17.4.12
Funerales
2.3.12
On Her Majesty's Secret Service
Cuando pequeños nunca hicimos mayores travesuras. O no las recuerdo. Tengo presente el momento en que casi me quemo la cara con una mecha en navidad, prendiéndola a escondidas junto con algunas cosas que habíamos comprado. Salimos al jardín y, como siempre, le dije que se hiciera a un lado, que podía participar en todo pero solamente mirando. Era muy pequeño entonces, lo sigue siendo todavía. En una mano la pólvora, en la otra un fósforo listo para prender. Lo tenía todo planeado, a la cuenta de cinco iba a tirar la mecha al aire, encendida, para que cuando sonara poder gritar "bomba" o alguna cosa que en el momento me parecía muy divertida. Alcancé a llegar a cuatro cuando me estalló en la mano, me lastimé el pulgar, quedé con un oído inservible por unos días y el ojo derecho totalmente rojo por el humo y la explosión. No hubo sonrisas, no hubo dramas tampoco: entré de nuevo a la casa con su ayuda y me unté de crema el dedo y la cara esperando lo mejor. Yo veía siempre que mi madre la usaba para todo, y le servía. Nadie se enteró, nadie se fijó en mi ojo mutante tampoco, lo que me deprimió al principio pero luego me dio para pensar que era indestructible, inmortal, como el McCleod de las películas.
Muchas veces nos dejaban solos, encerrados bajo llave. Usábamos el teléfono para hacer bromas pero la creatividad no salía en las llamadas anónimas, así que lo siguiente en la lista era tirar cubos de hielo a las casas vecinas, canastadas recién hechas por nosotros. Nunca rompimos las ventanas. Jamás les apuntamos, y en eso ayudó bastante la suerte, solamente las arrojábamos confiando en que cuando hicieran contacto con algo hicieran mucho ruido. Eso, tal vez, era para nosotros hacer travesuras: romper el silencio de una forma brusca, violenta, con gritos o con cosas chocando, llevarle la contraria a lo que nos pedían los mayores regularmente: no hacer bulla, estar callados. Una rebeldía que no iba para ningún lado, que se quedó siempre en minúsculas y fue desapareciendo con el paso del tiempo; las reglas que se fueron aclarando y repetimos con nuestra voz esas palabras de adultos: los niños deben hacer silencio. Lo que de pequeños nos identificaba y era contagioso, con la edad se le da el trato de una epidemia.
Un día, haciendo cualquier cosa, como siempre, descubrimos tal vez un oficio que nos gustó y que repetimos varias veces. En esa oportunidad, por error, terminamos jugando a los reporteros, al noticiero. Luego fuimos perfeccionando la práctica: éramos nuestros propios periodistas de campo, editores, directores y como si fuera poco, presentadores. Lo primero siempre era que tomábamos prestadas las máquinas de escribir, unos sacos, linternas y unas cobijas.
Yo iba por la máquina de mi abuelo, una Remington Quiet-Riter. Él la dejaba en el cuarto de estudio encima de un escritorio que hacía juego con una silla enorme de rodachines y montón de archivadores, todos metálicos, todos tan antiguos pero que por su propias características parecían venir del futuro; la máquina estaba dentro de una caja café oscura que era bastante pesada. Al abrirla se notaba ese color verde opaco que representaba todo lo que era: dura, hosca, fría y terrible, un monstruo que seguro ha visto muchos días y tiene mejores historias que contar.
Mi hermano usaba una Brother Deluxe 1350 semi automática que era de mamá, bastante práctica y muy suave. Ella la dejaba en su habitación, como todas sus cosas. Tenía un maletín discreto, de color gris. En el teclado había dos teclas rojas mientras todas las demás eran blancas. No pesaba nada. Era compacta, delgada, tenía una cinta de dos colores, una sorpresa que ninguno de los dos pudo superar sino tiempo después al enterarse que no tenía nada de especial: se trataba solamente de un carrete un poco más costoso.
