El Jabón Chiquito

19.6.18

Miedos.

Uno.

 El narrador del partido, con acento argentino, se refiere a este mundial como "atípico". Los grandes favoritos no han sobresalido. El peso histórico de algunas selecciones se ha visto relegada a otros aspectos menos al deportivo. Muchos de esos equipos pequeños, que han sorprendido, lo hacen con trabajo, dedicación. Dejan afuera de la cancha los complejos, los prejuicios, que los han acompañado siempre. No deja de ser curioso que justo en Rusia, donde la discriminación es casi que una norma, sea donde los que llegan con un estigma sean protagonistas. Así sea solamente por unos minutos.

 Colombia perdió con Japón en su primer partido. Argentina no pudo con una fuerte Islandia. Brasil, candidato por decreto en cualquier competición futbolística, empató con Suiza. Alemania perdió contra un admirable México. Las personas que han narrado estos encuentros en los diferentes canales de televisión se han sorprendido con todo esto. No es una noticia alegre, sin embargo: hay cierto temor a que cambie el orden de las cosas. Ya es temporada de la segunda ronda de partidos, y la incertidumbre reina. Es difícil para algunos mantener ciertas posturas a pesar de la evidencia. Ya se sabe que en el fútbol no hay nada escrito, pero la tendencia es siempre al regreso de la norma. Y, sin embargo, Senegal, que se ha clasificado por segunda vez a una Copa del Mundo, le gana dos a uno a Polonia.

Dos.
 Santiago Rocagliolo, en el último podcast de Radio Ambulante, relata el esfuerzo que hizo con su hijo para salirse de una de esas normas tácitas para los papás: que no fuera igual a él. Que no fuera el diferente del grupo, sea este el colegio, el trabajo, la sociedad. Que no sufriera las mismas presiones por parte de sus compañeros de colegio, simplemente por disfrutar de las cosas que, para un niño, no son habituales: peluches, amigas. Su color favorito, que en un momento de su infancia era el rosado. No especifica si sigue siendo el mismo. 

 Es una historia atípica porque los padres tienden a hacer de sus hijos una extensión de sí mismos. Cuenta que se aterró al notar sus mismos gustos, lo que en otro caso haría que un hombre se sintiera orgulloso. Lo llevó de la mano por los intereses comunes de los niños normales: el fútbol, montar en bicicleta, dibujar monstruos aterradores. Todo para que no se sintiera excluido por sus propios amigos. Para no repetir la historia. Su hijo, en medio de un interrogatorio, dijo que no le importaría si sus amigos lo llegaran a fastidiar. Que, dado el caso, los fastidiaría él a ellos. Rocagliolo piensa amargamente en voz alta sobre la máxima esa que, tal vez, si todos fueran diferentes, al final nadie lo sería. Se imagina la lucha de su hijo ante la falta de carácter de los otros, que exigen la uniformidad de pensamiento como sentido de pertenencia. Termina la historia con algo de esperanza: a lo mejor su hijo le heredó toda la fuerza que él nunca tuvo.


Tres.

 Juan Manuel sabe decir los colores en inglés. Le costó dividir las formas de nombrar esa característica según un idioma específico. Antes era rosa pink, azul blue. Ahora es yellow, o amarillo. Sabe combinar conceptos en frases más estructuradas: Juan mucho pequeño es su forma natural de decir que es chiquito. Sus niveles de comunicación crecen día a día. Sus juguetes favoritos son los muñecos de Peppa, un personaje de color rosado de un programa de televisión para niños que sufre, conscientemente o no, de un problema de dicción y comprensión del mundo. La familia consta de: Papá Pig, Mamá Pig, Peppa Pig, y George, su llorón hermano menor. Ellos viven en una casa de juguete. Esta casa es de plástico amarillo, con un techo rosado. Se puede abrir como si fuera un libro, aunque no contiene nada en su interior. Antes de dormir, Juan Manuel guarda a la familia Pig en el interior de la casa.

 El techo rosado de la casa de juguete de Peppa lleva a algunos a considerar las posibles tendencias de un niño de casi tres años, que simplemente acepta el color como una propiedad de una cosa, y no como la interpretación de algo más. Ante la amenaza del techo rosado de la casa de juguete llegan las promesas de otros elementos que reivindican un concepto que para Juan Manuel no está del todo claro: camionetas, súper héroes, y demás muñecos para varones. Ante las nuevas ofrendas solamente sonríe. A veces se pone a patear el balón de fútbol con Peppa en la mano. Otras veces, cuando sale a hacer visita a algún lado, se lleva a la familia Pig, completa, bajo su cuidado. Mientras algunos ven la amenaza del color rosado, al niño solamente le interesa que sus juguetes viajen acompañados.


Cuatro.

 Después de las elecciones considero hacer una declaración con mi estado de ánimo. Tiene que ver con el medicamento que tomo para controlar "la tristeza", que es como le explico a una compañera del trabajo el por qué de tal droga. La declaración es un chiste: la relación entre mi depresión y el estado del país, la promesa de no volver a saber de noticias y de la realidad desde el domingo pasado, todo lo que perjudica no solamente la cabeza, sino el corazón, una forma de ignorancia que quiero asumir para buscar algo, siquiera un poquito, de tranquilidad. Pero me abstengo. Muchas veces salir del clóset con una enfermedad mental es contraproducente: genera cierta incomodidad en las personas que deben tratar con uno.  

 En atención al público una colaboradora del hospital trata de ayudarme. Cuando menciono psiquiatra, psicólogo y medicamento en la misma oración deja de mirarme a los ojos y se enfoca en el monitor del computador que está justo debajo del mesón de la recepción, lo que me hace notar la desviación natural de su nariz, que tiende hacia el mismo lado que la mía. No debo dar muchas más explicaciones: agenda mis citas para dentro de un mes (ya que el próximo control fue aplazado a final de año, y no hay manera de hacer rendir las pepas que debo tomar a diario, y que me tienen gordo, con más sueño del habitual, que hacen un poco más manejable todo -menos lo de las elecciones, menos lo de la realidad del país, menos lo de mi trabajo: es, al final, un paliativo minúsculo pero necesario-), y las deja para el mismo día, con una diferencia de una hora entre psicología y psiquiatría. No sé si considerar eso como un gesto de amabilidad o de lástima. Al final le agradezco su amabilidad, pero confunde su mirada. Insiste en evitarme. Me desea que tenga un buen día. Ese es su trabajo.


10.3.18

Libros.


   I.


 Fui testigo de la decadencia de la Librería Mundial por accidente. Cuando voy a pie a la universidad (es decir, casi todos los días) cojo por la carrera octava porque me rinde más que por la séptima, ya que esta última está plagada de ofertas culturales, gastronómicas y demás que hacen del tránsito de cualquier persona una pesadilla. Tal vez sea esa la idea cuando uno anda con alguien, ya que el ruido se transforma en algo susceptible de admiración, y eso es lo que causa el problema, tanta gente estancada observando realmente nada, dándose maña para capitalizar la compañía. Cuando uno va con alguien cualquier cosa es novedad, cuando uno va solo se quiere distraer de otras maneras, si es que prefiere hacerlo. Y es raro porque a pesar de todo la carrera octava no está tan lejos de la séptima como para que esa librería haya naufragado ahí, a solas, a pesar de tanta concurrencia de gente en busca de cualquier cosa para entretenerse.

