12.7.12

Paciencia.

Esto supuestamente es un cuento que envié a una convocatoria y, pues, no salió favorecido. Como no sé qué hacer con él, lo subo aquí.

***




- Voy llegando. Estoy a unas poquitas cuadras.
La mecánica de la mentira es casi siempre la misma: decir que se está más cerca de lo que es en realidad. Todos lo hemos hecho. Contestar la llamada, decir cualquier cosa descarada, contar con el silencio de esa persona que escucha una conversación ajena. No hay nadie más cómplice en toda Bogotá que quién oye mentir a otro sobre su ubicación. A eso hemos llegado. Y es entendible. Se trata de ser solidarios con esa persona a la que escuchamos y, a la vez, esperar de los demás la misma cortesía que da la invención de una realidad alterna para nuestro interlocutor. “Voy llegando” es solo una ficción que todos creemos y que al mismo tiempo va agotando la paciencia con los minutos que separan a las partes; tiempo que pasa sin descontar kilómetros. En algunas películas se acostumbra mostrar el avance de un lado al otro mientras las luces de un auto viejo devoran el pavimento, la animación de la carretera que delata su imperfección bajo las llantas que no terminan de girar y un movimiento continuo y casi perpetuo para retratar esa ilusión migratoria que es el tránsito de un lugar al otro.


Aquí, esperando, sopesando la realidad con las imágenes que tengo en la cabeza, me doy cuenta que todo esto es otra gran mentira. La realidad no se parece mucho a esos montajes tan repetidos y elaborados: frente a mí una sucesión de vehículos, grandes, pequeños, repletos de gente, aceleran y frenan casi al mismo tiempo manteniendo una velocidad ridícula y un orden uniforme en la avenida donde espero que, algún día, ella aparezca. En medio del caos este tumulto de máquinas es un paisaje ruidoso y deforme al que por desgracia ya se han acostumbrado mis ojos, como a quién vive en la penumbra y acepta la oscuridad como un escenario permanente.
Llevo esperando cerca de veinte minutos. Al llegar el cielo se mostraba más auténtico que nunca. Varias nubes separadas por un orden especial, ayudaban a hacer la transición entre el toque naranja intenso y el azul suave que se da de vez en cuando cerca de las montañas, las mismas que se ven lejanas al occidente. Ahora las nubes grises, que parecen una sola, se van dispersando con cierta regularidad como huellas en una playa de varios tonos: a la derecha, abarcan el panorama; a la izquierda, desde los cerros occidentales, desaparecen tras lo que desde acá imagino es una tormenta. La ventaja de vivir aquí es que, de no estar conforme con el clima, siempre se puede caminar diez cuadras más para encontrar uno diferente.


“Se volvió a parar esto. Hay un accidente. No sé qué tanto me demore”, dice un mensaje de texto que leo en mi celular. Ya no es la voz la que me cuenta los inconvenientes, sino unas cuantas palabras que por cortesía o por temor no invitan a una respuesta.


Lo primero que supe de Lucía es que le gustaba mucho la salsa. Poco después, que era conocida de la novia de Rubén, gran amigo de antes con el que había dejado de hablar pero que volví a contactar por Internet. Veía que cuando él compartía alguna canción de Pete El Conde Rodríguez ella escribía sobre las muchas ganas de bailar esa canción como si se le fuera la vida ahí mismo. Más tarde, al investigar un poco más sobre lo que ella dejaba averiguar en Facebook, decidí agregarla como amiga. No la conocía. La solicitud duró pendiente tres días, pero la aceptó. Pude intuir por sus fotos cómo podía ser esa mujer que se decantaba por tal tipo de música sin dejar ahondar mucho más de su personalidad; aquella que por entonces me parecía un pequeño trazo de algo que sospeché era mucho más complejo. Lucía tenía una sonrisa impecable, las cejas anchas, la nariz grande y unos ojos cafés que parecían pequeños; los labios delgados acompañaban siempre un gesto ambiguo que tardé en descifrar: no podía aparentar seriedad cuando estaba contenta, como si emanara de sí una energía que irradiaba todos los lugares en los que aparecía.


Luego de unas semanas de pensarlo la saludé en el chat y un extraño duelo surgió de la nada: nos pasábamos una canción tras otra lo que no daba espacio para conocernos mejor hasta que un día solo quería hablar y lo hicimos revestidos del velo del anonimato, el que da confiar en la persona de la que no se sabe nada, en igualdad de condiciones. Esa noche, tarde en la madrugada, me confesó que su primer nombre era Ana.


A veces las cosas suceden por sí solas, sin quererlas, y sorprenden con la fuerza de quien da un golpe de pleno en el estómago y saca el aire al mismo tiempo que dan ganas de toser; la imposibilidad de respirar multiplicada por dos, como estar ahogándose no en agua sino en una parte del cielo. Así pasó con ella, por eso la espero, por eso llevo ya treinta minutos parado aquí con cara de aburrido en armonía con estas personas que esperan su transporte.


Era una noche ya lejana cuando nos vimos en persona por primera vez. Se asomaba en sus ojos una timidez extraña y llamativa, tanto que no me dejó admirar su cabello negro intenso en todo su esplendor. Nos conocíamos, sabíamos de nosotros cosas que antes habíamos regalado al otro por partes, por cuotas: primero indicios de la vida y aspectos de la personalidad; luego, imágenes inanimadas seguidas de letras. Un rato más tarde voces. Por último noches hablando de nada en particular en el tortuoso acto de hacerse compañía desde una soledad alimentada por la luz que emite el monitor del computador, o el calor que puede generar inexplicablemente el auricular del teléfono. Es extraño constatar que la persona ya antes conocida, al verla en primer plano, al tenerla cerca, existe. Un empaque incómodo que oculta secretos que ya se saben, pero que regala detalles inimaginables: posiciones de las manos, miradas, comportamientos, el lenguaje corporal que es menos torpe y calculador que lo que se quiere realmente admitir. Era, después de todo, una mujer cualquiera, una de tantas con rasgos particulares y con la ventaja de haber franqueado sutilezas tales como su nombre, su vida y un poco de su intimidad. Tenía su número de teléfono no sin antes saber muchas cosas de ella -todo al revés- para luego reunir fuerzas e invitarla a salir, dejar el caparazón y mostrar características que no se pueden controlar, un ambiente volátil en dónde hay igualdad de condiciones. “Hola, te reconozco por la voz” dijo sin confiar bien en todo lo demás, en las consideraciones físicas que revelan una verdad y al tiempo tienen algo de engaño. Una cosa es percibir a la gente, otra es conocerla. Caminamos de noche por el centro de Bogotá bajo la mirada insólita de los transeúntes que se sorprendían con mi acompañante, pero más con su pelo que parecía tener vida propia: un gran mechón oscuro que danzaba como fuego y que con cada paso latía y desafiaba al viento que nos llegaba por el lado al tiempo que prolongábamos conversaciones a medio hacer para encontrar en el otro la persona que nos hace confiar para hablar, ese cómplice que está estrenando una apariencia desconocida. Llegó entonces la indecisión de escoger un lugar para tomar cualquier cosa, por lo que terminamos entrando a dos. Entre tanto, las palabras iban y venían en medios diferentes: pasar de escribir a verse y ahora encontrarse; la gran ironía de la tecnología: mostrar la esencia a personas que no se dejan ver y que hacen dudar de su existencia, una omnipresencia que vale menos que una fragancia o un roce de la piel. Por último vino la despedida: el abrazo que se prometió para una siguiente oportunidad, manifiesto de las barreras físicas por librar mientras cada uno seguía en sus deberes después de agradecer el salir de la rutina. Recuerdo que cuando se montó al taxi todo regresó a mis sentidos, de inmediato: el centro de la ciudad que nunca deja de apestar a orines, los vehículos que pitan salvajemente como si con eso se solucionara en algo su estancamiento, la gente que camina deprisa para ir de un lugar al otro, los edificios que observan la ciudad desde lejos, desde arriba, imponentes, bajo un cielo negro que no parece ser el mismo de toda la ciudad sino uno local y tétrico que amenaza con violencia descargarse en mí, el paraguas que no tengo y la forma de llover. Recuerdo bien esa vez. Fue un miércoles.


Al pasar del primer encuentro, siempre accidental, todo se va volviendo más premeditado, como en este momento, y se sabe bien que solo hace falta planear las cosas para que salgan mal. Llevo una hora esperando. Se oscureció todo. A mi lado una señora que ha intentado parar ya cuatro veces la ruta que la deja cerca de su hogar, pierde la fe con cada vehículo que pasa, una derrota que va acumulando poco a poco y que, sin embargo, resiste en un estoicismo práctico: maldice con la mano, pero también mira el piso para poder escupir la rabia. Dos minutos han pasado desde que la observo. Sesenta y dos desde la cita incumplida. Cuarenta y dos desde la última llamada. Treinta y dos desde el más reciente mensaje; un reloj de arena al que darle vuelta no es necesario y cuyo contenido son los segundos perdidos de pie en el paradero mientras esperamos, cada uno, una salvación efímera. La paciencia se fortifica hasta un punto en el que no puede ser más dura que sí misma y termina cediendo ante su propio peso. Luego, con ese derrumbe, viene el fracaso colectivo y el grupo que se encuentra en este paradero va perdiendo la esperanza. Ya una pareja camina al centro comercial más cercano; un joven de traje cruza la avenida para buscar un taxi. Nos fragmentamos, solamente quedamos dos personas de las que recuerdo cuando levanté la cabeza al horizonte mientras quería adivinar si era ese el vehículo que me sacaría de este atasco. Nos miramos mutuamente para buscar miradas de consuelo, pero solo encontramos motivos para escapar. Ya no va a llegar. La esperé lo suficiente, espero que me comprenda. Setenta y un minutos. Hace frío. Llueve. Pienso en ella, en las razones que no me quiere dar. No llamaré: la explicación debe darse, no pedirse.


Ahora me quedaré sin verla, sin vivir el certero fenómeno de las cosas que suceden cuando estamos juntos. No podré volver a sentir que Ana es delgada y no pesa; por el contrario: eleva. Me di cuenta cuando la abracé por primera vez, anoche. Sucedió en un bar cuya gran característica fue darnos posada para lo que terminamos haciendo, la intimidad conjugada de formas inusuales luego de un par de cervezas, muchas anécdotas, y la música adecuada para contagiarse de cierto ritmo, uno perfecto, lento, sutil. Le confesé que no sabía bailar, apurado, recordando el detalle que terminó dándome una razón para conocerla. No respondió nada, simplemente me llevó de una mano hasta un lugar apartado y luego me dijo que siguiera sus pasos. Entonces se aferró a mí. “No importa”, fue lo único que susurró. Estuvimos parados en ese lugar, moviéndonos lo que duró la canción mientras flotamos en un lugar sin especificar y de maneras difíciles de explicar; la conciencia de mi cuerpo extraviada, un organismo, el mío, sincronizado con el suyo. Luego nos sentamos un rato más, pagamos, y nos fuimos. La acompañé hasta su casa, un premio de consolación tonto. La despedida vino con lo que fue la promesa de algo más. “Te quiero”, soltó sin reparo; “veámonos mañana”, completó antes de desaparecer tras la puerta mientras se la tragaba una clase de oscuridad nunca antes vista.


Hoy lunes todo es tan distinto. El mundo conocido se dividió en otros más pequeños, facetas que no son más que el fraccionamiento de un entero. Y ahora, mientras pienso en que finalmente ella no va a llegar, observo el entorno estéril en el que me muevo, los grandes edificios que, todos a la misma hora, al unísono, dejan salir de sus entrañas cientos de personas para que vayan a las avenidas y puedan así aventurarse en lo que ahora es movilizarse por la ciudad. Sigue apareciendo gente de una nada aparente. La calle se alimenta, veo como se llena el paradero en el que me encuentro con más individuos que finalmente tienen que esperar, pacientes, el bus que los llevará a otro destino. Tal vez el bus en el que ella no aparece, el desespero compartido de quien quiere irse y del que no puede llegar. Sigo viendo una gran muchedumbre salir de las fachadas salpicar la calle como una creciente mancha y considero que es menos complicado el transito vertical en un edificio. Bogotá, a la larga, es un gran rascacielos que atraviesan a duras penas dos ascensores.


Ochenta minutos. Las luces amarillas de las bestias metálicas que surcan por la avenida hacen que nuestras sombras se proyecten a lo lejos, primero, y luego cerca de donde estamos en un chiste cruel del destino que nos recuerda que esas pobres proyecciones siguen nuestros pasos sin poder llegar más lejos. Ochenta y uno. Guardo el celular en la chaqueta. Camino sin saber para donde, sin rumbo. Paso la calle que me separa del punto de encuentro. Suena el teléfono. Un mensaje de texto: “Creo que me pasé. Espérame”


15.6.12

Primer Día.


Luego de corretear por el patio, reconociendo lugares y jurando que las baldosas no son todas iguales, Tim me sigue hasta la escalera donde su inseguridad se presenta en un chillido agudo y corto, como si emitir cualquier sonido fuera motivo de vergüenza. Cinco escalones más arriba lo veo fijamente tratando de entender esa distancia que nos separa, dos pasos para mí que tiene él que afrontar en lo que ahora es su crianza. Me mira, levanta sus dos patas delanteras y se apoya en el borde helado del primer peldaño. Bate la cola de una manera torpe.

 Tim es cafecito con la punta del pelo negra. Tiene, en las patas de adelante, los dedos forrados de pelo café oscuro y los de las patas traseras más bien blancos, como si andara con zapatillas. La cola termina demasiado pronto y la punta es café, parece un fósforo que se apagó luego de arder lo necesario. Tiene la cara negra, como si hubiera comido chocolate con toda su cabeza. Sus ojos se distinguen por un brillo tenue, y en la parte de debajo de su hocico hay una línea blanca parecida a un riachuelo que se va haciendo grueso hasta que llega al océano, que en este caso sería su pecho.

 Me recuerda a Katy. Cuando ella llegó por primera vez yo estaba en el colegio, estudiaba de día, por las tardes me la pasaba solo con ella y a veces con Tigro, el gato. Tigro peleaba siempre con cualquier perro, a veces se perdía semanas enteras y llegaba herido más que nada en su orgullo esperando que mi hermano mayor lo reparara; lo dejara, por lo menos, apto para volver a salir a la calle, a sus andanzas de peleón empedernido y amante consumado, porque las cicatrices parecen ser un elemento necesario a la hora de seducir. En su inventario nunca faltó la pata derecha pelada, a veces en carne viva, las orejas mordidas y, una vez, la huella de un colmillo en su cráneo que me dejó siempre la inquietud de cómo seguía vivo luego de haber metido la cabeza en las fauces de un animal mucho más grande y peligroso que él. Una buena noche Tigro encontró a Katy, de tan solo dos meses, y antes de gruñirle la olió para bendecirla y, luego de unos días, le enseñó a limpiarse la cara como solo los gatos saben hacerlo: humedecer el puño de las patas delanteras, pasarlo por la cabeza restregando duro y luego repetir. Ella lo imitaba y esperaba su aprobación. En su lenguaje él le decía "eso, muy bien. Así es". Katy, con sus dos meses, era tan pequeña como Tim y tampoco sabía subir la escalera pero pudo hacerlo al seguir al gato, que caminó elegante y paciente exhibiendo de manera calmada los movimientos de sus extremidades para que ella pudiera copiarlos, lo que hizo casi que de inmediato.
   
 Tim se me queda mirando, sin saber si subir o ladrar. En sus ojos creo ver una pregunta que se hace cualquier cachorro: ¿por qué yo puedo andar en dos patas y él no?
  
 En el segundo piso espera Enzo. Él también tuvo dos meses, como todos, como los más afortunados, y aprendió a subir la escalera siguiendo a su mamá, a Katy. Ella lo consentía y acicalaba casi que a escondidas y él se dejaba, aunque luego ella le peleara por la comida. Las familias son así. Enzo tiene doce años, le faltan cuatro dientes, es celoso y tiene ojos color café perrito. Se parece a su dueño, pero al mismo tiempo marca sendas diferencias: parece menor. Sus achaques son siempre por el encierro casi permanente ya que le gusta la calle y cuando camina lo hace siempre con la cola levantada como si fuera la antena de un carro a control remoto, muestra de algo que se podría confundir con felicidad. Se la pasa corriendo y saltando, pero únicamente se acostumbró a su soledad mucho tiempo después de que muriera su madre. Esa noche, mientras se resolvía la diligencia nunca antes pensada de qué hacer con los restos de una mascota, él esperaba al lado de su cuerpo a ver si se levantaba de nuevo, evidenciando la paciencia en el dolor que solo puede sentir un perro.

 Enzo no sabe de dónde salió Tim.

   Tal vez no recuerda que Manchas, la perra de la esquina, estuvo en calor hace casi seis meses. Seguro su cabeza no le da para calcular las consecuencias de su desahogo con ella, las tardes que lloraba frente a la puerta para ir a visitarla en una extraña excitación que cualquiera hubiera entendido pero que al mismo tiempo no era nada sencillo de explicar. Se la pasaban juntos tardes enteras, ambos en el garaje, no siempre consumando el deseo sino acompañándose mutuamente en una cosa sin nombre, simplemente el querer estar allí. Aun con la noticia de la preñez, Enzo siguió con sus visitas que tenían ahora otras razones, tal vez humanitarias: los dueños de Manchas son, como reza el gastado e inexacto eufemismo, humildes, y en ese proceso de cargar animales en formación dentro de su vientre, la barriga que no paraba de crecer, se volvió un poco el centro del barrio. Manchas, debajo de su pelo desordenado, feo y sucio, es una Shih Tzu con algo de mala suerte. Durante la gestación recibía comida de quien acompañara a Enzo, como si él se hiciera responsable directo de su estado. A veces ella sacaba su cabeza por entre las rejas metálicas de la puerta que delimitaba su propiedad con la acera común y Enzo se le acercaba y se limpiaban las lagañas o los bigotes mutuamente, un contacto íntimo que decía más cosas que nadie se atrevería a imaginar.


  La noche del 19 de abril Manchas parió siete cachorros. Tres hembras, cuatro machos; una blanca con café, otro blanco con negro que se confundía con uno negro con blanco y que se diferenciaba, a su vez, de uno con esos dos colores perfectamente balanceados; dos negras, una de ellas con manchas amarillas en sus patas y a manera de ojeras, y uno café, negro, blanco y amarillo. Al cuarto día Enzo, llevado en brazos por uno de sus dueños, fue a visitarla, a conocer a la familia. Se extrañaba con los patrones de colores en el pelaje de los desconocidos, sus olores, los movimientos lentos de esos animales recién nacidos, todos rivales en potencia así fueran minúsculas e inofensivas pelusas lloronas y palpitantes porque nadie como él sabía que a los enemigos grandes se les puede ganar, pero no se debe dejar sorprender nunca de los más pequeños. Luego vio a Manchas y se reconocieron como lo hacen los perros: la respiración agitada y el movimiento acelerado de la nariz al estirar el hocico que iba acompañado de un feroz martilleo en el pecho y la cola que iba de lado a lado.

 La noche anterior Enzo le gruñó a Tim luego de seguirlo casi todo el día, su primero aquí. Lo hizo indicándole el orden de las cosas, la muestra de quién es el que manda. El pobre se asustó y, luego, lloró un poco. Enzo se angustió y, comprendiendo el abandono del cachorro, se le acercó para detallarlo. Se hizo a su lado, manteniendo una distancia prudente, haciéndole saber que no estaba solo. Ahora es Tim quién va detrás de él y Enzo camina lento disfrazando su orgullo, sin mirar atrás pero esperando ser seguido.


 Tim me mira mientras estoy arriba en la escalera, le digo que subamos y entonces con las patas traseras llenas de fuerza logra pasar su barriga y trepa su primer escalón. Sé que no me entiende, pero encuentra familiar mi voz. Sonrío. Bate la cola. Doy un paso más y él sigue en su ascenso, con gracia pero sin elegancia, el segundo escalón de muchos, la primera vez que va a subir la escalera, una de tantas en lo que va a ser, espero sea así, su larga vida.





22.5.12

Terminales

Lorena me había invitado a almorzar ese viernes. Se iba para la finca de sus abuelos por unos quince días, y yo trabajaba en un lugar cercano al terminal de transporte. Le comuniqué a mi jefe que esa tarde me demoraba tal vez una hora más por esa razón, a lo que respondió "procure almorzar que no todo en la vida es darle a eso". Ese día nos encontramos en la entrada marcada con el número tres, y llegó diez minutos después de lo previsto. Nos dimos un beso y un abrazo. Un beso corto, el roce en los labios con la humedad exacta que nos complementaba, a veces, y el abrazo largo y cálido que ella me enseñó a dar. Nos tomamos de la mano y buscamos un sitio para comer en el segundo piso, un restaurante grande con mesas y sillas de madera oscura por lo viejos y grandes por lo anticuados. En el televisor anunciaban la muerte de Marlon Brando, al que yo admiraba un poco menos que ahora y Lorena conocía un poco por un par de películas que había visto conmigo. Nos quedamos callados escuchando la infinidad de notas curiosas acerca de su vida, y luego terminamos de comer al finalizar el noticiero. Me dio dos fotos esa vez, en una salía ella con un vestido de baño de una sola pieza, amarillo, que resaltaba de una manera muy rara con su piel blanca; en la otra estaba sentada en una banca de piedra en un pueblo, tenía un vestido de flores rojo con blanco, mirando fijamente a la cámara, intimidando al fotógrafo. Luego de pagar fuimos a la salita de espera donde una pared transparente nos separaba de los buses, la flota, y nos quedamos en unas sillas mientras anunciaban la partida. Compré una coca cola y una botella de agua, le di a escoger sabiendo que iba a elegir el agua, siempre. Luego el llamado. Nos paramos. El abrazo largo y sincero, los mejores deseos para su viaje y la promesa de fotos, llamadas, y el pretender cumplir que se va a extrañar al otro durante el trayecto, la estadía, la vuelta, tratar de pensar que el mundo no se va a acabar con esa ausencia prolongada, un corto adiós para una despedida tan larga. Te quiero, me dijo soltando mi mano. La vi subir al bus que iba a presentar una película terrible y les iba a dar varios sustos a los pasajeros esa tarde. A veces el dramatismo de la separación pierde el sentido luego del contacto al llegar al lugar esperado: nunca pensé que Lorena fuera a ver, completa, Doble Impacto en el expreso que tercamente la alejaba de mí pero la acercaba a su familia; ella jamás pensó que me había ido a comer una dona con la coca cola.

***

 Carolina desbarata un sándwich con las manos mientras la observo curioso. El pan a un lado, los quesos al otro. Luego las carnes. Va reorganizando el producto final a sus componentes más básicos. Luego de eso se come cosa por cosa empezando por lo que menos le gusta. Entre bocados me mira y yo tomo coca cola, sin decir nada. En la mesa que está detrás de ella una pareja sostiene, enérgica, una conversación que lleva horas. Bajan de un bus que viene de otra ciudad para sentarse en la mesa y continuar hablando, el arte de no poderse callar. El tipo, joven, blanco, con el cabello demasiado corto y una mirada de desesperación insiste en su punto mientras que su acompañante deja todo y se va al baño. Las manos a la cara, el suspiro de frustración, la batalla que insiste en continuar si quiere seguir teniendo la razón. Carolina tiene ojos pequeños, pómulos salidos, el cabello corto, de niño, aclara cuando trata de hablar sobre el tema. Hago preguntas para tratar de continuar en un diálogo que no necesita de palabras. Es grande. Se lo digo. Quiere que le explique a qué me refiero con eso. Vienen imágenes a mí, la confusión de querer decir que grandeza no implica estatura ni se puede medir con tallas, o medidas. Es grande, le digo. Pienso que parece una montaña pero no se lo digo por temor a represalias. Tiene mi misma estatura, una espalda ancha, las curvas de su cuerpo que se insinúan salvajes bajo la ropa que lleva holgada. Es grande, todo en ella es grande, menos sus ojos, su boca, sus dientes. Ahora despedaza el queso con el pulgar y el indice de la mano derecha. Lo lleva a la boca. En la mesa a mi izquierda una familia, tres generaciones, ocho personas, comparten fotografías de lo que sucedió apenas unas horas atrás, no dejan que el recuerdo del tiempo juntos se acomode para hablar del asunto como si hubiera pasado años y estuvieran rememorando un pasado lejano y feliz, no salen de su asombro al no creer, tal vez, que esos en las fotos sean ellos mismos y necesitan socializarlas entre sí para darle algún sentido, para creerlo. Vuelvo la atención a mi mesa, en su plato todo es un desorden premeditado que va desapareciendo con un ritmo sospechoso, lo que menos le gusta se va rápido, lo que le encanta ya más lento, disfrutando cada mordisco. Algo golpea en mi pierna. Una tapa de coca cola no retornable. Alguien la ha pateado desde la entrada de la cafetería, a unos diez metros de distancia de donde me encuentro, para llegar sin contratiempos a mi zapato derecho. Busco al culpable pero no lo encuentro. La suerte a veces es así. Carolina acaba de comer y yo tambaleo en mi esfuerzo, ya no puedo más. No quiero. Como de a pocos para matar el tiempo. Estamos a una hora de la despedida en ese abrazo largo, otro, luego de tantos años, despedidas de algo físico que va a esconder la distancia por días o meses. No soy bueno para despedirme, ni para expresarme. Le digo dos o tres cosas, casi sin emoción, el resultado de tanto tiempo de purgas de sentimientos que van quebrando el espíritu. Estamos a una hora de ese abrazo que va a resaltar un poco entre tantos otros abrazos que se da la gente en la sala de espera, entre besos frustrados de algunos y el silencio de otros, el tiquete que piden para ingresar a los buses y la idea tonta de que puede ser más dramática una despedida en un aeropuerto. Llevo bastante pensando en eso, en la angustia del que se va porque siempre soy el que se queda.



17.4.12

Funerales

La experiencia que tuve con las muertes y los velorios no es buena. Ni grata. Ni dulce. Nada. El día que se murió mi abuelo lo ayudé a ir al baño. Dormíamos él, yo y mi hermano en el mismo cuarto. Por la mañana se sentía mal y yo, alistándome para ir a trabajar, lo tomé de la mano, lo ayudé a parar, lo sostuve para ir al baño, esa ruta que siempre hago. A mi la vida se me llena de fantasmas a cada nada. Unos no saben hablar, otros no saben dónde vivo, lo que no están no saben cuánta falta me hacen, o cuanto los quiero. Acabo de salir del baño y ahí fue la última vez que lo vi. Todos los días entro al baño, a ese mismo, dónde hay un espejo que tal vez sea tan viejo como yo. En mi casa hay cuatro espejos, uno en cada baño, el del tocador de mi mamá y otro en el corredor del segundo piso. En esos espejos uno se ve distinto siempre. Cuando me visto de paño o decentemente, cosa inusual, analizo el reflejo que me dan dos o tres de ellos, para estar seguro: en los de fuera de mi casa no me veo igual de bien, así que salgo mintiéndome. Seguro cada uno de ellos, los espejos, habla con la calidez familiar de quién no puede ser duro realmente con un miembro del hogar.

A veces pienso en mi abuelo, en que no recuerdo cómo era su voz. Ni la de mi abuelita. Tengo sus recuerdos y la vida impregnada de ellos pero se van olvidando los detalles. El día que murió mi abuelo yo lo ayudé a ir al baño. A eso de medio día lo recogió una ambulancia y mis hermanos mayores lo acompañaron: uno ahí mismo, el otro en su carro. Cuando llegaron al hospital mi abuelo, en su camilla, con su respirador conectado (se lo pusieron ya porque se iba a morir; mi abuelo era terco y esas cosas significaban no un aliento para él sino una sentencia de no poder hacer más las cosas por sí mismo, algo que llevaba olvidando desde hacía tres años) cogió a cada hermano mío, los mellizos, de la mano y les dijo con los ojos que los quería mucho mientras los apretaba con esas manos que trabajaron casi toda su vida. Luego lo entraron por allá en las entrañas del hospital a un lugar al que nadie podía acompañarlo. Mi hermano menor estaba con ellos, no tan cerca como quisiera o tan lejos como esperaba. Yo iba del trabajo a la universidad cuando me llamaron al celular: mi mamá estaba sola. Me bajé de ese bus y cogí otro. De ese día recuerdo un gran trancón pero nada del otro mundo. Otros días, otras distancias. Llegué a casa y mi mamá parecía normal. Media hora después me llamo E., el hermano mayor. "Pascual se murió, no diga nada, esté ahí para mi mamá. Pásemela". Le doy el teléfono a ella y la mirada que ella la tiene ligera pero fija en algo se le va y entonces se derrumba un poco en la cama. Ella no lloró. Yo tampoco. Por la noche llegaron mis hermanos, todos, y comimos pollo asado. Luego llegaron mis tíos. Hablábamos de Pascual con sonrisas y recordando lo fuerte que era. Imagínese que un día se cayó encima una canasta de gaseosa en la cabeza. No se partió nada, a duras penas un ojo morado. Y mal genio. Decían cosas de esas que fueron mitificando la imagen del pobre viejo. Mi familia es una suerte de leyenda que voy contando y nosotros, las generaciones que llegamos, no hacemos mucho por marcar la vida de los que vienen. Esa noche J., mi hermano menor, me dijo que cuando identificaron el cadáver de mi abuelo él lo vio en la camilla acostado de medio lado, con la boca abierta y los ojos cerrados. Pálido, frío, el residuo apenas obvio que dejan las cosas cuando ya no tienen vida. Le habían roto los dientes para intubarlo. Fijo se murió del empute, mi abuelo. A J., alma sensible, creo que esa imagen lo acompaña hasta hoy. A mi me tocó una parecida, la de mi mamá recibiendo la noticia.

Luego el funeral. J. no quería ir. Mi mamá fue únicamente el último día. Mi mamá cuando vio el ataúd dijo "por qué" y luego se tendió sobre el. Ni una lágrima, pero su mueca de dolor lo dijo todo. La miraron mal. Nadie la entiende nunca. Luego se sentó en el lugar más cercano que había. Vinieron los pésames. Ninguno de nosotros lloró. Un hermano de mi abuelo dejó que todo se fuera dispersando para ir, uno por uno, a decirnos estas palabras, más o menos: "mijo, gracias. Yo sé que ustedes hicieron mucho por mi hermano. Yo sé que eso algún día se les va a recompensar. Ustedes fueron la mejor familia que pudo tener. Gracias". Su esposa sonreía con una luz rara en los ojos.  Mi mamá se sintió algo mal con eso, le tocó salirse a tomar tinto. En el camino al cementerio del Apogeo encontramos gente que era amiga por ahí de él o de la familia que iba llegando a pie. Unas palabras de todos, menos nosotros. Alejados, un núcleo aparte, todos orbitando alrededor de mi mamá. La gente que lloraba y nosotros con una tranquilidad sospechosa. Luego su cuerpo baja al agujero ese, al lado de su esposa, que lo llevaba esperando un poco más de una década. En el momento mismo que se iba perdiendo de nuestra vista supimos que se había muerto, como si la ceremonia fuera solamente una antesala para que saliera de ese maldito cajón pidiendo aguepanela o contando alguna de sus historias. Cuando el féretro tocó el suelo puro y vivo, la oscuridad que lo iba a guardar para siempre, mi mamá se puso a llorar con una mano en la boca para que no la vieran, E. navegando en lágrimas la abrazaba, N. con los ojos cerrados también. J. parado, quieto, en silencio se deshacía mientras yo me daba media vuelta y le metía un puño a un árbol.


**


Hace como tres años Enrique, el vecino de justo al lado, de toda la vida, se murió. Fue un 25 de diciembre. En la familia todos andaban de viaje, solo quedábamos mi hermano y yo en casa. Y Enzo, el perro, que siempre se queda. El día del funeral fuimos hasta el cantón norte a mostrar los respetos. Enrique dejaba una familia numerosa: Carolina, Diana, Ángela y su mujer. A todas las saludé, estaban rotas pero era Carolina la única destrozada. Con ella asistimos al mismo colegio. Un amigo me preguntaba por ella. Le gustaba mucho, a mi no tanto. Siempre fue flaca, Carolina. Con uniforme era más bonita. Delgada, pecosa, cabello largo y fino, castaño, y nunca cambió realmente su aspecto: la eterna colegiala. Uno la ve ahorita y es simplemente fijar en su recuerdo de hace años dos o tres líneas de expresión en la cara. Sigue Igual. Ese día ella se me trepó al alma con las uñas en un abrazo. Éramos cercanos: de niños jugamos con walkie takies distintos pero se cruzaban las ondas y terminábamos hablando con la confianza que se suelen tener los anónimos. La hacía reír y ella me decía cosas y me parecía lo mejor del mundo. Por la noche supe que había sido ella mi radioescucha, por la noche ella supo que era yo con quién jugaba. Le dio mucha risa. Luego, en el funeral, tal vez movida por ese recuerdo ya que no hablamos nunca, lloró mucho en mi hombro y se aferraba a mí de una manera muy rara. Yo simplemente cerré el abrazo. Me sentí flotar y a lo mejor por eso ella se colgaba, quería irse conmigo a otro lado, no estar allí, rechazar el papel de familiar desconsolada. Duró cinco minutos agarrada, clavada en mi pecho. Luego me soltó, me miro a los ojos y sonrió un poquito, inclinando la cabeza en agradecimiento. Yo le tomé los hombros, le dije que lo sentía mucho y que estaría allí por si algo. Luego me despedí y nos devolvimos para la casa, con mi hermano.

Con Carolina siempre que nos vemos soltamos una sonrisa que quiero creer es sincera, nos preguntamos si estamos bien y ya está, pero nunca nos decimos nada más. Los fantasmas míos no tienen que hablarme.



2.3.12

On Her Majesty's Secret Service

Lo mejor mi niñez fue tener un hermano de casi mi misma edad, por eso hubo una época en la que nunca me encontraba solo. Era un compañero permanente que servía para muchas cosas: jugar, compartir comida, molestar, gritar, pelear. Recuerdo cuando nació, el vestido gris que yo tenía al ir al hospital, la cama blanca en la habitación blanca donde estaba mi mamá y su cabello cansado y deshecho en rizos que tuvo en esa única oportunidad; la mano de papá en mi espalda empujándome para conocer al nuevo miembro de la familia, un toque que se siente ajeno y olvidado, como todo recuerdo suyo. Lo vi. Me dijeron que lo tuviera en mis brazos, yo no sabía cómo, pero al final lo hice y nos tomaron una foto, la primera de muchas. Fue el primer bebé que alcé. Mi hermano era pequeño, feo, arrugado, pálido y cabezón. Sigue siendo así, solo que ahora es un poco más alto que yo.

Cuando pequeños nunca hicimos mayores travesuras. O no las recuerdo. Tengo presente el momento en que casi me quemo la cara con una mecha en navidad, prendiéndola a escondidas junto con algunas cosas que habíamos comprado. Salimos al jardín y, como siempre, le dije que se hiciera a un lado, que podía participar en todo pero solamente mirando. Era muy pequeño entonces, lo sigue siendo todavía. En una mano la pólvora, en la otra un fósforo listo para prender. Lo tenía todo planeado, a la cuenta de cinco iba a tirar la mecha al aire, encendida, para que cuando sonara poder gritar "bomba" o alguna cosa que en el momento me parecía muy divertida. Alcancé a llegar a cuatro cuando me estalló en la mano, me lastimé el pulgar, quedé con un oído inservible por unos días y el ojo derecho totalmente rojo por el humo y la explosión. No hubo sonrisas, no hubo dramas tampoco: entré de nuevo a la casa con su ayuda y me unté de crema el dedo y la cara esperando lo mejor. Yo veía siempre que mi madre la usaba para todo, y le servía. Nadie se enteró, nadie se fijó en mi ojo mutante tampoco, lo que me deprimió al principio pero luego me dio para pensar que era indestructible, inmortal, como el McCleod de las películas.

Muchas veces nos dejaban solos, encerrados bajo llave. Usábamos el teléfono para hacer bromas pero la creatividad no salía en las llamadas anónimas, así que lo siguiente en la lista era tirar cubos de hielo a las casas vecinas, canastadas recién hechas por nosotros. Nunca rompimos las ventanas. Jamás les apuntamos, y en eso ayudó bastante la suerte, solamente las arrojábamos confiando en que cuando hicieran contacto con algo hicieran mucho ruido. Eso, tal vez, era para nosotros hacer travesuras: romper el silencio de una forma brusca, violenta, con gritos o con cosas chocando, llevarle la contraria a lo que nos pedían los mayores regularmente: no hacer bulla, estar callados. Una rebeldía que no iba para ningún lado, que se quedó siempre en minúsculas y fue desapareciendo con el paso del tiempo; las reglas que se fueron aclarando y repetimos con nuestra voz esas palabras de adultos: los niños deben hacer silencio. Lo que de pequeños nos identificaba y era contagioso, con la edad se le da el trato de una epidemia.

Un día, haciendo cualquier cosa, como siempre, descubrimos tal vez un oficio que nos gustó y que repetimos varias veces. En esa oportunidad, por error, terminamos jugando a los reporteros, al noticiero. Luego fuimos perfeccionando la práctica: éramos nuestros propios periodistas de campo, editores, directores y como si fuera poco, presentadores. Lo primero siempre era que tomábamos prestadas las máquinas de escribir, unos sacos, linternas y unas cobijas.

Yo iba por la máquina de mi abuelo, una Remington Quiet-Riter. Él la dejaba en el cuarto de estudio encima de un escritorio que hacía juego con una silla enorme de rodachines y montón de archivadores, todos metálicos, todos tan antiguos pero que por su propias características parecían venir del futuro; la máquina estaba dentro de una caja café oscura que era bastante pesada. Al abrirla se notaba ese color verde opaco que representaba todo lo que era: dura, hosca, fría y terrible, un monstruo que seguro ha visto muchos días y tiene mejores historias que contar.

Mi hermano usaba una Brother Deluxe 1350 semi automática que era de mamá, bastante práctica y muy suave. Ella la dejaba en su habitación, como todas sus cosas. Tenía un maletín discreto, de color gris. En el teclado había dos teclas rojas mientras todas las demás eran blancas. No pesaba nada. Era compacta, delgada, tenía una cinta de dos colores, una sorpresa que ninguno de los dos pudo superar sino tiempo después al enterarse que no tenía nada de especial: se trataba solamente de un carrete un poco más costoso.

Nos reuníamos en la habitación. Luego, con las linternas prendidas, nos sentábamos frente en frente de nuestras máquinas y echábamos las cobijas encima nuestro, con la luz apenas para escribir cosas que nosotros entendíamos a plenitud. Yo hacía mucho esfuerzo, ponía todo el peso de mi cuerpo en los dedos para que se imprimieran bien las letras en el papel y entonces las notas que iba escribiendo salían pausadas; mi improvisada carpa sonaba como un animal gigante que daba pasos lenta y torpemente mientras que la de mi hermano era como un caballito que iba en una persecución, no se sí adelante o atrás, nunca lo pensé sino hasta ahora, pero tenía un ritmo muy bonito. A él siempre le salía música, algo que se le volvió costumbre.

Tras unos cuantos minutos nos descubríamos, usábamos cualquier prenda a la mano para disfrazarnos y empezaba el noticiero. Yo leía cosas sobre aviones que se caían encima de pueblos y él de atentados a personajes que se acababa de inventar. No íbamos muy lejos de la realidad, pero por lo menos nosotros teníamos el control de las historias que contábamos. Un día lo hice reír y entonces el noticiero tuvo que salir del aire por unos momentos. Lo regañé porque éramos gente seria: en los noticieros de verdad no salía nunca nadie burlándose de lo que se hablaba y entonces nació una competencia en la que cada uno contaba cosas chistosas para hacer perder al otro. Generalmente no llegábamos ni a la sección de deportes cuando ya nos tocaba soltar la carcajada.

Un día como cualquier otro mi hermano el mayor, sin querer, encontró nuestros libretos. Tenía que hacer un trabajo para el colegio y buscó las máquinas encontrando lo que mi mamá luego llamó un gasto inoficioso de papel, tinta y tiempo. Mis hermanos mayores trataban de disimular la risa conforme a lo que iban leyendo pero eso realmente no importaba, la mirada acusadora de ella nos señalaba muy claro la diferencia entre desperdicio y derroche, las dos caras de una moneda que no conocíamos: para nosotros siempre todo estaba allí, disponible, y el discurso ese del cuánto valen las cosas no lo supimos entender, por lo menos, en el momento.

Pero no hicimos caso.

Seguimos creciendo entre cuentas de telefonía que eran exageradas y regaños a nosotros por hacer llamadas en broma. Las recordamos porque estuvimos allí, mejorándolas y todavía se mantienen en la memoria como si fueran épicas aun cuando son difíciles de contárselas a alguien ajeno. Todas esas cosas van perdiendo gracia tratando de explicarlas, basta una mirada o decir el “se acuerda cuando...” para soltar la risa y quedar en ridículo por no haber podido documentar como se hace hoy día todas esas horas de chistes y cosas graciosas. Creo que al pagar la cuenta telefónica o de la luz o del agua vamos obviando lo que significaron en nuestra niñez, desde esas pegas por teléfono hasta las peleas desocupando la alberca que todavía está en el patio, mojando hasta la ropa de los vecinos, o las horas que jugábamos en el family turnándonos sin saber cómo guardar el progreso de las partidas. Seguimos pagando en un sentido simbólico todas las cosas que hicimos sin arrepentirnos de ello. Lo importante es lo que queda.

A ciencia cierta, muchas veces le he salvado la vida a mi hermano. La más importante cuando se iba a caer de la cama de cabeza y no entiendo cómo lo pude coger de las piernas, las patas, arrastrándolo al colchón diciéndole que no se asustara y prometiéndole que nunca nadie iba a saber que pasó eso. Lo siento. Otras tantas han sido ahí a su lado regalándole una de mis vidas o salvándolo de Shredder para poder rescatar un juego: saltar con un botón, con el otro mandar la patada, meterme en el golpe que lo puede fulminar con el solo contacto y morir salvándolo solo para que pueda sentarle el golpe final y salvar, de nuevo, el mundo. Yo sé que él se acuerda, yo sé que se está riendo acordándose.

Fueron muchos los peligros de los que nos salvamos continuamente en la cantidad de mundos que visitamos y como sigue esa cercanía a pesar de ya no pasar juntos tanto tiempo. Ahora es mi vecino. A veces se acuesta antes que yo, otras veces simplemente me hace la visita en silencio o se la hago yo acompañándonos de esa manera que nadie cree posible, de esa que no encontramos por más que buscamos. Son más las veces que él me ha ayudado a mí en este fracaso de ser un hermano mayor, pero yo sigo con ganas de compensarle todo eso. Hay que buscar otra manera de jugar juntos, por lo menos, para que siga sintiendo que a pesar de la distancia y algunos muros que se han puesto entre ambos sepa que lo sigo cuidando.

17.1.12

Ramona.

Lo primero que vi de ella fue una foto en facebook. Aparecía pequeñita e indefensa. Ahí está. Como suele suceder en esa página aparecían en la parte de abajo varios comentarios hablando de ella diciendo lo bonita que era, lo tierna que se veía, una serie de adulaciones que luego se volvieron una puja por su "paternidad". Yo entré en eso, pero no dejé huella. Simplemente llené unos formatos, me dieron una fecha y fui a la entrevista al sitio indicado y la hora señalada.

Obviamente no aparecí solo por allá. Mi falta de tacto fue compensada con la presencia de mi acompañante. Eso y otras cosas que ya se podrá imaginar. Luego de responder unas preguntas, dar unas declaraciones y, prácticamente, recitar un ensayo sobre la bondad de las mascotas pedimos que nos la dejaran ver. Se encontraba en la parte de atrás de la veterinaria, lo que antes pudo ser alguna bodega, con otros gatos. Una tenía la pata visiblemente afectada y no la podía mover, pero caminaba como la gente que toma el té con el meñique empinado, con esa descarada elegancia y sin tanto trauma. Estaban, además, unos gatitos de un mes o algo así que saltaban y se trepaban a maletas, muebles, o camillas mientras ignoraban que estaban confinados a un espacio cerrado. Eran muy inquietos, lo que les ayudaba a no aburrirse, a descubrir planos que no eran lógicos, caminos y juegos sin inventar.

La muchacha que nos atendió, con unas tetas solamente más pequeñas que su desconfianza, sacó de un lugar dónde estaba casi aislada por su propia voluntad a la gatita esta tan codiciada y, luego de dejar que la tuviéramos en nuestras manos, para conocerla, nos dijo que se llamaba Ceniza.

Apenas se acomodó con nosotros se quedó dormida, Respiraba pasito y clavaba las uñas en la ropa anidándose, diciendo cosas como podía. O era simplemente lo que nosotros queríamos entender. Ramona originalmente fue encontrada en un jardín de una casa cerca a la veterinaria. Era muy pequeña. Temblaba y miraba casi con odio todo a su alrededor. Luego de dejarla en la veterinaria se la pasó sola durante mucho tiempo, interactuando con los demás gatos lo estrictamente necesario. No era dueña de ningún lugar y, a lo último, solamente se le acercaban cuando hacía frío. Ella parecía permitirlo. Era dueña de un orgullo que parecía heredado, bastaba algo de tiempo para saber de quién.


Luego de dejarla en ese hogar momentáneo nos dijeron que había un gatito de 5 días de nacido el cuál estaban tratando que la madre de los otros tres lo pudiera adoptar, pero ella se mostraba apática. Luego de sostenerlo en la palma de mi mano (caliente, vivo, quejándose, renegando como podía de su mala suerte) salimos de allí con el corazón en muchos pedazos.

Veinte días después llegaron las buenas noticias: Ceniza nos sería dada en adopción. Había un problema: Ceniza no es nombre para un gato, menos para uno que tiene tantos colores. Por eso le cambiamos el nombre, que llegó casi por accidente: Ramona es verde, anaranjada, gris, blanca y tiene negro en dos de sus patas. Cuando llegamos por ella seguimos la farsa y le decíamos de esa manera tan ordinaria, luego nos sorprendimos porque, unos días después de nuestra primera visita, el gatito pequeño también estrenó familia y ya no se aferraba buscando calor en una manta sino una madre de verdad, una que nosotros sabemos no es suya pero para ellos es simplemente una formalidad a la que no pueden o quieren darle importancia.
Cuando conoció a sus nuevos hermanos se puso algo agresiva. Ellos, a su vez, no sabían como reaccionar. Un gato nuevo es un gato nuevo, habrán pensado, y mientras trataban de olerla y lamerla ella simplemente gruñía y se escondía en lugares dónde estaría segura. Pero siempre la seguían. No la dejaban en paz. Dos días después ella era quién daba la ordenes, quién peleaba torpemente y los perseguía para jugar o no quedarse sola. Ellos, a cambio, la acompañaban o la acicalaban mientras se acostumbraban a ser no dos sino tres. Obvio no saben contar, pero saben cuando alguien llega o alguien se va.

Fue por ahí, y gracias a ellos, que Ramona aprendió a ronronear. Ella, francamente, no sabía ni maullar. Sigue siendo la hora que cuando abre la boca le sale una "a" aguda y continua, pero ahora la acompaña de una "u" casi que silenciosa. Es un gato pero no lo sabe. Todas las cosas que venían en su sangre se le perdieron cuando quedó abandonada. Como sabía que era un bebé, pero no un gato, aprovechaba cualquier olor familiar para ponerse a chupar cosas, imaginando a su mamá. Cerraba los ojos y succionaba como si fuera una aspiradora. Acabó una cobija y dejó heridas de muerte a varios pantalones y un par de camisas. Luego de sentir el calor de sus hermanos no tuvo que imaginarse otras cosas. Ya no era necesario. Sigue descubriendo que es un gato y va aprendiendo de ellos, quienes se sorprendieron al ver que le tenían paciencia, algo que nadie nunca hubiera esperado. Sus maullidos son largos e insoportables; su ronroneo es brusco y exagerado, pero no la culpo, hasta ahora está practicando. Camina con tacones imaginarios en una danza que tiene ella con la gravedad y lo largo de sus extremidades. Cuando duerme parece un signo de interrogación: la cabeza tirada lejos del cuerpo, este enroscado deliberadamente mostrando las pecas que tiene en su barriga.

Ramona todavía está aprendiendo cosas. Entre las pendientes (que la más urgente es saber leer) también está crecer un poco. A ella se le olvida, pero hay que insistirle. De vez en cuando se estira  algo y parece menos niña. Otras veces simplemente se queda mirando.


20.12.11

Megadramas.

Lo que me gusta de la novela esta de Caracol, Primera Dama, es que su protagonista es una mujer calculadora y sin escrúpulos. Es decir, la villana clásica, la bruja de las manzanas. Y no solamente eso, varios de los personajes tienen su guardado. Es decir, no son unidimensionales: ni son muy buenos, rayando en la inocencia, ni claramente malos. Es más, la protagonista tiene algo muy bueno de lo que huye, que está representado un poco en su madre. Eso atrae. Se sale de los moldes. También la gente que miente porque espera estar junta sin tener que mantener un secreto por mucho tiempo. Pero no se siente como si estuvieran haciendo algo malo: despiertan una simpatía. Es muy raro ver que alguien “bonito” o “guapo” siga ceñido a eso que siempre se utiliza en la tele, es decir, que la ternura sea proporcional a la bondad de alguien. No. Y es bueno, claro, es bueno porque en algún momento habrá algo que hará que estos personajes se enfrenten a un dilema y reconozcan que sus actos y su forma de ser no es la apropiada, que llegue un arrepentimiento, una lucha, una reflexión. La moraleja no podría ser que el amor siempre triunfa, o tal vez sí, pero también otra cosa, algo de verdad importante, práctico. En todos los capítulos los televidentes aterrándose con como una mujer puede ser tan fría pero también apoyándola para luego verla darse el totazo. Ver como se levanta, o por lo menos lo intenta. Cambia eso de que los protagonistas son mártires y luego terminan la novela después de un recorrido lleno de dificultades dónde hay una recompensa. No. Y me gusta eso: en cualquier momento se van a caer, van a tropezar, se les va a romper el hilo por el que caminan sin cuidado.

Insisto en que es bueno que muestren personajes así. Durante mucho tiempo en la televisión se muestra más o menos que la apariencia de una mujer dice como es ella hasta en la cama. Y eso viene de hace rato, por ejemplo hay una mujer a la que veo constantemente y pienso que porque sus labios son pequeños, delgados, sus ojos claros y su cabello rubio va a amarlo a uno de una forma mejor, o que esa es la razón por la que el corazón se hincha de otra manera. Que, mejor dicho, se está a nada de amarla, que falta es el trámite del contacto y la palabra mediada. Que lo tiene todo, todo, para ser la mujer perfecta, alguien que no se sabe ni cómo se llama. Esta mujer, claro, tiene su novio, personaje importante en la empresa. Es alto, tiene mirada y mañas de tipo excluyente, es de esos que uno puede decir nacieron en cuna de oro. A veces cuando parpadea lo hace exageradamente, cerrando los ojos de una forma brusca y abriendo un poco la boca, estirando toda la piel de la cara. No se ríe mucho, habla en la mayoría del tiempo en imperativo, tiene canas y a las mujeres de aquí las tiene impresionadas porque es fácilmente el más alto del lugar. Mientras yo me pregunto qué hace la mujer de mis sueños con un pendejazo como ese, alguien me dice que el tipo es churrísimo y que es bien simpático, aun cuando se hace evidente su desprecio por la gente.

Pero todos vamos ahí cada uno con sus prejuicios y gustos hasta parecidos. Según lo que se ve en el apartado físico de cada uno la vieja es blanca nieves y el tipo “la clase de hombre que le gusta a todas, mira: alto, elegante, inteligente, con un buen puesto” y cosas así. Como siempre el idealismo de la princesa contra el pragmatismo del buen partido. Yo creo, y lo digo desde acá sentado sin sostenérselo a nadie, que esa manera déspota del tipo las mujeres la relacionan con algo de poder. No es el cargo que ostenta sino la fuerza que le da su forma de ser, el cómo se relaciona y trata a los demás. Esa manera de ser enloquece: denota fuerza, personalidad, poder, seguridad. Nunca en un comportamiento reprochable se vieron tantas cualidades juntas. Y eso llama la atención. Algunas compañeras no reparan en eso salvo cuando uno se los señala, a lo que dicen “pues sí, pero no importa”. A ellas no les importa que el tipo sea así, a nosotros que no le conozcamos la voz a ella, simplemente que existe y que es divina, un juicio que no depende sino de qué tan apretado tiene el pantalón.

Luego viene lo otro, la angustia porque se es gordo, algo que tiene solución mediante cirugías y cosas que reemplazan la fuerza de voluntad y el esfuerzo, pero que tienen un resultado casi inmediato. Así uno esté gordo por descuido o enfermedad y bajito como es y siendo lo guevón que es con los demás pues no le alcanza para nada, un personaje cómico, un actor de reparto, el extra con dos o tres líneas  de parlamento, el coraje no ya para desaparecer los kilos o subir unos centímetros sino para hacer menos evidente la desventaja, todo el mundo pendiente de eso, la gente con el filtro en la mirada y la imposibilidad de ser algo más en la cabeza de los demás. El “yo pensé que tu comías más” por la panza que uno tiene, o la presunción de que uno tiene que ser bien divertido o muy rabón. Ahí va el gordo, chao gordo, la fatiga que da todo y el cansancio que se le acumula a uno como polvo, la armadura esa que no es otra cosa que la costumbre por escuchar ese tipo de cosas hasta que sale en la telenovela alguien que pone en duda todos esos cimientos, que a lo mejor no todos estamos mal ni los demás tan perfectos, que blanca nieves era una vividora y el tipo que toda mujer quiere resulta ser un hijueputa, que uno a lo mejor es más que un enano gordo y narizón así no lo parezca y no le den nunca el beneficio de la duda, que estar bueno o no es simplemente un accidente y no eso que lo define a uno.

19.12.11

Gozos.

El sábado le pregunté a alguien que qué quería que le trajera el niño dios. Me respondió que muchas cosas, pero me pareció raro cuando no me devolvieron la pregunta. Generalmente con ese tipo de cosas se hace siempre una suerte de partida de tenis ahí que trata de armar una conversación sobre algo. Cualquier cosa. De todas maneras estuvo bueno que no me preguntaran, porque a esta hora no sabría qué decir. Un libro, claro, porque siempre digo que un libro que me demoro en leer o algo así. Ahorita mismo estaba pensando en eso, pero es que nadie me pregunta. Por ahí los que tengan la intención de dar un regalo lo harán y se les agradecerá. Generalmente los que lo hacen salen con cosas que a mi nunca se me ocurre pedir y sin embargo son cosas bien bonitas, o útiles.

Nadie en la oficina habla de qué quiere recibir, sino de plata y de lo costoso de los regalos. Se habla de dar, de esa obligación de la que reniegan casi todos. Pero lo hacen, dan. Para la familia siempre habrá algo, y aunque no se sabe lo que le vayan a dar a uno el estrés se disuelve luego de navidad, cuando se han abierto los regalos. Pero hay otras cosas. Por ejemplo que la jefe cumpla años. Esa es otra obligación, más cuando es tan cercana a esta fecha bien sensible. Entonces un buen regalo es mejor que dos, ¿no? Esa es la creencia, lo que aquí ya se pensó y se va a hacer. Y bueno, es la jefe. Ella nos defiende. Exige un poco pero se le tiene cariño porque en medio de todo es una buena persona, no se cree mucho el cuento de estar por encima de nosotros pero jamás diría en un absceso de humildad que somos iguales.

No sé a quién se le ocurrió meter otra clase de ritos en diciembre. Digamos la novena. Nunca he hecho una. Como buñuelo y natilla normalmente fuera de ese contexto sin saber si eso me hace un poco hereje o simplemente grosero. No lo sé. Entiendo que hay villancicos y unas frases llamadas gozos. En teoría se reúne la gente para cantar y agradecer durante nueve días, no sé bien por qué, que es navidad. Es una cuenta atrás más bien tediosa. Es decir, una previa al nacimiento de alguien luego de dos mil años de su fallecimiento, una línea de tiempo de esas de ficción. Entiendo la conmemoración de la semana santa, pues en esos días o por esa época fue que mataron a Jesús y toda su pasión o algo así. La de diciembre no sé. No la entiendo. Es una lambedera al niño dios, o eso parece. Nueve días anticipando su llegada como si fuera un gran estreno, año tras año. Bueno, no es tanto sobre lo que entienda yo de eso sino que hay que hacerlo en la oficina. Nos toca preparar un día de la novena para todos los compañeros, que son más o menos cuatrocientos. Y entonces que el vestuario, que la cuota para el evento, que las bombas y estar atentos a servir a los demás. Bombas, sí. Bombas.

Recuerdo que en clase de religión a un amigo en el colegio lo excluían porque era testigo de Jehova. Entonces el profesor luego de regañarlo por estar equivocado lo sacaba del salón. Se graduó porque amenazó con tutelar la libertad de cultos, y yo no sé si me sirva eso. Me parece que es llevar al extremo la pereza de no querer estar ahí, de colaborar con la cuota pero sin mostrar la cara, un benefactor anónimo al cual no mucha gente le va a agradecer. No quiero pasar a leer nada, ni a chocar las palmas de mis manos al ritmo de unas canciones qué son famosas por sus parodias. Es una soledad soportada con los números: uno entre cuatrocientos. Solo quiero que pase rápido el tiempo, que paguen, que se me vaya la plata en cosas, que termine esto pronto. Dar unos regalos para ver rostros conocidos y comer las delicias que prepara mi familia. Luego hartarme y dormir. Desearle a gente que no veo hace mucho las felices fiestas. Pero no: ahora, esta mañana, nos dijeron que cada área debía aportar para una ancheta para los vigilantes, para los de servicios generales. Nos enseñan a ser solidarios con los que están abajo, los menos favorecidos, y a los que están arriba un poco lamberles, la similitud siempre de los extremos. Y pues se le hace, la celebración de la jefe, la cuota para la novena, las salchichas para la ancheta. Dar y dar, escarbando de adentro para afuera para llenar otros corazones y estómagos. El estómago es agradecido, el corazón no tanto. Yo me pregunto si hay alguien pensando de esa manera con uno mismo, que se ponga en la tarea de la logística para celebrar. Tal vez no. Es incómodo estar en la mitad porque se tiene cumplir hacia arriba y hacia abajo.

Será esperar al fin de semana, a que lleguen los regalos contados y los abrazos de los niños, la comida de la mamá. El esfuerzo que uno hace sabiendo que lleva la desventaja. Navidad, ese tenis ahí de intenciones.

13.10.11

Bebés.

Isabella llegó a las doce y media con sus padres. Estaba disfrazada de pollo, pero su madre aclaró que se trataba de un pato. Isabella tiene ocho meses, lo que quiere decir que hace dos años conocí a su madre y la vi crecer dentro de su barriga. A lo último, y en medio de todas las complicaciones que tuvo Carolina con su embarazo, se le notaba más la panza y el turupe que tenía por ombligo que ella misma. Caminaba siempre llamando la atención, porque al parecer no hay nada más bonito que una mujer embarazada. Hace poco más de un año participamos todos los del área en el shower que le hicieron y ese día compre un vestidito y unas medias que K. me recomendó porque yo nunca he tenido un buen ojo para esas cosas. Los dos regalos me parecieron bonitos, como la mitad de lo que había en la tienda, pero a Carolina, cuando los vio, le parecieron maravillosos y me abrazó muy fuerte para darme las gracias. El abrazo fue suficiente para agradecerme a mi y a K., pero ella no lo supo. Ninguna de las dos.

Isabella es una niña despierta, como dirían por ahí, de ojos grandes y una sonrisa pegachenta como esa que tienen los bebés. Todas las mujeres de por acá la rodearon en círculo y la admiraron tanto que sus padres se sintieron muy orgullosos de todo el milagro, porque al parecer tuvo tantas complicaciones que nadie tenía la certeza de que fuera a nacer. Pero estaba dichosa, toda pequeña, con toda la atención. Los niños están siempre cómodos entre las mujeres, y es entendible. Comenzaron a notar sus manos, sus pies, sus ojos, todo con un diminutivo seguido de una exclamación que era un suspiro que pretendía ser tierno, y le hablaban estirando el pico y agachando la cabeza con esas formas que tiene la gente al hablarle a un niño chiquito. Isabella era la que tenía el disfraz de pato pero los demás actuaban como uno. Se la rotaron por todo lado, la alzaron, la consintieron, llegó mi turno y la sostuve como pude, la rodeé con mis brazos de una manera extraña y con mucho cuidado de que no se fuera a caer, porque yo en medio de todo soy muy bruto para todo lo que tiene que ver con los niños, más cuando son tan chiquitos. Pensé que alguna vez yo me tuve que ver así, vestido con algo que a lo mejor nunca me gustaría y estrenando un nombre que nadie se acostumbraría a pronunciar. Solamente le hice cosquillas y ella me agarró fuertemente el dedo creo que para detenerme, porque yo suelo ser muy brusco. Luego de unos segundos la pasé al que seguía y a mí me quedó caliente el pecho y las manos y Carolina no paraba de sonreír.

Casi se muere, le dice a alguien, porque le tuvieron que hacer cesárea y todo se complicó porque la vida tiende a eso, a volverse dura y difícil mientras uno mantiene una esperanza en algún lado. Todas escuchaban con algo de atención pero sin darle importancia porque ya todo había sucedido de la mejor forma posible.

Isabella todavía no sabe nada de eso, y probablemente no se enterará nunca.


5.10.11

Simulacros.

Hace un año, en el edificio viejo ese dónde estábamos, también hicieron un simulacro. En ese entonces la salida de la gente fue improvisada. Este año, por lo que compartimos el edificio con otras empresas, se organizó de mejor manera.  Pero lo único que realmente mejoró fue la evacuación, siendo más rápida por el amplio número de salidas de emergencia, que dejó de ser una escalera ubicada detrás de la recepción para ser tres: una al norte, otra al sur y en la parte central del edificio. En la calle, un par de minutos después, se pudo ver la cantidad de gente que trabaja en este lugar, no solo de la empresa sino en total, los diez pisos.  Unas quinientas personas afuera, tanta gente que uno no podría acertar cuantos se la pasan ahí en un día, cosas que uno no considera ni siquiera adivinando.  Por un momento recordé algo de la infancia: era como levantar un pedazo de tabla o un ladrillo en el jardín de mi casa y descubrir decenas de hormigas debajo, y como hormigas sorprendidas nos parábamos en la calle sonriendo y haciendo chistes sobre cualquier emergencia, todas en ese momento descabelladas, o el ausente que murió debajo de escombros imaginarios. Creo que las hormigas también se estaban burlando cuando las descubrí pero dejaron de hacerlo cuando puse encima de esa mancha viva y crocante mis dos gigantes zapatos, luego de un salto.

Como en la vez pasada un email copiado a todo el mundo nos informó del evento, que hoy 5 de octubre a las 11 de la mañana teníamos que estar listos para la evacuación del lugar siguiendo la regla principal de conservar la calma y caminar ordenadamente, sin prisa. Ayer, por la tarde, se denominó al líder de área cuya misión era verificar que todos hubiéramos “sobrevivido”, como si no lo hiciéramos ya, y poner una anotación en un listado que le pasaron con doce personas cuando somos solamente diez. En el inventario había ya dos desaparecidos, así que no sorprende por qué en este país puedan votar los muertos.

Esta mañana los brigadistas entregaron a los líderes de cada departamento un letrero hecho a la carrera para identificarnos (un papel impreso pegado en un octavo de cartulina negra, unido a un palo de balsa por dos chinches y un montón de cinta pegante), nos recordaron un punto de encuentro a una cuadra de aquí mismo, frente a una panadería y un asadero; también que debíamos ir al baño o la cafetería minutos antes de las once para no entorpecer el ejercicio y pidieron de nuevo nuestra colaboración. Es siempre lo que más piden, lo hacen ver como un favor. A las diez y media la primera tanda de mujeres se retocaba el maquillaje en ese rito que es alistarse para salir  a la calle. Los hombres a su vez iban al baño. Un rato después sonó la alarma. En el correo anunciaron que lo haría durante tres minutos, lo que no fue del todo cierto porque su tono era muy molesto. Al escucharla dejamos nuestras labores, tomamos lo que tuviéramos a la mano y caminamos hacia las escaleras ya que los ascensores estaban deshabilitados.

Bajamos mientras el flujo de gente, en una sola dirección, incrementaba así como los comentarios de rigor sobre mantener la calma y pretender una calamidad arriba sin tomarla seriamente.

**

En 2005 trabajé en un edificio que tenía otro nombre en ese entonces, a unas cuadras de este lugar. Un martes por la mañana, a eso de las 10, alguien se acercó a mi jefe y le susurró algo que lo puso pálido. Luego, en voz baja y con un tono tranquilizante nos dijo que teníamos que evacuar el edificio. La razón la escupió sin adorno: amenaza de un carro bomba abajo, en el parqueadero. Con Daniel, Cesar y Javier nos miramos y simplemente caminamos a las salidas de emergencia que habíamos visto de reojo en una de las tantas idas al baño. Eran seis o siete pisos, no recuerdo, pero comenzamos a bajar lentamente y con cada escalón íbamos acelerando en absoluto silencio. Al pasar por el tercero ya todos íbamos trotando, con un sudor en la frente que no era por el esfuerzo sino el miedo, algo tan fuerte que nos cortaba la boca y la lengua del resto del cuerpo. Abajo nos esperaba un guarda y un policía, salimos por una puerta de servicio que daba a una boca calle dónde ahora se exhibe orgulloso un Bogotá Beer Company, un Crepes y cosas así. En la esquina otro oficial nos hizo caminar dos cuadras más, paramos en la acera del edificio en el que queda mi oficina hoy día. Cesar compró un cigarrillo y no pudo encenderlo, las manos le temblaban y no le quedaba sino bufar, negando con la cabeza algo que todos supimos que era. El silencio nos había seguido del edificio hasta ahí. El señor que vendía minutos en la calle saturó sus dos celulares con llamadas nerviosas de gente a sus familiares, gente que hablaba sin alarmar en medio de monosílabos, solamente queriendo escuchar algo conocido que los tranquilizara, que los llevara de ese lugar que se volvió una pesadilla a otro, morder un pedazo de cielo, volver a la vida con cosas queridas.

Pasó una hora. Descartada la amenaza y con la policía retirándose volvimos al edificio.

Subimos tratando de hacer bromas, pero eran muy flojas. Lo importante fue que recordamos como hablar.

**

Al llegar al punto de encuentro los mismos comentarios saltaban de un lado al otro, burlas en general y regocijo por el tiempo perdido, la incapacidad de ver lo útil del asunto. Luego los brigadistas, gente que se movía a toda velocidad con su chaleco amarillo, recogían los listados que en la mañana nos habían entregado. Se hizo la anotación de las dos personas que no existían, pero a nadie le importaba. Los resultados de todo esto no fueron más que una resta, la comprobación con el cronómetro y una calificación: personas de cada área en el papel menos los que realmente estaban abajo, tiempo de la evacuación y reporte general. “Satisfactorio”, debe decir, lo que irá al superior competente y que será apenas una nota al margen en el reportaje del noticiero durante todo el día: “…con éxito se llevó a cabo la tercera jornada distrital de simulacro…”, y todos contentos.

Luego de diez minutos en la calle, con la amenaza de lluvia, nos dieron la orden de ingresar nuevamente. Todos empujando,  yendo al mismo tiempo casi sin pensar ni ver en qué lugar dar el próximo paso. Yo creo que Noé no hizo un simulacro para eso.


23.9.11

Lado B

Mi madre siempre ha sido de un temperamento bastante fuerte. Hay fotos, todavía, en las que se encontraban conmigo en un lote cerca a la casa, donde ahora hay una iglesia famosa con un cura ridículo. Yo era el menor de todos, encajando unos cuantos meses apenas. En ese entonces hacía bastante frío, el cielo se presentaba en un gris que no suele repetirse. Yo usaba prendas de color rojo, un tono que jamás volví a usar. El coche detrás, yo en el pasto, ella con su sonrisa a medias porque no le gustaba o se sentía incómoda, no lo sé. Sus gestos iban desde fruncir el ceño hasta la carcajada escandalosa sin pasar por ahí, como si se le dificultara en el rostro expresar un sentimiento que no pudiera definir. Mi padre usaba una camiseta color verde con franjas negras. Era moreno, crespo, con una mirada que cargo sin saber si debo lucir orgulloso. Mientras ella trataba de sonreír para la cámara yo simplemente hacía un gesto de amargado. Supongo que no fue la educación de nadie la que me hizo así, tal vez ellos me humanizaron un poco, lo suficiente como para poder socializar luego en esta vida que todavía no tengo planeada.



Ella nunca me ha golpeado, pero sus palabras siempre han sido efectivas, lo que encuentro contraproducente ya que tengo facilidad para el insulto tal vez por puro instinto de supervivencia. Muchas veces, cuando niños, usaba en todas sus oraciones “si me muero” y a nosotros se nos rompía algo por dentro porque no creíamos que tal cosa pudiera pasar. Ahora, con su rostro bonachón y cubierto de canas que le tapan esa mirada que todos envidian se limita a decir “cuando muera” con la certeza de que el camino esta llegando a su fin, como si viviendo se le diera fácil la llegada de la muerte, nunca con miedo pero si con prepotencia porque cuando lo haga, cuando nos deje no será tanto el vacío que nos va a tragar a muchos aquí en esta tierra sino todo el espacio que va a llenar en un cielo que ella invoca constantemente con su fe. Lo dice la mayoría de las veces con una frialdad inimaginable, como si la mortalidad estuviera a la vuelta de la esquina y ella llevara esperando ya bastante rato.


Es inflexible porque le toca. Cuando mi hermano era todavía un bebé que no se podía sostener en sus propios pies ella me llevaba a su trabajo. Trabajaba en todas partes. Conocía a todo el mundo. Me tomaba de la mano mientras hacía filas y sacaba documentos y con ese accesorio en su rostro que era arquear sus labios pedía favores y nadie nunca se negaba. En ocasiones la acompañé por carretera pese a todos sus temores a distintas ciudades de las que tengo vagos recuerdos, apenas cómo el clima me hinchaba los pies o me helaba los huesos mientras ella resistía estoica; los centros comerciales en los que vi juguetes que todavía no comprendo, los buses, las flotas, el mar que pude ver a lo lejos de la peor manera posible en Buenaventura, en un puerto que apestaba a orines y pescado y en donde todos los hombres del lugar, en su mayoría negros, descargaban barcos con sus torsos desnudos. Yo me quedé mirando, respirando el pesado ambiente mientras ella hablaba con alguien y en la mano sostenía un sobre de manila con papeles amontonados. Justo hace un año vine a saber que sí había visto el mar, en esa ciudad, en ese puerto y nadie en la inocencia de mi niñez me lo quiso señalar. Ahora, cuando esté frente a ese cuerpo de agua gigantezco y quiera sentirlo en mis pies no será igual de grande.


19.9.11

Ama de Casa

Una vez cada treinta días mi madre se sienta y pacientemente plancha algo de la ropa que encuentra por ahí. No es una obligación, pero lo considera un deber. Generalmente cada uno alisa las camisas o los jeans torpemente en un proceso que dura gran parte de la madrugada esa que uno omitió por estar contento en las cobijas, reconciliando sueños o simplemente llamando de cualquier manera el rato de pereza que es sagrado, esos famosos cinco minutos más. Ella se sienta, porque por el peso y los años, que tal vez hacen más que sus kilos, le molestan en la espalda. Tiene diez planchas, mi madre. Cuando completó cuatro nos dijo en un tono socarrón que ahí teníamos nuestra herencia.

Lo que siempre es urgente son las camisas. Nadie hace por aprender. Yo una vez lo intenté hace bastante y quemé una camiseta blanca, de esas que siempre usábamos en el colegio. Quedó con un parche amarillento que porté no con orgullo pero si con gran pesar. Era un intento fallido, uno de muchos, uno de los primeros en muchas cosas que me determiné a hacer en la vida. Antes, con menos canas y sin necesidad de anteojos, mi madre solía pararse frente a la mesa de planchar con una olleta en la que se humedecía los dedos para salpicar la ropa y que las arrugas se disiparan con mayor facilidad. La combinación no era nada saludable, pero sus manos duras y pesadas parecían no advertir los obvios cambios de temperatura. Era cómo si su cuerpo fuera una armadura, una a la medida que se iba construyendo con el paso de los años, una que creó resistencia a tantas cosas cotidianas, punzones, quemaduras. Pero son suaves. Tienen pecas y manchas, son grandes y gordas, con los dedos rellenitos, pero suaves. A veces creo que Enzo se deja bañar de ella porque no necesita sino tocarlo para demostrarle que lo quiere, que es por su bien, que está muy cochino y que huele feo, y él aun siendo un perro entiende. 

Siempre que yo cogía una plancha se ponía de mal genio, principalmente porque no entendía como engendró a cuatro hijos que no supieran coser un botón ni planchar un pantalón. Eso la alteraba. Le poníamos música y ofrecíamos que otra persona realizara esos deberes, algo que no aceptaba de buen agrado pues era su casa, su territorio, el que marcaba con cada pasada del metal caliente, con cada doblez de la ropa en la estrecha mesa que tocaba reemplazar con frecuencia. Unas cuatro veces ella accedió a que otra persona realizara sus labores, no sin antes supervisarla de cerca y sugiriendo como hacer algo que a la gente ya mayor le sale con naturalidad. Una de esas cuatro ocasiones fue cuando volvió del hospital, y ella misma solicitó el reemplazo.

Nunca he visto a mi madre como una persona frágil. Cuando las cosas van mal ella es el soporte no solo de sus hijos sino de sus hermanos, todos mayores. A veces se desmorona y hace ruido, sus lágrimas bajan por su rostro y cuando se desprenden en esa carrera frenética en llegar al suelo no hay otro sonido, el mundo se queda callado ante su llanto y sus sollozos pausados y tristes punzan en el alma. Para ella es difícil mostrar sus sentimientos, y generalmente anda a la defensiva. Supongo que la vida la hizo así, que en ese constante dolor de cabeza que ella puede conjurar con una oración se ha hecho fuerte a expensas de cosas que sobran, que no necesita. A veces cuando me reflejo en sus lentes siento que voy a llegar a ese estado en el que unas pocas cosas pueden derrotarme, que voy a ser tan fuerte como una roca y tan sutil como una pluma. Que se necesitaría de la pérdida de un ser querido para pensar en rendirme o un médico con sus exámenes y cirugías para lograrlo a las malas. Pero falta mucho tiempo. Yo he puesto mi parte en esa pila de decepciones (primero por no saber sumar, luego por no coser, luego por no planchar y ahora en este desorden en el que me convertí) y me siento culpable. Quisiera haber agregado más alegrías que tristezas, y la verdad no sé como va la cuenta.

Me gustaría aprender de ella una o dos cosas prácticas de la vida. Me están saliendo canas, temprano, antes que a mis hermanos mayores, y a veces noto que mis ojeras van tomando la misma profundidad de las suyas, pero mi mirada no es tan cálida. Acabo de llegar pensando en que ella no deja que le planchen la ropa y que lo hace con una sutileza que no se pierde con la velocidad. Pero la veo y me recibe con un plato de ajiaco, un plato para el cual siempre tendré hambre y que nunca caerá mal. Verá: mi mamá hace el mejor ajiaco del mundo, comprobado cada semana que puedo comerlo por la calle. Ninguno se compara a este, hecho con esas manos que hace rato no tocan las mías más que por accidente. Estaba diciendo que acabo de llegar en medio de lo que podría llamar una depresión horrible y llega ella y me ofrece un plato de sopa. 

Para mañana tengo una camisa planchada. Está en un cajón con algunos perfumes y encima de papeles que uno considera importantes. Mi mamá tenía todo planeado para que yo pudiera llegar a usarla, a ponermela, a tapar mi gordura con ella y un pantalón que seguro alisaré, tarde, antes de coger un taxi muy de afán.

Siento que no debí comer, pero ella no reprocha que uno esté gordo. Solo sirve la comida y uno la prueba y deja de sentir algunas cosas y las reemplaza por otras, unas más agradables. Por esta noche estoy lleno, pero mañana no habrá ajiaco.

Voy a servirme otro plato. Como ella dijo alguna vez, no es que esté triste, es que estoy muy flaco.