Nos reuníamos en la habitación. Luego, con las linternas prendidas, nos sentábamos frente en frente de nuestras máquinas y echábamos las cobijas encima nuestro, con la luz apenas para escribir cosas que nosotros entendíamos a plenitud. Yo hacía mucho esfuerzo, ponía todo el peso de mi cuerpo en los dedos para que se imprimieran bien las letras en el papel y entonces las notas que iba escribiendo salían pausadas; mi improvisada carpa sonaba como un animal gigante que daba pasos lenta y torpemente mientras que la de mi hermano era como un caballito que iba en una persecución, no se sí adelante o atrás, nunca lo pensé sino hasta ahora, pero tenía un ritmo muy bonito. A él siempre le salía música, algo que se le volvió costumbre.
Tras unos cuantos minutos nos descubríamos, usábamos cualquier prenda a la mano para disfrazarnos y empezaba el noticiero. Yo leía cosas sobre aviones que se caían encima de pueblos y él de atentados a personajes que se acababa de inventar. No íbamos muy lejos de la realidad, pero por lo menos nosotros teníamos el control de las historias que contábamos. Un día lo hice reír y entonces el noticiero tuvo que salir del aire por unos momentos. Lo regañé porque éramos gente seria: en los noticieros de verdad no salía nunca nadie burlándose de lo que se hablaba y entonces nació una competencia en la que cada uno contaba cosas chistosas para hacer perder al otro. Generalmente no llegábamos ni a la sección de deportes cuando ya nos tocaba soltar la carcajada.
Un día como cualquier otro mi hermano el mayor, sin querer, encontró nuestros libretos. Tenía que hacer un trabajo para el colegio y buscó las máquinas encontrando lo que mi mamá luego llamó un gasto inoficioso de papel, tinta y tiempo. Mis hermanos mayores trataban de disimular la risa conforme a lo que iban leyendo pero eso realmente no importaba, la mirada acusadora de ella nos señalaba muy claro la diferencia entre desperdicio y derroche, las dos caras de una moneda que no conocíamos: para nosotros siempre todo estaba allí, disponible, y el discurso ese del cuánto valen las cosas no lo supimos entender, por lo menos, en el momento.
Pero no hicimos caso.
Seguimos creciendo entre cuentas de telefonía que eran exageradas y regaños a nosotros por hacer llamadas en broma. Las recordamos porque estuvimos allí, mejorándolas y todavía se mantienen en la memoria como si fueran épicas aun cuando son difíciles de contárselas a alguien ajeno. Todas esas cosas van perdiendo gracia tratando de explicarlas, basta una mirada o decir el “se acuerda cuando...” para soltar la risa y quedar en ridículo por no haber podido documentar como se hace hoy día todas esas horas de chistes y cosas graciosas. Creo que al pagar la cuenta telefónica o de la luz o del agua vamos obviando lo que significaron en nuestra niñez, desde esas pegas por teléfono hasta las peleas desocupando la alberca que todavía está en el patio, mojando hasta la ropa de los vecinos, o las horas que jugábamos en el family turnándonos sin saber cómo guardar el progreso de las partidas. Seguimos pagando en un sentido simbólico todas las cosas que hicimos sin arrepentirnos de ello. Lo importante es lo que queda.
A ciencia cierta, muchas veces le he salvado la vida a mi hermano. La más importante cuando se iba a caer de la cama de cabeza y no entiendo cómo lo pude coger de las piernas, las patas, arrastrándolo al colchón diciéndole que no se asustara y prometiéndole que nunca nadie iba a saber que pasó eso. Lo siento. Otras tantas han sido ahí a su lado regalándole una de mis vidas o salvándolo de Shredder para poder rescatar un juego: saltar con un botón, con el otro mandar la patada, meterme en el golpe que lo puede fulminar con el solo contacto y morir salvándolo solo para que pueda sentarle el golpe final y salvar, de nuevo, el mundo. Yo sé que él se acuerda, yo sé que se está riendo acordándose.