 La carrera octava, entre la calle veinte y veintidós, es fea. Es, todavía, más fea que la carrera séptima, lo que es mucho decir. Está llena de locales en donde ofrecen ceviches y pescados, los que por lo general tienen una clientela fija que mantiene todos esos negocios funcionando, a pesar de tanta competencia. En la carrera octava hay, además, una biscochería que luce productos descoloridos y no tan provocativos como uno quisiera, y que tal vez permanecen más de dos días en exhibición. Todavía no sé qué hacen con esos bizcochos, ni sé si valen la pena. Se llama "Belalcázar", el sitio, y tiene el pedigrí este de los restaurantes viejos del centro de Bogotá: lucen una imagen clásica que termina siendo una falta de inversión en ellos mismos, una simpatía forzada por simple dejadez.


 A pesar de todo, no hay ningún cambio en toda esa cuadra. A excepción, claro, de la Librería Mundial, que ya no está. Duró unos meses en el proceso ese de dejar de existir: los libros se fueron agotando, poco a poco, no tanto por contar con docenas de clientes, sino porque fueron devueltos a las editoriales, la gran mayoría, y otros pocos más por ser prácticamente regalados en jornadas de liquidación, saldos, remates, y ese tipo de cosas que hacen los negocios cuando van mal, en su desesperación. Cuando pasaba veía el interior medio vacío de ese lugar, a dos o tres personas subiendo escaleras o moviendo cajas de un estante superior al piso. Aunque el avance no era mucho, había una diferencia entre un día y el otro, lo que hablaba del tamaño del lugar, de la resignación de quienes trabajaban ahí, y de ese pedacito de historia de la ciudad que se resistía a desaparecer. Hasta que un día ya no hubo nada. Solo las paredes desnudas. Los anaqueles desarmados. Un gran pasillo vacío, sombras de polvo y las cicatrices que dejan el mugre al cabo de muchos años. Y el silencio. Más que nada el silencio.

 La semana siguiente comenzó la adecuación del local. En otra semana más ya estaba todo maquillado y dispuesto para que fuera un almacén de esos en los que prometen cosas más baratas siempre que uno pague en efectivo. La agonía de la librería duró algunos pocos meses, y a los quince días ya no había señal alguna de su existencia. Ahora, cada que paso por la octava, veo el nuevo almacén lleno de gente, más haciendo fila que comprando. Y toda esa gente tiene la pinta que tendrían los clientes de la Librería Mundial si supieran que llevaba abierta casi unos ochenta años.



II.



 Cada que voy a Davivienda termino hablando con una de las cajeras. Las excusas han sido varias. Que un esfero. Que remedios caseros para un dolor de cabeza. La última vez Angie, la cajera, interrumpió la formalidad del asunto, aprovechando que no había más clientes en espera, para preguntarme por el libro que dejé encima del escritorio liberándome un poco las manos. Tomó atenta nota del título, del autor. Luego me comentó en tono definitivamente informal que le encantaba la ciencia ficción. Le recomendé dos libros, le dije que aprovechara porque en Panamericana, la megatienda de artículos de oficina, dulces, árboles de navidad, y cuantas más cosas puedan ofrecer, tenía por esos días una promoción un poco brutal: por cada artículo que uno comprara le regalaban un bono por diez mil pesos que servía para prácticamente cualquier libro que ella quisiera. Si compraba un libro le daban otro bono. Entonces la idea era comprar un libro para que le dieran un bono, luego con ese bono compraba otro libro para que le dieran un bono más, y con ese bono subsidiaba otro libro, así unas diez veces. No tenían que ser diez veces, pero esa fue mi recomendación. Sonrió tanto que su supervisora pasó por ahí merodeando con cara de mal genio sin entender lo que ocurría.

 Ya no recuerdo muy bien cómo lucía Angie. Tal vez se me queda en la memoria la piel morena, el cabello oscuro, los anteojos redondos y los ojos muy grandes. Me recomendó un libro de un autor ruso. O no ruso: hijo de padres rusos, algo en lo que fue muy enfática. Lo he buscado, y nada que lo encuentro. Lo que más recuerdo de Angie es que me recomendó algo que es difícil de conseguir, lo que quiere decir (o me quiero imaginar porque por lo general pasan esas cosas: uno completa los rasgos personales de alguien por cosas que hace, así no sea cierto, tratando de imaginar a alguien como no es, y esta situación es muy común, por ahí comienzan el encaprichamiento y un montón de cosas que por lo general derivan en problemas, malos entendidos, corazones rotos y dolores de cabeza) que se trata de una lectora curiosa. Ese día, cuando llegó otra cliente, fui yo el que cortó la conversación, le agradecí mucho, y sonreí cuando ella me llenó de buenos deseos con un tono que parecía proceder directamente desde ella misma, y no solamente como algo que surgía del otro lado del escritorio: una formalidad corporativa o el resultado de una buena educación.

 He recorrido varios lugares buscando la recomendación de Angie. Y, con todo eso, no he logrado encontrar el libro del autor de padres rusos. Cada que entro a una librería y pregunto justamente por ese libro en específico, siento que es como si llevara de alguna manera a Angie. Puedo estar exagerando. Pero esa sensación la tengo presente en mi casa, cuando veo los libros que me han regalado. Tal vez el problema sea mío al considerar en estos gestos un valor emocional que no existe. Aunque de eso se trata. Y es por eso que uno de los libros que más cuido es Las Correcciones. Una vez Tim se quedó dormido apoyando la cabeza en él y le tomé una foto. Recuerdo cuando Carolina me lo ofreció como algo que no parecía ser nada más que un simple gesto. Recuerdo la cantidad de libros que tenía a su disposición en el segundo piso de su casa, ese televisor viejo donde jugaba a ratos Red Dead Redemption, la manera en que ocultaba esas imperfecciones de sus mejillas con el cabello ensortijado que se sentía como espuma y sabía a dulce, recuerdo la verruga en el dorso de su mano, encima del flexor corto del pulgar, aunque ya no sé si era en la mano derecha o la izquierda. Tal vez por eso estamos como estamos, porque le damos mucha importancia a algo que no debería. O porque le seguimos dando importancia a algo que sucedió ya hace mucho tiempo. O porque a veces uno no busca los libros, sino que lo encuentran a uno.




III.



 Martín me envía un mensaje de voz. Da las gracias por el regalo. Por el tono, suena feliz, a pesar de la advertencia que le hice: si no lee el libro que le envié, me lo tiene que pagar. No conozco a Martín, pero trabajo con su mamá. El libro es para una tarea. Martín suena un poco a Juan David, uno de mis sobrinos, porque ahora tengo varios sobrinos, pero este se diferencia porque lee mucho. Juan Manuel, el sobrino nuevo, por ahora, tiene una noción muy básica de la lectura: toma un libro, lo ojea pasando la mirada sin detenerse particularmente en nada, examina bien las palabras, las letras que aun no es capaz de descifrar, y luego lo cierra de un golpazo gritando "gané". Juan Manuel y Juan David hablan con esa emoción rara muy parecida a la que tiene Martín en su mensaje de voz, lo que culpo a tener un libro en sus manos. Se lo regalé por dos razones: no tengo a quién regalarle libros, y quería regalar uno. Algunos de los que ya leí están en las bibliotecas de otras personas en esta ciudad: tengo una colección que tal vez no vaya a volver a ver jamás.

 Preferí conseguir la versión original. No me fijo tanto en los libros que ofrecen en la calle 16, donde compré dos de segunda que nunca voy a leer. Ni piratas ni de segunda. No se siente bien. Cuando veo los libros que ponen en el piso o en las mallas metálicas que se apoyan en las paredes pienso en aquellos escritores, desconocidos a pesar de su propia fama, pasando por ahí, testigos de cómo ofrecen sus libros de manera ilegal, por llamarlo de alguna manera. Considero, también, que el agravante no sea tanto el ofrecerlos sin obtener ninguna remuneración, sino que nadie los compre. Que esta explicación a medias sirva para decir que uno se va llenando de mañas muy complicadas de justificar.

 El mensaje de Martín me alegró el día, a pesar de que nada malo había pasado, y de que ya era tarde en la noche. Por lo que supe, fue el tercer o cuarto intento de mensaje que intentó enviar, pero la pena, o la alegría, o una extraña mezcla de ambas cosas, no se lo permitía. Lo único que le respondí fue "mire a ver, hermano". No sé si ya lo terminó. Supongo que sí. Espero que sí.



IV.



 Aquí, en el centro de Bogotá, hay varias librerías, pero por lo general recurro a la Lerner, la del Centro Cultural García Márquez, a Panamericana, o a la que queda en la calle dieciocho. Tal vez por eso me siento un poco culpable al saber que La Meresunda, que se ofrecía como un café literario, ahora solamente es un restaurante. Muchas veces entro solamente a mirar, en un ataque de esos de coleccionista. En japonés hay una palabra que define a esos acaparadores que tienen más libros de los que puedan llegar a leer en su vida. Todavía no he llegado a ese nivel, pero cada que me pierdo en una librería salgo pensando en que es algo que estoy cultivando de a poquitos. Otra de las razones para ir a gastar tanto tiempo mirando, antojándome, es para que no tengan que cerrar: aquí, en el centro de Bogotá, hay varias librerías, pero antes había más.


 La última vez que entré a la Librería Lerner fue cuando anunciaron el ganador del premio Nobel. En la fila, delante de mí, había dos viejitos. Uno de ellos llevaba un gabán negro y largo, el otro una boina de esas que usan los viejitos: gris, desinflada, un poco plana. Y luego estaba yo, sin chaqueta, con tres libros en la mano. El primero tenía siete, el segundo, dos. El primero llevaba todo lo que pudo encontrar de Ishiguro. "Antes había más", explicó, más para él que para mí, porque los viejitos son así, hablan para ningún público en particular, exponiendo sus ideas en voz alta, así vengan con quejas, así sean oportunas o no. "Lo anunciaron esta mañana y ya se agotaron, además de que están más caros", insistió en la conversación que yo no quería sostener. "El efecto Nobel", le dije, finalmente, más asombrado por la ocurrencia que por mi propia participación en el asunto. El viejito sonrió. Pagó con tres billetes de cien mil pesos, todo acompañado de un "toca gastarlos antes de que Santos los acabe". Me reí de ese comentario con esa risa trabada y potente que caracteriza a la gente de esa edad. El segundo viejito le tuvo que explicar a la cajera la magnitud del comentario: el del billete es el abuelo del nuevo enemigo del presidente. Miré al piso, tosí, tapando la sonrisa, mientras los tres nos mirábamos, cómplices de algo que nadie más entendía. Creo que yo era el tercero en una fila de viejitos.

12.12.17

Orzuelo.

 Ya no es solamente la rigidez en la ingle sino también una sensación ácida en el ojo derecho: se despiertan primero los males, y luego uno. Así lo dijo el capi en Un Domingo Cualquiera: es mi cuerpo, ya no está ahí. Uno se va volviendo, entonces, lo que el manojo de cosas que lo contiene lo deja hacer. El espejo no me devuelve un análisis mejor del que siento, porque veo los párpados inflamados y la cara borrosa. La esclerótica algo roja, brillante, rebosando de un líquido que no es normal. Recuerdo las películas esas donde hay ojos en tubos de ensayo suspendidos por algún menjurje, aunque esos son mucho más blancos. Y en esas películas por lo general los iris son claritos, no como los míos, que son puros café.

 El baño con agua tibia amaina los males, aunque persiste esa incomodidad visible en el borde derecho. No tengo todo el campo de visión, siento un bulto en la mirada. Es difícil de explicar. Hay un obstáculo que no me deja ver todo claramente, entonces escojo no ir al trabajo en la bicicleta. Ahí es donde recuerdo que la semana pasada estuve pensando en comprar gafas, porque hay mucho polvo en la ciudad, y me molesta los ojos andar en cicla, sobre todo por la tarde. No sé si es porque el gris de la atmósfera se da por polución o algo así, pero el ojo me hace pensar eso. Me voy, entonces, en transmilenio. Alcanzo a ir sentado. Iba a leer, pero imagino (más que nada es eso, el malestar de toda la región próxima al verdadero problema) un ardor en medio rostro. Cierro los ojos. Siento el sol en la ventana, y al rapero de turno, que nos acompaña un par de estaciones. Luego al que vende dulces. Luego otro más, aunque no los miro. Realmente no miro nada. Una sensación húmeda me cruza la mejilla derecha. La solitaria lágrima avanza mezclando temperaturas en la piel. Comienzo a pensar en los destinos fatales, en si cualquier cosa minúscula que lo saque a uno de la normalidad puede tener consecuencias desastrosas, porque uno es así con estos dramas chiquitos: que si pierdo la vista, que si se me cae el ojo, que mejor un parche a lo Big Boss que un ojo de vidrio. Pienso en todo eso y maldigo el no tener barba, el accesorio ese que le hace a uno lucir diferente. Eso refuerza la opción del parche. Eso le pasa a uno por tener una cara simplona.

 Cuando llego a la oficina confirmo que el saludo que recibo va más dirigido a la hinchazón que a mí. No es mucha, pero se nota. Tengo una sensación muy rara en el ojo. Parecido a una inundación, pero no de agua sino de algo más denso. Voy al baño a revisar bien, y me doy cuenta de que hay un punto amarillo en el borde del párpado, y es de ahí donde nacen todos los problemas. Una protuberancia chiquitica que tiene unos efectos tremendos. Pues, la tragedia que me imagino, si bien es exagerada, está fundamentada en algo. Hace años no me sale un orzuelo. En contraste, encuentro muchas más arrugas en el ojo. El tic ese de los párpados que no recuerdo cómo se llama. Veo unas bolitas amarillas flotando. Imagino llorar, pero la acidez, por extraño que suene, no me deja. Salgo del baño con el dictamen, y comienzo a preguntar por algún remedio casero. El primero que me dan es ponerme una rodaja de tomate en el área, pero que no lo deje avanzar. No sé cómo putas no dejarlo avanzar. Lo único que se me ocurrió fue una limpieza con cuidado y mantener el ojo cerrado para evitar más impurezas. Que el tomate me hace salir el punto, que me lo quita.

 Pienso en ir a un centro médico, pero la opción desaparece al evaluar dos cosas. La primera es que voy a perder mucho, pero mucho tiempo en eso. Voy a encontrar personas muy enfermas, y otras que van a extender un día más la jornada de descanso utilizando alguna dolencia como excusa. La segunda es que, pues, ya he sufrido de esto. Es incómodo, pero nada fuera de lo normal. Lo siguiente que pienso es en la inutilidad del espejo del baño de mi casa, de como siempre el lado derecho de mi rostro queda a oscuras, y no hay una evaluación real de mi aspecto: todos los espejos tienen buena iluminación desde la izquierda. Me quedo con eso, con que vivo a media penumbra. Luego llega el segundo remedio casero: baños con agua tibia, y nada de aplicarse hielo. Lo del hielo no se me había ocurrido.

 Rumbo al almuerzo me cuentan otra posible solución: comer pan francés en un baño. No hay otras especificaciones, por ejemplo, si el baño debe estar limpio, o si debo comer pan solo, o con alguien. Imagino que eso depende mucho de las limitantes que uno se pueda imponer. Voy con dos compañeras a un restaurante de esos nuevos en el centro de Bogotá (esa es una frase que uso mucho: el centro de Bogotá). El restaurante tiene la pinta de esos nuevos negocios que combinan lo rústico con lo moderno y lo minimalista. Tiene tantos estilos en su ambientación que no hay nada que lo defina realmente. Nos atiende una mesera mona, de baja estatura, con una cara afilada y ojeras mal escondidas debajo de una capa de maquillaje, con facciones delgadas y delicadas, un tono de piel color canela. En otras palabras, es bonita. La comida llega en platos grandes, de colores, con una muy buena presentación, todo discriminado, sin que ninguno de los componentes se toque directamente. El restaurante está lleno por ejecutivos de la zona, en su mayoría mujeres, y de estas, una gran parte son señoras muy pinchadas. Tienen esos rasgos físicos que se acentúan en la cara, acompañado todo por la respectiva vestimenta, y las maneras de hablar, todas tan expresivas y una exagerada vocalización de las palabras que vienen de otro idioma. Los tres que estamos en la mesa nos dedicamos a comer, y a hablar de lo de siempre, vainas del trabajo. Se me ocurre proponer otro tema, pero la insinuación del pan francés en el baño dura dos o tres carcajadas solamente. Sigo mirando alrededor y me doy cuenta de la abrumadora minoría a la que pertenezco, apenas cinco hombres en el lugar. De resto solo señoras. Y las meseras. La bonita y la tetona. Iba a volver por ellas, más que nada por la bonita, pero la comida está rica, lo que se define entonces como la verdadera razón para repetir en el restaurante. Le comparto esta apreciación a mis compañeras, que luego hacen una cara de reproche. O de celos. El orzuelo no me deja ver.

 En el baño de la oficina me doy cuenta que la nueva incomodidad se da por una telaraña de pus que se entrelaza en las pestañas. Me limpio de nuevo, mientras el párpado sigue latiendo incómodamente. No recuerdo si eso es un nistagmo o una mioquimia. Prometo buscar en internet cuando acabe, aunque el párpado está ligeramente menos hinchado, y el punto ya casi no existe. He estado disparando materia a lo largo del día, lo que me hace sentir un poco incómodo conmigo mismo. He estado viendo cosas a través de una secreción discreta, lo que puede haber influenciado en algo la valoración del mundo desde que me desperté.

 Camino a casa pienso en cuál de los tratamientos utilizar. El tomate frío, el tomate normal, el pan francés, los paños de agua tibia, el champú Johnson para bebés, una crema de un nombre complicado, una bolsita de te. Cuando abro la puerta Tim me saluda como siempre, pero noto en su cara algo muy raro. Tiene un ojo encogido. El derecho. Lo consiento, abro su ojo con mucho cuidado, y él se deja. Es como verme en el espejo que no hay en mi casa: está todo lagrimoso e irritado. Tomo un pañito húmedo y limpio alrededor todo con mucha cautela, mientras le digo que no se preocupe. Él se deja. Cuando son esas cosas, él se deja. Lo miro mientras le hablo. Con un pañuelo húmedo en agua tibia acabo de hacer su curación. Se queda quieto, y bate la cola. Si él pudiera, habría hecho lo mismo.

15.8.17

Derivadas.

 La última vez que vi el atardecer desde un último piso de algo fue en la Universidad de la Salle, cuando en ese tiempo la sala de computación quedaba allá arriba por los lados de la biblioteca. Eran más o menos las seis pasadas, y me senté con alguna de las novias que tuve en ese momento, con algunos otros compañeros más, en las escaleras, mirando al occidente de la ciudad. El sol parecía fundirse a lo lejos, deshaciéndose detrás de los conjuntos de edificios, casas, o simplemente sitios de interés demarcados por las líneas irregulares que son las calles de la ciudad. Lo recuerdo casi como si fuera una película, una escena retrospectiva sin voces y sin un transcurrir del tiempo definido, una imagen congelada, toda saturada de naranja. Hoy fue así, aunque la exposición al atardecer fue por el lado contrario, viendo al oriente, con la inmensa ventana del salón atestiguando cómo entraba la oscuridad al final del día, algo casi imperceptible, sentir que se tiñe de oscuro el pedacito de cielo que hay al alcance, una sensación parecida a la de resistirse al sueño para luego resultar vencido, algo que no se sabe a ciencia cierta cómo sucede, salvo al notar el inminente resultado: anocheció mientras vigilaba, y aún así no me di cuenta.

 Hoy tenemos cálculo y no recuerdo nada. Hace un año vimos derivadas y, con el trajín de todo, las excusas de siempre, dejé todo tal cual, sin volver a practicar. En algún lugar debe estar el cuaderno donde constan las horas de sueño robadas por el estudio, el esfuerzo dado para alcanzar una meta pequeña, muestra de un descuido o conformismo con el mínimo esperado por el programa que nos fue entregado. Tengo en la maleta un bloc amarillo que va a ser de uso exclusivo para esta materia. El portaminas sigue dañado, pero insisto con él porque de alguna manera prefiero no cambiar esa herramienta cada semestre, como si encapsulara todo el conocimiento que algún día dominé, así fuera el suficiente, apenas, para aprobar un examen. La profe llega. Es bonita. Es bonita porque tiene, físicamente, todo lo que me gusta en una mujer. La cara alagada, casi que fina, con ojos grandes y los labios apretados pero no involuntariamente, no es como si estuviera posando eternamente para una selfie, algo que, viéndola, entiendo inmediatamente: se utiliza el gesto como un recurso para adelgazar forzosamente la figura, aunque haya quien no lo necesite, como en este caso. El cabello, lacio, le llega al pecho, que no es muy grande. El tronco es delgado, lo que acentúa las caderas y las piernas, largas, a pesar de que no es tan alta. Es joven, siendo esto una observación muy obvia: ya todo el mundo es joven, menos yo. Lleva unos anteojos de color morado, con lentes que se oscurecen dependiendo de la cantidad de luz que haya en el lugar. Tal vez nunca experimente qué se siente usar unas gafas así. Tiene unos jeans azul oscuro, una blusa blanca, y en su escritorio hay un libro de cálculo que nos recomienda. No sabe qué edición es, pero luego de buscar un poco por internet doy con que es la tercera. De la silla cuelga un casco de bicicleta en otro tono de azul, que me atrevería a señalar como turquesa, un tono muy similar a la bicicleta que usa, todos los días, para ir acompañada con su novio, a quién llama al terminar la clase para que la recoja, una sutil invitación para andar juntos el corto trayecto que los separa de su hogar. Mientras habla se mueve con una facilidad que me hace latir la parte de la espalda que tengo destrozada. Luego de la presentación, de los comentarios para romper la tensión con los estudiantes (la mitad del salón parece ser mayor que ella), de escribir con letra perfecta turnando cuatro marcadores de diferente color en el tablero, me doy cuenta de que tiene los dedos largos, flacos, las manos marcadas por tendones, y de que casi no respira.

 Se esfuerza mucho en llenar el lugar de energía. De establecer una conexión con todos recalcando cierta autoridad. Después de treinta minutos de minucias, reglas, concesiones y consejos, nos habla de su perfil académico, lo que resulta mucho más atractivo. De lo que supongo es un gran acto de bondad al ofrecerse como voluntaria en un pueblo del Putumayo, dos o tres veces al mes, dictando clases a quien no puede darse el lujo de estudiar, y menos, a quien renuncia a hacerlo simplemente por su propia voluntad. La ventana indica que ya está casi todo oscuro allá afuera, pero también muestra los reflejos de todos centrándose en ella, mientras explica que los teoremas son propuestas matemáticas que se pueden demostrar y comenta que integrar es el proceso recíproco de derivar. Llena el tablero de signos: una función f(x) es una antiderivada si F'(x) es igual a f(x). En una de las hojas repito varias veces equis y el símbolo , que no se cansa en salir como una larga ese, o una serpiente reptando desde el portaminas hasta el papel en una figura caprichosa y diferente a la que quiero imprimir. Repito tantas veces como puedo en planas tardías, un afán perfeccionista que nace no por impresionar a nadie sino por el terror que resulta mi propia caligrafía. Algo parecido a lo que siento cuando acerco un dedo a la boca para destrozarme una uña, la promesa que nace incumplida mil veces, pero que se repite con cada acto. Borro las equis ya escritas para repetirlas menos rectas, menos planas, queriendo dejarles algo de carácter. Me esfuerzo en la repetición esperando que surta efecto. Me pierdo en detalles, tanto de la hoja amarilla llena de trazos como de la piel que muestra la profe cuando se estira para escribir en la parte superior del tablero, un recorte de abdomen que se escapa de las costuras del jean: un poquito de blanco que se asoma tímido, robando la atención del estelar cúbito que sobresale al torcer la mano. Cada que se acerca donde me siento remueve algo en el ambiente y recuerdo a la novia de la Salle con la que seguramente vi el atardecer en las escaleras. El olor ligeramente azufrado de su cabello cuando se lo pintaba de rojo. Ella sonreía ante la exageración de mis descripciones con los mismos gestos que la profe cuando le digo algo tan tonto que no vale la pena recordar, las dos con una disposición de los dientes con los mismos accidentes, los colmillos abultados de igual manera, aunque la profe tiene los ojos de un azul tan raro que no podría describir ni perdiéndome en ellos. Los segundos ojos más bonitos del mundo, que no resulta poco. Los ojos de L. eran más grandes, de color café, igual a los míos, como los de un perrito, pero los evoco en un pasado cuando eran un poco más brillantes a lo que seguramente deben lucir ahora. Imagino los ojos zafirados de la profe hace unos años, un poco más inocentes del mundo, con la esclerótica blanca o menos roja por el cansancio. Aparte de las gafas, adorna la mirada con una serie de telarañas en la piel que va demoliendo la primera impresión que me causó, mostrando su mortalidad logrando que piense en la mía propia, en la molesta resequedad en mi cara luego de tanta excursión bajo las inclemencias del sol de hace una semana: la piel hecha cenizas brotando de mis mejillas, volando en picada en antojos suicidas, algo que pienso, o insisto, heredan de mí y no al contrario. Con la cercanía siento los imperceptibles surcos que hay en su frente, la cicatriz en la parte superior izquierda de su cara, que debe esconder una historia que quiero escuchar, el rubor que utiliza en sus pómulos y cómo a contraluz evidencia un ligero toque de vanidad tratando de ocultar otras imperfecciones que igual no vale la pena esconder, huellas de sonrisas y gestos repetidos que se logran al estar vivo y acumular sensaciones, ese tipo de cosas que surgen como antídoto luego de pasar por algunas certeras y fuertes malas experiencias. Tan de cerca parece otra persona, pero no mucho menos impactante. Definitivamente huele a lo mismo que L. Tal vez no se trata de su aspecto, sino de la forma en que se parece a ella, en que la evoca. En que despierta ese amor escondido que siempre le guardé. No es culpa de la profe, ni de los doscientos diez escalones, ni del azufre, ni de la imagen del atardecer en la escalera, hace años, cuando imaginaba un futuro muy diferente al que resultó siendo cierto, que mi corazón se sienta por encima de las constantes y recientes quejas de mi cuerpo.




6.6.17

Internet Of Things.

 
 
 Unos 10 años sirvió el router. No dejó de funcionar, simplemente comenzó a no aguantar más la carga de tareas que se le imponía a diario. Primero dividí las conexiones con otro aparato, porque tal vez así mejoraba un poco todo el servicio este de repartir la señal por toda la casa. Antes, cuando mi abuelo trataba de enseñarme a arreglar cosas, decía que los aparatos se cansaban, algo no entendido como la sobrecarga de trabajo que algo podría aguantar, el abuso, sino que las cosas son como uno, que simplemente un día dicen que ya está bueno y no quieren más. Casi todo era así: que el televisor, que el radio, que la lavadora. Sé que la mayoría de esos cansancios podían venir por la manera ineficiente en que disipaban el calor (y por culpa de uno, también, por no valorar todas las rendijas que tenían esos aparatos: se cansaban no por agotamiento sino por ahogamiento, porque las cosas también necesitan respirar). El router comenzó a cansarse, pero no lo dejé renunciar. Simplemente saqué de una caja otro que tenía por ahí, mejor, más nuevo, más potente, que no utilicé antes para no tener que volver a configurar todo, tanto el menú del aparato como de todos los otros aparatos que se conectaban a él, que son muchos. Tuve los dos routers conectados al tiempo, durante unos meses, pero dejé el viejo porque funcionaba bien. Así son las cosas, uno no prevé, sino que espera a que todo llegue a un límite para hacer cambios, o mejoras. Uno prefiere que todo siga en esa normalidad poco eficiente de las cosas que funcionan tal y como están, pero no piensa que tal vez todo podría hacerse mejor. El router nuevo tiene dos antenitas que le dan una autoridad algo rara, porque es casi como si se tomara más en serio su trabajo. El viejo no tenía nada, solamente una pequeña circunferencia en la parte superior. Sus luces eran azules. Las del nuevo son verdes. Y naranjas. No sé por qué pienso que esas luces azules evocan en mí algo más futurista. A lo mejor es la costumbre.


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 Muy recientemente he tenido que restablecer las contraseñas de casi todo lo que uso. En el celular, en el computador. Supuestamente el navegador guarda unas para hacerme la vida más fácil, pero tampoco ayuda. Está casi igual que yo. A mí se me olvidan porque está uno en el declive ese de hacerse más viejo, pero el navegador las pierde cada que sale una actualización, con las excusas escritas en la bitácora de cada nueva versión: que toca volver a configurar el motor de búsqueda, que tiene que volver a ingresar a todos los servicios, que tal complemento ya no es compatible. Algún día el no compatible va a ser uno. Todos lo vemos: la gente que se resiste un poco a la tecnología, a pesar de que es tan fácil de usar todo. No sé si, en parte, mi mala memoria se debe porque cada día intento aprender más cosas, o si es solo obsolescencia programada. Trato de mantener una estructura para todos esos asteriscos en los formularios, frases con cosas que solamente entendería yo, y algo de ese servicio al que voy a acceder, pero al final resulto pensando en algo diferente y se me van olvidando. Que hay programas para administrar eso, me dicen. Que no son tan seguros, leo por ahí. Y no son solamente las contraseñas. Se me olvida donde dejo los teteros del niño, el nombre ruso que le quiero poner a la hija que nunca voy a tener, comprar la comida del perro. O cuando dejo las llaves dentro de la casa, o el carro. Una de las consecuencias de ese tipo de olvidos es que uno se queda afuera de lugares. Uno se encierra afuera de lugares, un confinamiento invertido. No sé si es costumbre que no sepa qué día es, o si es un síntoma de nada. De pensar mucho en esas pequeñeces.


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 El celular me pide que espere a que acabe la operación. Simplemente pienso en todos los lugares en los que se mete para eliminar toda una conversación de Whatsapp, los laberintos que debe tener un celular por dentro, esos callejones diminutos que uno siempre imagina de una manera diferente a la que es. Pienso, por ejemplo, en si en verdad se lleva todo a su paso: las fotos, los audios, los montones de palabras que tal vez no tengan valor. Esa es la vaina, que a lo mejor todo esto es para nada. El celular apaga su pantalla cada minuto, entonces la mantengo encendida en lo que dura el proceso. Tal vez el agüero ese de creer que las cosas se hacen mientras uno las mira, que si deja uno estas cosas a su merced se van a olvidar de lo que están haciendo. Y es raro. Todos estos aparatos funcionan haciendo miles de operaciones por segundo, cálculos, y los admiramos por eso, pero nosotros maquinamos todo de otra manera un poco más fantástica, con algo de química que no sabemos explicar todavía; algo difícil de replicar hasta para estos juguetes con los que nos relacionamos a diario. Tal vez no valoramos mucho nuestras sinapsis, nuestras neuronas. La manera tan complicada en que todo funciona allá arriba, pensando un poco más en cómo vemos el mundo con otras de nuestras vísceras a las que les asumimos más responsabilidades de las que tienen, o merecen. Y la operación en el celular obedece a un impulso de todo ese manojo de cosas que es uno, el dolor en el pecho y la sensación de tratar de olvidar. Tal vez reflejamos un poco eso en todos estos aparatos: que no olviden, que nos recuerden cosas. Out of sight, out of mind, me dijo alguien alguna vez, una frase que pensé que era genial hasta que entendí lo común que era. Uno es así, se asombra de las cosas que acaba de descubrir, pero luego ya las mete en su normalidad, y pierden esa importancia. El celular reacciona, dice que ya acabó. Yo sé que no eliminó todo lo que dice que eliminó, simplemente va a guardar información encima de más información, en una ilusión de almacenamiento. Repito: uno es así, también, guarda información encima de más información, pero no olvida. Y es por eso, también, que uno no aprende.

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 Yenny responde a mi mensaje con todos los signos de puntuación necesarios para hacer que una simple frase resalte y sea contundente. En mi celular hace falta este signo: "¿". Yo no podría escribir de la misma manera. Me siento en desventaja. Mi amor por ella crece con cada revisión del mensaje, y con ello la impotencia de no poder seguir la conversación con ese nivel que acaba de demostrar, simplemente por algo técnico. Uno es sus herramientas. Cuando la visito, en su oficina, que es pequeña, sin ventanas, apenas un rectángulo pequeñito en el que cabe ella, un escritorio, su computador y millones y millones de notas de amor de su novio en muchas palabras diferentes con la misma letra, sonríe. Yenny siempre sonríe, y por eso sé que es de mal genio. Reconoce mi nombre, lo que me da algo de confianza. Para mí, muchos de los mensajes que llegan al celular simplemente son un montón de números precedidos por un signo de suma. Para Yenny soy un campo pequeño en la parte importante de la memoria de su celular. Claro que, también, puede ser por la particular combinación de nombres que me pusieron mis padres. No importa, la confianza crece. Y el amor. Yenny sonríe, dando la espalda a todas las notas de su escritorio. A veces siento que sus ojos son verdes. No ha cambiado la foto de su contacto en el celular, donde aparece invariablemente mucho menos bonita, con una espinilla en el mentón y las mejillas un poco más redondas. Esa foto es de hace años. Ahora tiene la cara más afilada, con menos copete, y el cabello un poco más fino. Tal vez ella piense que se ve igual, o tal vez no le queda tiempo para ese tipo de cosas. A mí tampoco. Luego de la conversación irrelevante que tenemos, le digo que llama mucho la atención su forma de escribir, delimitando las preguntas con los símbolos correspondientes. Y las tildes. Sobre todo las tildes. Yenny sonríe, porque ella siempre sonríe. Dice que no es nada. Dice que es el auto corrector del celular. Valoro mucho más la foto de su contacto. Tal vez todos necesitamos mostrarnos sin filtros.


20.5.17

Cicatriz.


 Cuando uno está en la labor de parar una herida que sangra mucho todo parece ir más lento. Es decir, todo lo que está afuera del contexto de la herida, porque nada parece mucho más importante. Caminar una cuadra con el perro bajo el brazo y con la mano menos hábil tapando el rostro para, primero, cubrir la herida y, segundo, ocultar la vergüenza, es complicado. En el camino que va del parque a mi casa dos personas preguntan que qué paso. A veces, a pesar de las evidencias con las que se encuentra uno en un accidente es muy difícil poder armar una historia coherente. Entonces llegan las hipótesis, luego los testimonios de quien efectivamente vio lo que pasó. La respuesta podría llegar sola, claro, si no fuera tan confuso todo: un perro me mordió. Me mordió la boca. No un perro cualquiera, no: el perro mío, en el labio inferior. Y se colgó. Y duele.

 En el instante no duele tanto. La humedad en los ojos corresponde a otras cosas. Que haya sido mi propio perro, luego de que tratara de separarlo de otro, al comienzo de una pelea. De que quería protegerlo exponiéndome a mí. De que por tratar de cerrar el paso me haya resbalado para ir a dar justo encima de él. Que se asustó y se colgó del labio, me soltó y sentí un calor que me bajaba por el mentón. Utilicé la mano para tantear y sentí húmedo el contacto. La mancha roja confirmando todo. El piso que se pinta con uno. El perro que se queda callado, quieto, como en otro lado. Mis propios pasos con forma urgente. Luego la espera en el salón de urgencias, con la ropa vuelta nada. La advertencia de una cirugía que no se va a realizar porque, verá, no es tan grave, pero luego viene una semana de incapacidad. Y medicamentos. Cuidar la herida. Reposo. Que no le de el sol. Que no le de la lluvia. Que no salga, no por el clima, sino por la ciudad. Llega la convalecencia. Y el dolor. Un dolor sordo que se hace presente cada que veo la herida en el espejo. No siento el pedazo hinchado y de otro color que está en mi boca, pero lo veo allí, formando parte de mi cara. Procuro que no se estire, y procedo a limpiarlo cada cuatro horas, siguiendo las recomendaciones del médico que me atendió.

 En la comisura del labio me tuvieron que poner un punto, con el hilo más delgado que había. Lo iba a acompañar otro punto, en la parte más abierta de la herida, pero no se pudo, por su tamaño. Tengo tres cicatrices en la mano derecha, justamente por lo mismo, aunque debido a otro perro. Ahora tengo dos más, en el labio inferior. Alcanzaron a ponerme ese segundo punto, pero me llenó media cara de sangre, y el resultado fue espantoso: me iba a quedar la boca pixelada. Es raro que uno se sienta así, como una cosa que chuzan, a la que le meten hilo,  para luego tratar de juntar dos pliegues de uno. Producto de todo ese maltrato le queda a uno el dolor que no deja dormir. Llega uno a pensar que no es alguien sino una cosa que hay que arreglar.

 Fueron veintiún días en los que no me rasuré. Un intento de bigote se asomó en la parte superior de la boca, y en el mentón una cantidad un poco más espesa de pelo empezó a cubrir la piel. Observé cómo hay partes en mi rostro que no se cubren con vello, formando parches irregulares en diferentes sectores, para nada simétricos. A los catorce días tres personas comentaron sobre el nuevo estilo, recomendando el uso de esa sombra que no terminaba de salir. Esas tres personas fueron mujeres, a las que se sumaron, después, otras dos. Calculé con curiosidad cuánto tiempo he perdido en todas las veces en las que me he afeitado, simplemente para lucir, o sentirme, más presentable, aunque al final no sirvió para nada. Tampoco es muy halagador el pensamiento ese fundado en el terror de confirmar lo que uno siempre ha temido: tal vez la mejor forma de verse es mostrar menos lo que es uno. Imposible cubrir la herida con bigotes, y también imposible mantener las expectativas de quienes dijeron tantas cosas bonitas por algo tan novedoso como la promesa de que me puede salir, tal vez, una barba.

 El domingo me afeité. Pasé la cuchilla con mucho cuidado, porque ando estrenando un relieve en la boca. Esta semana ya no parece un pliegue blanco, pero sí es una línea roja, casi como si el labio estuviera llorando. Frente al espejo ensayo gestos para comprobar el alcance del daño, ahora que la herida ha sanado. A veces pica, cuando no estoy mirando. A veces no siento nada.



12.4.17

Everyday Robots.


 Juan Manuel, mi sobrino, tiene casi todos los dientes, unas orejas grandes, unos ojos expresivos y una sonrisa de maldad pura cuando sabe que no debe hacer algo, y sin embargo lo termina haciendo. Juan Manuel tiene casi dos años. De entre todo su vocabulario de bebé ya dice clarito Papá, Tete, Tim, Mamá, No. Lo más que dice es No, pero se entiende: cuando riega el agua del perro le decimos No, cuando bota cosas en la escalera le decimos No, cuando echa algo al inodoro le decimos No, cuando escupe la comida le decimos No, cuando se trepa en los muebles de la sala para romper las bomboneras le decimos No, cuando le pega a Tim con sus juguetes le decimos No, cuando se baña en sopa le decimos No. Hay algo natural en la manera en que dice No y sonríe justo antes de una travesura, anticipando el regaño. A lo mejor piensa que esa es la palabra que permite el delito que va a cometer: toda acción mala va acompañada de un No, entonces él mismo se da la autorización para portarse mal. Escribí "toda acción mala", y él no podría responder, pero yo sé que no piensa que sea malo, solo que es divertido. Es divertido y No se debe hacer. Tim le juega, a veces, y otras lo muerde. Hay una manera extraña en que suenan las palabras en su boca. Un avua gutural reemplaza al agua que decimos nosotros. Necesitamos que aprenda a comunicarse, a decir qué quiere, o necesita, pero somos conscientes de que eso viene con tiempo y tal vez no queremos hacer ese sacrificio: que siga siendo un bebé para no volvernos más viejos. Trato de ubicar en mi cabeza las primeras palabras de Nicolás, o de Juan David, mis otros sobrinos. La voz que tenían. Una vez pudieron articular frases, en lugar de palabras, su tono cambió. Maduró un poco. No era una imitación de alguien tratando de nombrar las cosas, o de identificarlas, sino de comunicar o expresar algo. Una forma definida de conciencia. Otra manera, aparte de decir No para realizar algo que lleve a un regaño. Una forma un poco más compleja de lo mismo. Cuando aprendió a caminar, para mitigar el daño en toda la casa, nos encerrábamos con él en la habitación, o en cualquier lado, y se limitaba al espacio reducido. Exploraba los rincones, botaba los juguetes, desarmaba las cajas de cartón en las que guardaba cosas, las sacabas, las volvía a dejar. Ahora no es así. Ahora, al cerrar la puerta, la golpea, estira la mano sin alcanzar a tocar el pomo, y comienza a gritar en vocales alargadas llamando al mundo que se extiende detrás de ese obstáculo. Ya sabe que detrás de toda puerta cerrada hay algo más. Ya sabe que casi todo lo que se hace en la cocina implica el uso del avua . Ya sabe que el del espejo es él mismo. Ya sabe cuál es su papá. Ya sabe que cuando se acerca a Tim con esa sonrisa malévola y algo en la mano, este le ladra. Cuando le va a pegar al perro ya no dice No, dice Guauguau. Igual le termina pegando.


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 Jennifer hace todo lo posible para que no la quiera más. Primero, muestra la fragilidad que compartimos todos, esa pequeña neurosis controlada al encontrarse una cana. Se emociona porque todavía no cree que a los 34 años le puedan salir a uno canas. Yo le diría, si pudiera, que tengo desde los 29, y que uno se acostumbra. O que se resigna: no son las canas el problema, es uno mismo. Ella se ríe por lo absurdo que resulta tener que arrancarla de raíz (algo que debería tener un nombre, porque generalmente a las primeras veces de las cosas les llamamos de alguna manera), pero luego sigue en lo suyo. A veces a la gente le da por mostrar esos defectos tan bonitos que los hacen un poco más afines a uno mismo. Son momentos en los que dejan de lado cierta reserva, porque se muestran un poco como son. Ahora hay un miedo infundado a dejar ver que uno es algo diferente a lo que ven los demás, o a lo que se pretende proyectar. Uno como el producto, el rockstar, no como una persona. Como en ese libro, en el que un tipo se desesperó porque se dio cuenta que para cada uno de sus conocidos era alguien distinto, alguien que no era él. Todo lo que mostramos debe tener una tendencia hacia lo bueno, o por lo menos una justificación para nuestros actos. Se preocupa uno más en lo que pueden pensar los demás, que en vivir un poco la vida. Hace un mes, justamente, vi a Natalia Jerez caminar por la calle, riendo por teléfono. Me costó reconocerla porque iba en uno de esos pantalones que son como de pijama, una chaqueta acolchada, roja, y el cabello recogido. Tenía unos audífonos blancos, y le brillaban los ojos. Solo cuando estuvo a un metro la pude reconocer, porque no parecía a lo que se acostumbra uno a ver en televisión, en las revistas. Dice ella que si no saluda en la calle es porque no lleva gafas, pero también puede ser porque no lo conozca a uno. Dice eso y que las gafas no son permanentes. La lucha por pretender que todo está bien, que no pasa nada, que todo se corrige. Que uno no envejece. Me costó reconocerla porque encima de su cara afilada, con esa nariz grande y los ojos felices, en medio de los audífonos, la sonrisa y el pelo amarrado, tenía pecas. No sé por qué no las muestra más seguido, si son tan bonitas. Jennifer le lleva poco más de un año a Natalia, pero se ve mucho mayor. No tiene que ver con las canas, ni con el estilo de vida. Tal vez es la forma de su cuerpo, o su cara. Que no sea tan flaca. Pero volvemos a lo mismo: Jennifer hace todo lo posible para que no la quiera: se arranca la primera cana que se encuentra minutos antes de salir en el programa del Dr. Oz. Y, luego, para colmo, sube a Instagram fotos con él. Sonriente. Feliz.


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 Dice Damon Albarn que, en Humanz, Gorillaz habla de una transición, de cambiar hacia algo diferente. En la manera de comunicarnos, de hacer las cosas, de vivir la vida. De tratar de aceptar un mundo cambiante, más por nuestra propia mano: decisiones y omisiones. Habla, también, de esa relación que tienen las personas entre sí en estos tiempos. ¿Tiempos difíciles? Si hay tiempos difíciles debe haber una manera de huir de ellos, o tratar de olvidarlos por un momento. Tal vez fue por eso que escogió revelar en varias emisoras los diferentes sencillos. Unos con entrevistas. Él hablando de las cosas, de tratar de identificar lo que pasa en la vida para traducirlo en una canción, en un álbum. El primer sencillo que se emitió en BBC1 fue Andromeda, al que le siguió Saturnz Barz. Luego, En Radio X sonó We've Got The Power y, por último, en Beats 1, Ascension. Traté de pegarme a la transmisión de todas las emisoras, hasta con una hora de previsión. 7:30 pm de Londres es en Bogotá las 2:30 pm. Nos separan 5 horas. 6 Años desde un último disco de Gorillaz. 16 desde la última vez que me prendí a la radio para escuchar algo nuevo, o con la expectativa de dejarme sorprender y no simplemente cambiando la estación para no aburrirme. Sí, tal vez fue por eso, recurrir a la novedad de las cosas que ya no se usan: lanzar las canciones mientras habla con el DJ de turno. No tendría mucho sentido que el álbum se llamara Humanz y que se presentara todo de una manera impersonal. Vaya a este sitio. Descargue la canción. Compre el disco. No. Se necesitaba de alguien que nos presentara ese trabajo. Alguien que en su momento negó ser uno de los autores intelectuales del grupo que surgía como respuesta a la excesiva oferta por bandas prefabricadas que cumplieran un cometido específico. Alguien que presta su voz a 2D para que cante, aunque a veces se disfraza de él mismo. Alguien que renunció a dejarse representar por una animación en los conciertos. Alguien que requiere de esa interacción con el público. Alguien que dijo ya no más, rechacen a los ídolos falsos, y ayudó a inventar a un grupo que no existe, solo por el hecho de llevar la contraria haciendo lo que todos hacían, llevando al extremo la premisa para dejarla en ridículo. Dieciséis años después, en una estación de radio al otro lado del mundo, me uní al ejercito de personas que dejaban escapar algo de emoción por lo que habría de pasar. El 23 de marzo fui un poco feliz, pero luego se me quitó. El 23 de marzo cumplió años Damon Albarn y ese fue su regalo al mundo, es decir, todo al revés. El 23 de marzo cumplió la mayoría de edad Nicolás, mi primer sobrino. Parece que no percibimos el paso del tiempo sino cuando lo vemos reflejado en alguien más.  Recuerdo cuando lo sostuve en mis brazos por primera vez. No recuerdo cuál fue la última. Generalmente esas cosas son así.


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  Luego de dar la explicación larga de por qué está trasnochando, de por qué suena tan cansada, de contarme cómo sigue mi tío luego del infarto, mi prima hace una pausa que más que nada para tomar aire. Supongo que también es una señal para que yo diga algo. Por lo general no me gusta hablar mucho. Nunca sé qué decir. La llamada se llena de un vacío que se siente en la respiración de ella, algo regular. Imagino su cara, sus ojos. La idea de tener que seguir afrontando todo lo cotidiano y añadirle entonces esto, que se ve tan lejano. Tener que recordar de esta manera lo endebles que somos, y de paso mostrarlo a los demás. Sumarle el tener que lidiar con otros en estos momentos, pretender esa normalidad en un caso excepcional: trasnochar para el Toefl, otra vez, a ver si por fin se puede aprobar, con todo lo que pasa encima: la familia se va reduciendo tan drásticamente y, ahora, con el papá enfermo, parece seguir esa tendencia. No importa quién se vaya, porque todo lo que nos sucede va a seguir queramos o no. El drama de los que nos quedamos. Me lleno de protocolos. Surgen automáticamente palabras con buenos deseos. Su respiración cambia. Algo debí tocar porque comparto el vacío en la voz que tiene ella. Suelto un sincero "ánimo" al final y ella se descompone un poco, el sollozo que se se vuelve suspiro tras una lucha interna por mantener la compostura. Algo debe tener la palabra. Me la dijeron el martes pasado, justo cuando estaba saliendo de la oficina. No sé a dónde va a parar: se le enreda a uno por dentro, haciendo estragos. La respiración se pone pesada, la misma cantidad de aire entrando en el cuerpo pero teniendo menos espacio para llenar. Realmente no es así. Uno sigue del mismo tamaño, aunque el cuerpo, más que nada el pecho, se siente más pequeño. La respiración pesada y el nudo en la garganta. Dicen que el nudo se activa en caso de emergencia para optimizar recursos en caso de necesitar huir. El cuerpo oprime el esófago para dar más paso de oxígeno, repartiéndolo en la sangre, llevándolo a los músculos. Huir o pelear. Lo extraño del caso es que el nudo no lo deja moverse a uno. Tal vez en otros animales sirva. O tal vez el tipo de daño merece otra respuesta, y el cuerpo solamente se atreve a hacer lo que antes era efectivo, porque no sabe cómo contrarrestar esa sensación. Somos animales complicados: el nudo paraliza por la tristeza, pero aumenta la reacción ante el peligro. ¿Cómo es la respiración en la felicidad? Tal vez nos negamos ante la respuesta obvia y sí necesitamos huir, dejar todo atrás. Sentí calor cuando volví a usar esa palabra con Juliana. Vi cómo se le humedecieron los ojos. Se quedó inmóvil. A lo mejor necesita huir de eso. Huir de lo que nos hace tristes. Pero no podemos. Por eso nos quedamos quietos, por eso nos ahogamos.


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 Triste y gris. El trabajo en la oficina es triste y gris. Eso me dijeron. Mi vida triste y gris: los viernes, por la tarde, a eso de las tres, ya no funciona nada en este lugar. En particular un computador, que no quiere sonar. Es el único computador que necesita reproducir un audio para sustentar un recurso. No es urgente, pero hay que repararlo. Un viernes a las tres de la tarde. Los otros computadores tienen música casi a todo volumen, lo que no me importa porque uso audífonos con un nivel que oculta todo lo que tienen por ahí. Vallenato, carrilera, salsa, regaetón. Es viernes, tres de la tarde. Triste y gris. No me molesta que me necesiten para algo tan sencillo como verificar por qué un computador no tiene sonido. Casi todos los soportes de este tipo se pueden hacer de la misma manera, pero nadie quiere someterse a realizar algo que no le corresponde. Abrir un navegador en el computador. Digitar el nombre del fabricante en el buscador. Tres clicks después llega uno a su destino, sin moverse, y procede a descargar un archivo para actualizar lo necesario. Frente a mí, en uno de los monitores, hay una ventana de Youtube con música aleatoria, solamente para comprobar el daño. Los vídeos se reproducen, sin sonido. Son solamente imágenes en movimiento. No hay apuro. El internet es lento, más con todos los computadores poniendo música a todo volumen. El volumen no afecta la velocidad de descarga, pero sí agrava un poco el ambiente. Triste y gris. Siempre que suena una canción mis compañeros abren la boca de manera automática y repiten la letra perfectamente. No importa la canción. No importa el desorden. No importa que suenen varias al tiempo. Continúan en sus labores, que nada tienen que ver con el trabajo, abriendo y cerrando la boca al ritmo del cantante, masticando algo mil veces masticado. En la ventana de Youtube se ve un vídeo de Fonseca, el cantante colombiano. Él también abre la boca, también sin emoción, diciendo algo que el daño del computador se atreve a ocultar. Ya son bastantes las canciones que han pasado en la ventana. Las escenas cambian pero por lo general sale siempre con una guitarra, aunque se cambie de ropa. Siguen pasando los vídeos, pero la fórmula es idéntica. Sigue con la guitarra, en diferentes lugares. Una playa. Un castillo. Un bosque. El mar. Supongo que los vídeos tratan de contar historias, pero visualmente son iguales. Debe ser por el género. No sé cuál es, pero por la ambientación es tropical. Vallenato sin serlo. Fonseca trata de bailar. A veces lo acompaña su grupo. A veces mueve los hombros. A veces cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás, frunciendo el ceño, tal vez evocando algo pero fingiendo todo. Para las canciones los días en la ciudad son grises, en la playa son azules. Las noches todas son amarillas. Fonseca a veces es feliz cantando, y otras veces parece estar resfriado. Sé que trata de transmitir un sentimiento, pero no logro captar cuál es. Cuando vuelve a funcionar el computador se puede escuchar a Fonseca por encima de todo el ruido. Mis compañeros interrumpen sus cantos para acompañarlo, e imitando sus gestos sin verlo, tal vez sin proponérselo. Fonseca es un robot. También mis compañeros. Casi todos lo son.