25.3.20

Ventas.

 Afuera de la agencia de viajes se alcanza a escuchar a una persona alentando a otras veinte. Los gritos atraviesan el ya ruidoso ambiente del segundo piso del centro comercial. Las arengas son inteligibles, pero se capta la energía, o la intención, detrás de ellas: el espíritu de quien se atreve a conquistar el mundo, quien se reusa a aceptar un no como respuesta, de todos esos que van a lograr su objetivo sin doblegarse ante nadie: elevar la voz al punto máximo es la ofrenda necesaria para lograr un sueño. O, dado el caso, lo que se necesita para concretar una venta.

 De la sala de juntas sale Gabriela, una joven de cejas gruesas que no tienen la misma longitud. Su cabello perfectamente planchado, y de un negro intenso, complementa de una manera tan poco natural su cara que termina por parecerse a la instructora del gimnasio al que voy de vez en cuando. Gabriela y la instructora tienen eso en común: tal vez quieren parecerse a alguien más, perdidas en ese ritual de afinar su apariencia para terminar aparentando ser otra persona, alguien con quien pueden tener nada en común. Gabriela saluda con un apretón de manos fuerte, seguro, y no rompe el contacto visual. Tiene los ojos amarillos, o su blanco de los ojos es amarillo, a manera de un síntoma hepático, y es algo que rompe la ilusión que el maquillaje trata de encarnar. Se presenta. Pide mis datos más básicos: nombre, apellido, edad, hijos. Respondo sin titubear, porque es información desprovista de cualquier tipo de historia: soy adulto, soltero, sin hijos. Gabriela trata de romper el hielo: ¿entonces tú eres el virgen de los cuarenta años?

 Por mi cabeza pasan posibles respuestas. La más básica tiene que ver con eso de que un encuentro sexual no garantiza un embarazo, pero luego confundo todo con esa otra máxima que dice que ya no hay castos sino gente sin hijos. No me río, ni nada por el estilo, y Gabriela se envuelve toda en una carcajada que suena hueca de lo fuerte, con todo el cuerpo empeñado en ese gesto. Pero la entiendo: es su trabajo. Tal vez ella no sea de esta manera, y esta representación de vendedora segura es un papel que tiene que asumir por alguna cuestión de la vida, y su siguiente movimiento parece confirmar esa sospecha: me toma del antebrazo, sin romper la mirada, y habla de mi sueño. Mi sueño es viajar, asegura de una manera tan natural que pareciera estar dictando una profecía. Mi sueño es viajar.

 Mi sueño, y el de todos los que estamos en este lugar, en la agencia de viajes. Los compañeros de Gabriela replican sus mañas, aunque no todos al mismo tiempo. El discurso sí es igual. Los que asistimos a ese lugar vamos en la búsqueda de ese elixir mágico que nos hará cambiar la vida. Pronto seremos ese tipo de personas que no pararán de hablar de sus recorridos en otros lugares, mostrando fotos de sitios que probablemente jamás volvamos a ver. Pero es nuestro sueño, algo que nos cambiará la vida. Y Gabriela está aquí para ayudarme con preguntas del tipo hace cuánto no salgo de viaje, o si conozco otro país. Todos los que estamos aquí asociamos las vacaciones con algún tipo de aventuras en otro lugar, en las mejores condiciones que la menor cantidad de dinero pueda asegurar. 

 Gabriela, ante mi recelo, comienza a hablar de su vida. Vive en el Ferrol, un barrio que queda cerca de mi casa. Hablamos de las avenidas, los trancones, el clima, de todo lo bonito que tiene un sábado en la tarde para estar perdiéndolo en un centro comercial hablando en una agencia de viajes. No se quita su sonrisa para nada, pero mi aburrimiento es impenetrable, y lo toma como algo personal. No sabe qué hacer cuando le respondo que estoy allí por pura curiosidad, sin ánimos de concretar nada. Su mirada trata de rodearme, pero me muestro sincero. Solo quiero saber qué ofrecen allí. Por qué regalan pases de cortesía en el Eje Cafetero así cómo así. Ahora sus preguntas se enfocan en su atención y en la manera en que me presenta la información, como si mi desinterés fuera estrictamente su culpa. Me pide sinceridad.

 Gabriela tiene un saco ocre, de lana. Tiene las manos gordas, pero los dedos delgados, porque son largos. Y tiene las uñas pintadas de afán, aunque no le señalo eso. También tiene un pantalón de licra, negro, que no revela nada, pero que tampoco le queda mal. La miro a los ojos de la misma manera, para corresponderle. Con palabras torpes, pero honestas, le digo que no me gustó el chiste del virgen, sin atreverme a exhibir mi historial, y que entiendo que hace ese tipo de cosas sin ninguna mala intención, solo para generar empatía. Pero que, a veces, no todos lo podemos tomar bien. De hecho, no lo tomé a mal: me pareció exagerado. El mentón de Gabriela comienza a temblar en la misma frecuencia en la que caemos todos cuando se nos rompe algo por dentro. Una lágrima, larga, le recorre el rostro, que justo ahora deja ver su forma alargada. Le pido perdón, porque no es mi intención hacerle daño. Dice que no es culpa mía. Que no puede más. Que, a pesar de todo, no puede con lo que le pasa, que no sé qué es. Trato de ver una excusa en eso, pero el esmalte en sus uñas me cuenta otra historia. Algo le sucedió en casa, allá en el Ferrol, dice. Y que se sumó todo.

 Así, derrotada, me regala media sonrisa. No baja la cabeza, pero su pecho está a punto de estallar. Le digo que respire, que no pasa nada. Que a veces es así. Insisto en pedir perdón, o excusas, porque los nervios me dominan, y ella dice que tranquilo, ambos en una zozobra compartida que no alcanza para dar un consuelo ajeno. Respire, le repito. Uno a veces no puede con todo. Si quiere me quedo en silencio para que se recomponga, que no tiene que decir nada. Trata de completar la sonrisa, y me dice que ha sido muy duro. Imagino que sí. Que, lo que sea, ha sido muy duro. Que no tiene que ser igual a lo mío, a lo de nadie, que es suyo y que es muy duro. Pero que no importa. Que a uno lo ven como un engranaje chiquito en una máquina muy grande pero que uno es más que eso, y uno a veces tiene que parar y sentir y mandar todo a la mierda, y otra lágrima más larga que la anterior se precipita por sus mejillas casi que huyendo de todo este desastre que somos en este momento. Asiente con la cabeza, la mirada al piso. Lo que no entiende, me dice, en un tono nada convencional, como si estuviera naciendo de nuevo, es por qué no quiero adquirir ningún paquete. Le respondo que estoy ahí por pura curiosidad. No por bonos, ni referidos, ni porque quiera ir de viaje a ningún lado. Que mi sueño es otro. Su rostro se sale de todos los patrones que le han enseñado en su entrenamiento, libre de ese dolor al que sucumbió de forma momentánea. Gabriela tiene la nariz colorada, y el cabello comienza a romper las formas perfectas que tenía minutos antes. Frunce el ceño, y sus cejas parecen normales.