Fueron muchos los peligros de los que nos salvamos continuamente en la cantidad de mundos que visitamos y como sigue esa cercanía a pesar de ya no pasar juntos tanto tiempo. Ahora es mi vecino. A veces se acuesta antes que yo, otras veces simplemente me hace la visita en silencio o se la hago yo acompañándonos de esa manera que nadie cree posible, de esa que no encontramos por más que buscamos. Son más las veces que él me ha ayudado a mí en este fracaso de ser un hermano mayor, pero yo sigo con ganas de compensarle todo eso. Hay que buscar otra manera de jugar juntos, por lo menos, para que siga sintiendo que a pesar de la distancia y algunos muros que se han puesto entre ambos sepa que lo sigo cuidando.
20.12.11
Megadramas.
21.7.11
Resignación.
16.5.11
Hasta tarde.
14.4.10
Víctimas del desparche
24.6.08
Tribus Urbanas II
Ya se mencionó que los Narquetos son los reyes de las tribus urbanas, la punta en la pirámide Kelsenniana de las leyes de las tribus, la supremacía del comportamiento.
Además, sucede lo de las pirámides, como están de moda las tribus, salen artículos en periódicos, revistas, noticieros y demás. Osea que aprovechemos y hablamos de ellas.
Gracias a El Espectador (lo que pasa se lee a diario) me reverenciaron un artículo que incrementó mi conocimiento (que conocimiento, la información) de estas tribus, como el por qué se llaman tribus, y me referenció una que otra clase que no conocía.
Existen los Vampiristas, vampireros, Age of Vampires o Vampire Dudes (no, ninguno lo reconoce el corrector de ortografía), que muy a mi pesar no son precisamente los que ven al Conde Patula sino que son un grupo que se reúne a discutir sobre arte y literatura. Rico, solo que no lo hacen a la luz de la vela, o de un tinto como el resto de mortales, sino que lo hacen bebiendo sangre directamente de la fuente. Ah, pero eso sí, el "donador" debe consentirlo, porque se basa en el honorable sistema milenario de la confianza, la cual se expresa consensualmente. Preferiría que fuera por escrito, con ello se evita que le hagan el daño a un analfabeta, o a un animalito además de incentivar la educación (pero hombre, son gente culta, o si no, ¿de que libros van a hablar?)
Otros, más aterrizados son los okupetos (de la clasificación darketo, punketo, okupeto), los cuales comparten haciendo ejercicio del derecho propio y natural a la propiedad privada y el derecho fundamental a meter la cabeza bajo techo, loable y divertido. Me pregunto si en sus reuniones, fogatas y demás actividades discutirían sobre las teorías político-económicas de John Locke.
“Es un luto eterno por un mundo en decadencia.” Some Dude.
Así que nos ponemos tristes, violentos por un mundo en decadencia, o como el ave fénix, nos ponemos a hacer algo para cambiarlo…
(idealista la última frase, lo se, pero es mejor vivir la vida que lamentarla)
Como todo en estos días, en el final de la trilogía lo revelaré
14.6.08
Tribus Urbanas
Una vez crecen, se acaban, se pierden y en esos momentos en que las hormonas son las que piensan, no hay nada mejor que hacer que esperar. Pero algunos ingeniosos, copypaste lo primero que ven en la TV, en la interné, creyendo ser exclusivos, se convierten en miniculturas, similares entre si, compartiendo sus premisas (odio o indiferencia a lo demás, me preocupo por mi, nadie me quiere...) y como el ave fénix, se creen geniales.... sorpresa: no lo son.
En todo caso, las mal llamadas tribus urbanas (afortunadamente no se llaman culturas urbanas), se identifican entre sí y son unidos, últimamente, por la unidad"patriotica" que su unidad sea desvirtuada, vulnerada o amenazada por las otras tribus.
Se han dado conflictos a nivel mundial entre los darketos, punketos, emos, metachos, como se evidencia a continuación:
Sin embargo, nunca, nunca, pero nunca, en la vidad, ninguno se ha metido con la subsultura urbana, la tribu dominante: Los Narketos:
