilogía (darketo – punketo – emo) no me detengo, toda vez que no tengo ni idea, así como que no tiene mención importante en el artículo de la referencia.

Para finalizar, una frase que me impactó sobre sus vestimentas:

“Es un luto eterno por un mundo en decadencia.” Some Dude.

Así que nos ponemos tristes, violentos por un mundo en decadencia, o como el ave fénix, nos ponemos a hacer algo para cambiarlo…

(idealista la última frase, lo se, pero es mejor vivir la vida que lamentarla)


P.D. Os preguntais: y vos? quien sois?
Como todo en estos días, en el final de la trilogía lo revelaré

14.6.08

Tribus Urbanas

Veo con tristeza que la infancia se ha terminado, ha desapercibo la inocencia que rodeaba la infancia, y en vez de querer jugar a la casita, a escondidas, a cogidos... ahora los niños juegan a las escondidas, a jugar cogidos y hacer la casita, en ese orden y al mismo tiempo.

Una vez crecen, se acaban, se pierden y en esos momentos en que las hormonas son las que piensan, no hay nada mejor que hacer que esperar. Pero algunos ingeniosos, copypaste lo primero que ven en la TV, en la interné, creyendo ser exclusivos, se convierten en miniculturas, similares entre si, compartiendo sus premisas (odio o indiferencia a lo demás, me preocupo por mi, nadie me quiere...) y como el ave fénix, se creen geniales.... sorpresa: no lo son.

En todo caso, las mal llamadas tribus urbanas (afortunadamente no se llaman culturas urbanas), se identifican entre sí y son unidos, últimamente, por la unidad"patriotica" que su unidad sea desvirtuada, vulnerada o amenazada por las otras tribus.

Se han dado conflictos a nivel mundial entre los darketos, punketos, emos, metachos, como se evidencia a continuación:



Sin embargo, nunca, nunca, pero nunca, en la vidad, ninguno se ha metido con la subsultura urbana, la tribu dominante: Los Narketos: